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Por Rogelio M. Díaz Moreno

La imposibilidad de las clases trabajadoras de implantar su predominio a nivel nacional representó una seria limitación en estos movimientos latinoamericanos. Tener que fungir de vagón de cola de los grupos políticos policlasistas, capitaneados por la mediana y pequeña burguesía –anti neoliberal, pero no anticapitalista– , les inhibió el desarrollo independiente, no solo en las arenas nacionales, sino a la hora de coordinar esfuerzos y luchas a nivel regional. El proletariado y el campesinado tampoco tendieron al establecimiento de alianzas internacionales de carácter clasista desde las bases.
En cambio, todos los mecanismos de unión continental potenciados (CELAC, UNASUR, MERCOSUR, etc.) se establecían a esos niveles de las élites. Los mecanismos de integración comercial, de inversiones, de infraestructura, han sido cuidadosamente atendidos. Se alcanzaron, eso sí, acuerdos para la circulación de mercancías y capitales, en el marco de los mercados y circuitos; se trabajan los aranceles y se fomentan los bancos. Incluso, con el protagonismo notable de Venezuela, se establecieron condiciones económicas inéditas para acceder a recursos básicos clave –el petróleo—por parte de varias naciones de limitados caudales. Una vez más, debe reconocerse que esto permitió la reducción sensible de los niveles de pobreza, lo que se reflejó en el apoyo popular a estos gobiernos.
Aun así, no se produjo significativamente, una mayor unión entre los sindicatos de unas y otras naciones, o de las fuerzas partidistas de trabajadores, que se tradujeran en tácticas y estrategias comunes para el avance de los intereses particulares de la clase trabajadora y el enfrentamiento a las fuerzas de la burguesía reaccionaria a escala continental. No se han alcanzado, ni siquiera, acuerdos generales para el movimiento libre de personas entre todas estas naciones.

En cambio, se refozó inexorablemente el papel subordinado del continente ante el mercado mundial, con su papel principal de exportador de materias primas. Esto se puede confirmar con el ejemplo fresquito del acuerdo comercial, firmado por Ecuador, con la Unión Europea. La comisión de Comercio Internacional del Parlamento europeo elogió a aquel país por su trabajo en pro del mejoramiento de las condiciones “de los sectores productivos orientados a las exportaciones”, según un reporte de DPA. Otro ejemplo es el de Chile de la presidenta “de izquierda” Bachelet. Recientemente, se inauguró el mega – acuerdo comercial Trans-Pacífico, negociado en secreto, entre países de muy distintos grados de desarrollo, desde superpotencias como Estados Unidos, Canadá, Australia, hasta naciones subdesarrolladas como Perú y el mismo Chile. Para no hablar del “hermano país que construye el socialismo con sus peculiaridades”, Vietnam.
El efecto lógico de todo esto sería debilitar la capacidad de pueblos y personas trabajadoras ante el avance de la reacción. El golpe de estado propinado al ex presidente Zelaya en Honduras fue un ejemplo especial de todos los problemas señalados.
El hacendado Manuel Zelaya llegó a la presidencia de Honduras en el 2006, tras una campaña antineoliberal, mas no anticapitalista. Se ganó el apoyo electoral de las mayorías, con los argumentos de revertir los peores efectos del neoliberalismo, avanzar hacia una reforma agraria, y medidas de beneficio social en la medida de “lo posible”, sin salir del marco capitalista. Era el típico caso donde, a los críticos radicales, se les respondía prácticamente con el mismo argumento de los “clásicos” del neoliberalismo: no hay otra alternativa, lo demás son idealismos, etcétera. Honduras se hizo socio del ALBA y de PetroCaribe. Pero, en cuanto Zelaya se insinuó un tilín más radical que lo que la oligarquía estaba dispuesta a resistir, fue defenestrado en un abrir y cerrar de ojos, en el 2009.
La clase trabajadora hondureña no contaba en esos momentos con una organización de masas, poderosa e independiente; que llevara un trabajo organizado año tras año, para hacer converger a las masas hacia un programa revolucionario consecuente –y a los mismos soldados del ejército, que no debemos olvidar que salían de las mismas filas de campesinos y obreros pobres. Sus representantes participaban del conglomerado mixto alrededor del gobierno, atraidos por el programa de reformas de beneficio social y las vagas promesas de una reforma agraria. Si alguien opinaba que la postura debía ser más radical, se pueden imaginar como lo iban a criticar por andar en “izquierdismos de cafetín”.
