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Por Rogelio M. Diaz Moreno

Sobre nuestro tablero mediático–político se ventila periódicamente esta discusión. Versa sobre qué es ser revolucionario y contempla gran apasionamiento.

Enrique Ubieta afirma que lo principal es obedecer al gobierno cubano. Este actor, argumenta, es el revolucionario mundial por excelencia que se opone al imperialismo estadounidense. [1] Similarmente, Iroel Sánchez clama que la “alternatividad” legítima es la de los medios afines al gobierno de La Habana. [2]

Los integrantes del proyecto matancero Joven Cuba entran de lleno en esta discusión. Propugnan un discurso que pretende alguna autonomía de las fosilizadas estructuras oficiales.

Se podría intentar una disección del presente debate. Indagar por su oportunidad será fundamental. Nótese que, mientras nos concentramos en ello, el sistema socio político cubano consolida sus elementos liberales. Desde las esferas del poder se ensaya con la sociedad y las aspiraciones de las sociedades consumistas.

Para comprender cabalmente la cuestión de lo que es revolucionario y/o de izquierda, hay que usar aquellas teorías y ciencias revolucionarias del universo del marxismo. Actualmente, este signo pareciera relegado o empleado de la manera más banal y tergiversante posible. Sostener que lo revolucionario es fundamentalmente lo que se oponga al gobierno estadounidense es totalmente maniqueo. Convoya compañeros de viaje sorprendentes, como el presidente filipino Duterte, el ruso Putin, la red Al Qaeda y el Estado Islámico. Ubieta, calificado de sobra para profundizar más, solamente añade sermones sobre el carácter bondadoso del Estado que defiende. Sánchez se ufana además de Cubava, plataforma de blogs sobre servidores cubanos, sin mencionar las censuras de esta a Observatorio Crítico, La Jugada, Bubusopía, Arcoiris, etc.

Los matanceros entran en la discusión con mucho brío, pero bagaje teórico menor. Por ejemplo, asumen que la principal diferencia entre capitalismo y marxismo está en la distribución de la riqueza producida por el sistema. [3] Por un lado, condenan amargamente a los
funcionarios y la burocracia, cercenadora de sueños. También declaran que revolucionario es quien apoya la Revolución. Que esta es… algo hecho por los revolucionarios, para ayudar al prójimo. Y que hay que asumirla con sus luces y sombras. A veces les ha tocado hacer de víctimas de las censuras, pero en otras ocasiones han fallado en solidarizarse con compañeros y compañeras en situaciones similares. Probablemente, por lo rudimentario de sus abordajes ideológicos.

Me perdonarán las simplificaciones brutales, por motivos de espacio.

No podemos apoyar un concepto como Revolución en tautologías, ni abstractos valederos bajo otros estandartes. Comprendamos la necesidad de estudiar las cosas en sus contextos históricos e interacciones dialécticas.

La lección que viene al caso es la de la historia de la humanidad y su identificación con las luchas de clases. Revolucionario, en esta sintonía, es aquello que contribuye a un cambio radical de la posesión y uso del Poder. Es la transformación que lo sustrae a la clase anteriormente dominante y lo traspasa a otra, hasta entonces sometida pero con un potencial progresista muy superior. Democratiza la gestión de fuerzas políticas y económicas, al menos dentro de la clase emergente. Gracias al despliegue de fuerzas y relaciones de producción más avanzadas, permitirá avances considerables de bienestar y justicia social, siempre en comparación con el régimen anterior. Generalmente persistirán heterogeneidades, según se desplieguen o persistan otras diferencias de clases y discriminaciones.

Aplíquense estos prismas a nuestra historia y nuestra política. Sujetos y fuerzas revolucionarias serán quienes contribuyan al desarrollo y empoderamiento de la clase trabajadora; al máximo despliegue de sus libertades y potencialidades. La Reforma Agraria de 1959 fue indudablemente un hito revolucionario. La Campaña de Alfabetización; las creación de sistemas universales de educación y salud; la masificación del acceso a las manifestaciones artísticas y deportivas fueron otras gestas de ese carácter. Victorias militares contra la dictadura batistiana, la invasión mercenaria de Playa Girón y las bandas del Escambray hicieron posible llegar allí.

