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CRÓNICAS CUBANAS.

Por Félix Sautié Mederos

Queridos lectores de Crónicas Cubanas, inmerso en la elaboración de otros temas y cargado con mis achaques de salud que con mis 78 años me presentan el paso del tiempo y mi diabetes galopante cada vez más rebelde y con síntomas que pretenden sacarme de todo cuanto antes, tuve que aplazar la confección de un tema que considero muy importante expresarlo en mis Crónicas Cubanas en función de mis propósitos de conducirme como un cronista de mi época, por el anuncio de la partida definitiva de Fernando Martínez Heredia en sus también 78 años para la Casa que no se Acaba, a donde todos debemos ir porque nuestro tiempo en la tierra es muy limitado. Algo que algunos aferrados en sus dogmatismos se empeñan en desconocer y le cierran sistemáticamente a la juventud que se abre a la vida el acceso a los timones de mando de la sociedad.

Realmente, aunque esos anuncios son muy cotidianos y diversos, no puedo ser indiferente ante la partida de un coetáneo tan
significativo. Incluso como algo relevante que es en su caso muy relevante para un cronista de su época. Más aun para mis sentimientos místicos, revolucionarios y de agradecimiento intelectual para alguien de quien aunque en la distancias de ámbitos, he podido aprender tantos conceptos muy importantes que han nutrido profundamente mis actitudes de inconformidad revolucionaria en el propósito de mantenerlos siempre en guardia dentro de lo que debe ser una revolución permanente que no se detenga ante el paso de los años, porque el movimiento y el cambio son inherentes a la dialéctica de la vida y de la naturaleza.

En consecuencia, ante todo a mi compañero de época y de generación tengo que decirle ¡Gracias Fernando! por tu lucha inclaudicable. Aunque nos conocimos de lejos, siempre me alimenté política y espiritualmente con tus criterios expresados en tus obras que constantemente procuré conocerlas y estudiarlas a profundidad. Por otra parte, tampoco puedo ser insensible ante los sentimientos de tu compañera en la vida, Esther Pérez, mi colega de época en la Editorial José Martí a quien siempre he apreciado como alguien de muy valiosas convicciones y sentimientos. Alguien que por su muy especial sensibilidad debe sentir intensamente la partida de su Fernando, a quien puedo decirle que nunca el consuelo podrá venir desde afuera. Solo las convicciones de que un día volveremos a encontrarnos que tenemos los cristianos y/o el apotegma martiano de que la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien con la obra de la vida, lo podrán mitigar. En eso, nuestro Fernando Martínez Heredia ha sido un adelantado desde siempre.

También mi reflexión me lleva a una consideración de mis muchos años vividos que pocas veces se aparta de mi conciencia, con el sentido temporal de que estoy terminado el peregrinaje, como lo estamos terminando todos los que somos coetáneos y/o traspasamos esos umbrales de esperanza de vida. Incluso de acuerdo con los avances y extensiones inherentes a la justicia social y a los adelantos de la medicina contemporánea. Al respecto, puedo decir que nuestro tiempo biológico ya está terminando y que lamentablemente hay quienes no se dan por enterados y no entienden que es prioridad de primer orden abrirle el paso con todas las facilidades posibles a los que vienen detrás.

En mi criterio muy personal y de los muchos que lo conocieron y que tuvieron contactos intensos e incluso circunstanciales con su pensamiento y su obra, tenemos que decir obligados por la ética, la honradez y la verdad de que Fernando Martinez Heredia fue un maestro egregio de esos conceptos de justicia y equidad revolucionarias; y que sus ideas quedan vigentes en el tiempo, de las cuales siempre podrá beber la juventud que viene a relevarnos.

De nuevo, reitero algo del Evangelio que en mí constituye un llamado cada vez de más urgencia: ¡Quienes tengan oídos para oír, oigan! , porque el tiempo de nuestras generaciones se está acabando y lo más importante es no poner obstáculos a los accesos de los que vienen detrás y nos han de suceder por ley de vida inviolable, ya que la biología y la naturaleza ineluctablemente lo habrán de imponer.

¡Albricias por siempre para Fernando!, porque cumpliste con creces. Ahora descansa con sano orgullo de ti mismo; y para Esther mi colega y amiga de muchos años, el consuelo de que Fernando fue un grande y un adelantado de su tiempo; así como mi convicción teológica que de seguro se habrá de encontrar con él, aunque ella por sus convicciones no lo crea así.

Así lo pienso y así lo expreso en mi derecho a opinar, con mis respetos para la opinión diferente y sin querer ofender a nadie particular.

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