Pues se produce el golpe de la extrema derecha. Los demás gobiernos progresistas latinoamericanos emitieron enérgicas condenas, implementaron una especie de boicot temporal, incluso expulsaron al gobierno de facto de Micheletti de la Organización de Estados Americanos. Pero no se produjo la respuesta revolucionaria necesaria. Pudiera haberse pensado en una huelga general, de haberse contado con las estructuras organizativas adecuadas, con el programa revolucionario adecuado y el soporte resuelto de las clases obrero – campesinas del resto del continente; hasta la derrota de la intentona golpista y la victoria del pueblo trabajador. Que esto no era una utopía, lo demostró la heroica resistencia del pueblo humilde hondureño, que por varios días se manifestó masivamente, y desafió al bien armado ejército, reclamando el regreso de su Presidente. Sin embargo, se impuso una negociación en la que las élites capitalistas llevaron las de ganar.
Al final, todo se arregló entre burgueses. Da una medida del asunto, el hecho de que la oligarquía hondureña denunció los tratados del ALBA… pero no los de PetroCaribe. A la larga, Zelaya aceptó unos acuerdos que devolvieron su partido burgués al terreno electoral, y no se ha vuelto a hablar de reformas sociales en Honduras. Actualmente se produce, de nuevo, una efervescencia anti corrupción que vuelve a demostrar enorme potencial de rebeldía entre las clases humildes, pero de nuevo falta el programa organizativo y movilizativo basado en principios del marxismo revolucionario.
Argentina, Brasil, Venezuela, han atravesado o atraviesan sus propias crisis, con sus diferentes características, pero derivadas de las mismas limitaciones. La derecha de esas naciones se aprovecha de debilidades similares de las fuerzas progresivas respectivas. Los partidos multi clase, pos neoliberales, alcanzan las presidencias respectivas, pero no se soportan en una base trabajadora que imponga el control obrero sobre los principales medios de producción. Por lo tanto, las derechas más rancias tiene la capacidad de maniobrar, generar movimientos masivos de contrabando, especulación de mercancías, fomentar y explotar las tendencias de corrupción en las estructuras autoritarias y verticalistas montadas por los gobiernos “izquierdistas”. De tal suerte, agravan las dificultades inevitables en unos sistemas, todavía capitalistas e inmersos en el inestable mercado mundial y aumentan el nunca ausente descontento social hasta provocar –al menos, eso intentan– la caída de tales fuerzas, bien sea por medio de elecciones o de la violencia. Las clases trabajadoras de uno u otro país, que no han establecido el tipo de alianzas internacionales de las que gozan las fuerzas capitalistas, no pueden hacer gran cosa por el vecino ni pedir su ayuda cuando sus propias bardas arden.
El acercamiento de los Estados Unidos y Cuba, después del pasado 17 de diciembre, es como el argumento final de Guerra Cabrera para “desmentir” lo del fin del ciclo progresista. Sin embargo, como se ha repetido hasta la saciedad, el imperialismo yanqui cambió de medios, no de fin. Y si de algo hay que preocuparse, será precisamente del entusiasmo de los empresarios, negociantes, capitalistas estadounidenses, que gestionan febrilmente en su Capitolio, la extensión de licencias y permisos para establecerse, invertir, hacer negocios y comprar y penetrar en este suelo todo lo que le permitan las laxas leyes cubanas de inversión extranjera, y el espíritu mercantilista de nuestras nuevas élites. Élites que le reclaman al presidente Obama que retire la base militar de Guantánamo, y le ofrecen a su Secretaria de Comercio, Pritzker, una base económica en el puerto de Mariel.
En resumen, que aún sin decantarse por una afirmación rotunda del llamdo “fin del ciclo progresista”, no se puede ignorar la urgencia de realizar el balance de las experiencias, conquistas, victorias y retrocesos de estos últimos años. Que no se pueden ignorar las lecciones históricas, no solo de este siglo y continente, puesto que mucha agua ha corrido bajo los puentes de las luchas de los trabajadores, los movimientos reformistas y las tentaciones hacia alianzas poli clasistas. Y que cada elección de camino tiene sus ventajas y desventajas. Que se puede eventualmente avanzar por una senda con algunas compañías heterogéneas, pero las fuerzas revolucionarias de trabajadores deben mantener la capacidad crítica, independiente de tales temporales aliados, “compañeros de camino”. Que no se debe perder la firmeza en el desarrollo de los principios científicos del socialismo marxista; ni descuidar el cultivo de los mecanismos y recursos propicios para sus propios fines, entre ellos, el internacionalismo del proletariado y el campesinado. Solo así se efectuarán los avances irreversibles hacia el destino final pues, de permitirse concesiones de principios hacia los eternos alegatos reformistas generados por las contradicciones internas de la burguesía, se facilitará indefectiblemente el estancamiento de cualquier ciclo o etapa de avances revolucionarios.
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