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Por Jimmy Roque Martínez

mexicoUna de las tantas cosas que me sorprendieron en la Ciudad de México (DF) fue la libertad con que los homosexuales expresan amor a sus parejas. Es común que chicos y chicas homosexuales se tomen de manos en la calle o se besen en la boca en plena vía.

Pude ser testigo de ello una noche, al final de la calle Madero (especie de bulevar en el DF), donde mucha gente gay de todas las edades, también heterosexuales, se mostraban abiertamente su cariño.

Siempre estaban quienes miraban con cierta sorpresa a homosexuales y lesbianas, pero fueron muy pocos y, por la apariencia, sospecho que no eran mexicanos.

También visité algunas discotecas y bares gays del DF, buena parte de ellos irónicamente ubicados en la calle República de Cuba.
A diferencia de lo que sucede en la Isla, la entrada a esos sitios es gratuita, aunque el consumo dentro está un poco por encima de los establecimientos comerciales comunes. En Cuba, sin embargo, el acceso a sitios parecidos es sumamente caro y el consumo dentro también lo es.

Dentro de las discos mexicanas fue común ver strippers bailando encima de la barra, algo que me resultó muy erótico dada mi nula experiencia en esos ambientes. Incluso los usuarios también podían subirse a la barra y bailar con total libertad.

El entorno allí es bien distendido, sin ningún tipo de violencia, ni prostitución. Todo muy agradable, por lo que a la calle República de Cuba no asisten solo homosexuales, sino también parejas heterosexuales que bailan desprejuiciadamente.

Ver tales expresiones de libertad entre la gente LGBT en el DF, justo en una calle con el nombre de mi país, me hizo pensar en los sensores homófobos cubanos, esos que intentan retardar la aprobación de leyes que estipulan algunos derechos para los homosexuales de la Isla.

Esas leyes, tras el “amoroso” acercamiento del Estado cubano y la Iglesia Católica, bien pudieran estar cada vez más lejos de ser aprobadas, dado el concepto de familia que esta última institución defiende.

Pienso que además de exigir que sean aprobadas esas leyes protectoras de nuestros derechos, debemos hacer valer otros que no dependen del demagogo y homófobo Estado cubano.

Si bien es cierto que la legalización del matrimonio y una ley que penalice la homofobia dependen de las instituciones, también debemos reconocer que besarnos, abrazarnos o ir de manos en el espacio público (que es de todos), solo depende de nuestra voluntad y valor.

Podemos aprovechar las marchas que convoque el Estado para sacar nuestros carteles exigiendo nuestros derechos; escribir a las instituciones demandándoles respuesta, pintar las calles y paredes exponiendo nuestras demandas, son opciones de lucha.

Podemos lograr que la calle República de Cuba en México se quede pequeña frente a nuestra expresión de amor en la Isla completa, con o sin permiso de los decisores.

No esperemos por ellos, pues no está en su voluntad que nos expresemos libremente, ni política ni homo-amorosamente. Es nuestro el poder para avanzar de una vez en la conquista de nuestra libertad.

 

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