Millones de personas trabajadoras dedicaron sus energías y vidas a estas gestas. Con mayor o menor nivel de conciencia, se ofrendaron por concretar estas realidades. Resultaban, inmediatamente, mayores potencialidades para sus compañeros y compañeras de clase. Quienes protagonizaron tales gestas son quienes pueden ostentar orgullosamente el nombre de revolucionarios y revolucionarias. La dialéctica entre líderes y seguidores aconsejaría no desdeñar a quienes lanzaban las iniciativas y jugaron papeles organizativos.

En sentido contrario, conocemos la mal llamada Ofensiva Revolucionaria y el Quinquenio Gris. La administración supercentralizada y
autoritaria; el vaciamiento de sentido de los sindicatos y el resto de la sociedad civil; la imposición de modelos de pensamiento único, etc., empobrecieron, y frustraron la capacidad de ejercicio
democrático del poder por parte de las masas trabajadoras. De manera antidemocrática, concentraron poder en manos de una élite
gerencial-tecnócrata, bajo la sombrilla institucional del Estado- Gobierno. Fueron políticas enajenadoras de la ciudadanía, de persecución contra el pensamiento original y represión contra las potencialidades democráticas de la sociedad. Igualmente, tienen sus responsabilidades. No cabrán en las definiciones de “revolucionario”, no mejor de lo que pasaba el proverbial camello por el ojo de la aguja. Desgraciadamente, la dialéctica sin democracia no ofrece garantías ningunas contra los peligros caudillistas.

Recapacitemos ahora en el debate sobre la “revolucionariedad” en las actuales circunstancias. El Gobierno gestiona el futuro del país desde un pequeño cenáculo de jefes y asesores. Conduce un programa de reformas muy poco revolucionario. Aspira al ingreso de más
capitalistas extranjeros y apuesta ciegamente al crecimiento macroeconómico, como cualquier foro del neoliberalismo. Para ello, no vacila en aplicar propagandas comerciales, que refuerzan todos los vicios consumistas que dicen rechazar.
Se despiertan sentimientos encontrados; tensiones, sectores puristas y conservadores; una juventud ansiosa se mueve, desorientada. Se reproducen grupos mixtos, abiertos a cambios de los más disímiles signos.

Los debates escolásticos antiguos sobre la andropausia de los ángeles o su menstruación escondían pugnas por el poder. Para mí, esta discusión de la “revolucionariedad” constituye una fachada, un método para deslindar bandos y librar acciones de reconocimiento. Así se pretende “poner en su sitio” a los periodistas –incluso oficialistas– que “se pasan de la raya”. [4] Se espera asustar a los advenedizos de Joven Cuba, de Periodismo de Barrio; justificar las expulsiones de las cátedras de intelectuales jóvenes y críticos de mucho valor [5]; silenciar a voces que se elevan desde Cubaposible, Observatorio Crítico, etcétera. Más profundamente, se pueden explorar paralelos hacia otras maniobras; como aquella para apartar al grupo de Omar Everleny y consolidar las posiciones de los de Marino Murillo en la conducción del proceso de reformas.

En tales condiciones, los interesados necesitan mantener al marxismo estrictamente separados del debate sobre la “revolucionariedad”. Sea por malicia o ignorancia, las consecuencias resultan terribles para las fuerzas de izquierda. Reviértase prontamente tal lodazal, si queremos sacar adelante lo mejor que tenemos a nuestro alcance.

1 – http://www.cubadebate.cu/opinion/2016/09/16/ser-revolucionario-en-cuba-hoy/#.WA-XZuHn0_Y

2 – http://www.cubadebate.cu/opinion/2016/09/14/los-verdaderos-alternativos-somos-nosotros/#.WA-XduHn0_Y

3 – https://jovencuba.com/2016/10/17/socialismo-just-do-it/

4 – http://cartasdesdecuba.com/ratifican-sentencia-contra-periodista-despedido/

5 – https://observatoriocriticocuba.org/2016/11/01/por-los-julio-antonio/

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