Erasmo Calzadilla

HAVANA TIMES — En 2012, luego de una impresionante carrera, el cáncer se posicionó como primera causa de muerte en Cuba. Actualmente continúa sacando distancia a otras enfermedades y cobrando vidas con voracidad desenfrenada. Entre los países latinoamericanos más afectados por el cangrejo, el nuestro ha “ascendido” a la tercera posición; no lejos del primer lugar.

Ante tal emergencia uno esperaría que el Ministerio de Salud Pública (Minsap) actuara de manera decidida y contundente, realizando una investigación profunda e informando debidamente a la población. Solo así sería posible frenar el impulso del más mortífero de nuestros males.

¿Existe esa investigación o está en proceso?

Después de mucho buscar solo he hallado fragmentos dispersos y desactualizados, nada a la altura de las circunstancias.

En el tema “comunicación”, otro tanto. Los especialistas han confundido a la gente, no precisamente por expresarse en un lenguaje demasiado técnico, sino más bien, demasiado falso. ¿Con qué objetivo? ya veremos luego.

Aseguran, por ejemplo, -y de espaldas a las estadísticas- que el progreso de la enfermedad es relativo, asociado al descenso de las muertes por enfermedades cardiovasculares –otra falsedad-.

A la hora de mencionar culpables, los funcionarios del Minsap ponen el acento en los vicios de la población y en agentes externos contra los que nada puede hacerse, como la disminución de la capa de ozono y el envejecimiento poblacional. Ni una sola mención a la responsabilidad del Estado en el avance de esa nueva Peste cubana.

He dedicado varios posts a desmentir dichas afirmaciones y a comentar sobre los agentes cancerígenos esparcidos sin control en nuestro entorno. Entre ellas tenemos:

  • El humo diésel (que emana del tubo de escape de los carros e inunda nuestras calles).
  • El asbesto con que el Estado construye techos y tanques de agua, y cuyos fragmentos están esparcidos por todos los rincones de la ciudad.
  • Metales pesados. Abundan en los alimentos que provienen de tierras agrícolas sobreexplotadas -como las que rodean la capital- y en los organopónicos urbanos. (posiblemente en el agua potable).
  • El glifosato, un madurador con que fumigan la caña de azúcar y contamina a alimentos de alta demanda, como el yogur de soya transgénica.
  • Las carnes procesadas con que “nutren” a los niños en las escuelas.
  • Las dioxinas y furanos, emitidos durante la combustión de basura, un evento muy frecuente en los principales vertederos de Ciudad Habana.

De todas las hipótesis adelantadas por los funcionarios del Minsap, la más seria es la del envejecimiento poblacional (EP). Este proceso es, ciertamente, uno de los causantes del avance acelerado del cáncer, pero no el único, y mucho menos el principal.

¿Existe alguna vía que nos permita comprobar cuánta responsabilidad corresponde al EP y cuánta a otros factores, como el aumento de los cancerígenos en el ambiente?

Sí, existen varias formas de abordar esta cuestión. En un post anterior demostré matemáticamente que el “envejecimiento” explica menos del 40% del total de muertes anuales por cáncer. En este trabajo pretendo abordar la cuestión con la ayuda de otra herramienta estadística: el Coeficiente de Correlación (CC).

El CC determina cuán fuerte o débil es el vínculo entre dos eventos. En este caso averiguaremos la correlación que existe entre la tasa de mortalidad por cáncer y la proporción de personas que pasan de la tercera edad. Para ello contamos con datos actualizados de cada provincia del país.

Luego calcularemos la correlación entre la tasa de mortalidad por cáncer y el porciento de personas que vive en zonas urbanas.

La comparación entre los resultados permitirá aclarar cuál de esos eventos (tener más de 60 años o vivir en zonas urbanizadas) tiene mayor responsabilidad en el auge actual del cáncer.

A continuación graficamos los datos de partida.

Grafico 1

El comportamiento de las tres variables es semejante: valor relativamente bajo en la forestal Pinar del Río, luego se dispara hacia la capital del país y las provincias centrales -más urbanizadas e industrializadas-, desciende lentamente hacia los departamentos orientales.

Veamos ahora qué dicen los cálculos.

tabla 1

La correlación entre la tasa de mortalidad por cáncer y el porciento de población mayor de 60 años fue, en 2014, de 69%. Cualitativamente diríamos que existe un nexo MODERADO entre estos eventos.

Sin embargo, la correlación entre morir de un tumor maligno y el porciento de población urbana en cada provincia, fue de 87%. En este caso estamos en presencia de una correlación BUENA o FUERTE.

Digámoslo con palabras más diáfanas: en cuanto a cáncer se refiere, es más peligroso vivir en una capital, aunque sea de provincia, que pasar de los 60 años. Quien tema morir de esa enfermedad vaya pensando en mudarse al campo, preferiblemente a Pinar del Río, Granma o Guantánamo.

Para una confirmación extra de que la actual epidemia de cáncer no afecta solo a los viejos, les propongo echar un vistazo a la gráfica de Años de Vida Potencialmente Perdidos (AVPP).

grafico 2

De las principales causas de muerte en Cuba es el cangrejo el que más frescos nos prefiere.

Conclusión

Demostrar que la virulencia actual del cáncer en Cuba está estrechamente vinculada a agentes ambientales evitables es una cuestión no solo científica o de salud pública, sino también política.

Desde mi punto de vista, las circunstancias políticas concretas de nuestro país obstaculizan el buen proceder, y empeoran la situación. Me explico.

El Estado es el principal responsable del vertimiento, y la falta de control sobre las sustancias cancerígenas; por esa razón no muestra ningún interés en el estudio y la difusión de información al respecto. Los funcionarios del Minsap se pliegan a sus intereses en una complicidad casi homicida, y la gente no tiene como protegerse de esa gran familia mafiosa en que se va convirtiendo o siempre ha sido el Aparato.

El Estado cubano destina gran cantidad de recursos a la atención de los cancerosos; y lo grita a los cuatro vientos para quedar como el héroe de esta película. Muchas vidas se salvarían, y dinero se ahorraría destinando más prevención e información, pero intereses estamentales impiden que esta sensata idea caiga en el campo visual de los decisores. Lo mismo sucede con el dengue y los micro-vertederos barriales.

El envejecimiento poblacional es casi inevitable pero contra el humo diésel y el resto de los jinetes del apocalipsis sí que puede actuarse. O podría, si existiera una sociedad civil bien informada y con capacidad de influir en las políticas gubernamentales.

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