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Por Emilio Cueto

Salón de lectura de la Biblioteca del Congreso (Washington, DC)

Queridos amigos:

Justo un siglo antes del triunfo de la Revolución cubana el escritor inglés Charles Dickens sorprendió al mundo con su Tale of Two Cities/ Historia de dos ciudades. Como saben, comienza con el célebre párrafo: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. Siguiendo los pasos de Dickens comparto con ustedes una anécdota de dos ciudades. Al final, siguiendo los buenos consejos de Taladrid, Uds. podrán sacar sus propias conclusiones y determinar en qué tiempos vivimos. Y como nos pedía el ICAC hace algunos años, Ustedes Tienen la Palabra.

WASHINGTON, D.C. Porque aquí vivo y aquí está localizada una de las instituciones más prestigiosas del orbe, la Biblioteca del Congreso, he tenido ocasión de llevar personas de muchas nacionalidades, incluyendo cubanos, por supuesto, a hacer investigaciones en sus predios. Siempre es un placer acompañarlos y comprobar la rapidez y facilidad con que se tramita el papeleo. Una simplísima presentación de carnet de identidad o pasaporte, sin cita previa, es todo lo que hace falta para que, minutos después, el recién llegado tenga su carnet de investigador (que, además, es gratis). No le preguntan cómo llegó hasta allí, mi le piden cartas de recomendación, ni lo entrevistan para saber qué propósito lo anima o para qué quiere estudiar el material. Un simple registro en el que, por motivos puramente estadísticos preguntan el tema de investigación (y que luego no verifican para saber si los materiales que Ud. pidió corresponden a lo que dijo). Así de simple. Y en los minutos que toca al personal de la Biblioteca localizarlo, Ud. tiene en sus manos un manuscrito del siglo XIX. O del XV. O el primer mapa con el nombre de América.

A mí personalmente me ha pasado muchísimas veces. Y no solo en esta institución sino en bibliotecas de Nueva York, Harvard, Princeton, Miami, Los Ángeles…y, como soy un verdadero privilegiado, también en las de Lisboa, París, Madrid, Berlín, Amsterdam, San Petersburgo, Buenos Aires, Lima, Ciudad México, Londres, Oxford, Barcelona, La Paz, Puerto Príncipe, Sevilla, y tantas otras que he perdido la cuenta. Siempre extranjero, siempre con visa de turista, siempre sin avales académicos, siempre sin cita previa. Y he tenido en mis manos los tesoros más importantes de la bibliografía u-ni-ver-sal.

LA HABANA. ¡Ah, La Habana! Uds. me dirán, ¿se te ocurre venir a bailar a casa del trompo? Disculpen si les recuerdo lo que ya saben, pero es importante nunca olvidar en qué contextos vivimos y trabajamos. Una consulta hecha recientemente a nuestra flamante embajada en Washington me llevó al oficial a cargo de visas académicas. Porque en nuestro país, me informan en la sede diplomática, no se puede –como en el resto del mundo—simplemente llegar con visa de turista y pretender entrar en los archivos y bibliotecas cubanas a investigar. No, queridos amigos. ¡Cómo pretender tamaña osadía!

Arresulta ser que el pretendiente a estudioso en nuestros predios tiene previamente que (1) consultar con la institución cubana donde desea incursionar, (2) enviarle explicación detallada del proyecto, (3) esa institución tiene que avalar y adoptar el proyecto del susodicho, (4) aprobarlo y (5) solicitar al ministerio de Cultura de Cuba que apruebe la visa del investigador. Solo después (y meses de por medio) se le coloca la visa en la Embajada Cubana para que el investigador pueda hurgar entre nuestros papeles.

Uds. se imaginan por un momento que, digamos, el historiador de El Dorado (llamémosle así al pueblo) de la provincia de Ciego quiera explorar si hay algo útil en la Biblioteca del Congreso con relación a su pueblo. Y quiera aprovechar la visa familiar que le han dado en la embajada Americana en Cuba a visitar a su tía Cuca en Virginia. “Eureka”, –diría nuestro Historiador de El Dorado–, “aprovecho, cruzo el Potomac y consultaré papeles en la Biblioteca del Congreso. Regresaré a Ciego y compartiré con mi pueblo los hallazgos.”

Pero que Mr. Smith (llamémosle así al cónsul americano en La Habana) le diga, Oh sorry Mr. Doradou, Ud. tener que escribir Biblioteca, pedir aprobar su proyectou, y tres cuños después que algún ministerio de USA (no sé cuál porque aquí no hay cultura) mande aprobeishon para poder dar visa.

No me extiendo porque intelligenti pauca. Y no quiero seguir llorando.

Saludos cordiales desde una de las Dos Ciudades del Cuento.

Emilio Cueto

Nota de OC: El autor es un destacado investigador cubano que vive en USA

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