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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Existe en nuestro país un ambiente de total confusión teórica, de falta de resortes de filosofía y economía política para comprender y analizar críticamente la realidad que impera en la sociedad cubana. No digo en los círculos académicos, pero sí en muchos medios de comunicación de masas, que luego se refleja en “la calle” y en los debates de café y pasillos, que forman luego el peso mayoritario o algo que se llama “opinión pública”. Las herramientas del marxismo que podrían iluminar este caos y ofrecer las pistas para su superación, están tristemente abandonadas, parte por indolencia, o tal vez por con premeditadas intenciones. Pues muy a pesar de lo que opina un bloguero afín al oficialismo, las doctrinas del capitalismo sí son programas, no lecturas a posteriori; las élites dominantes las estudian concienzudamente y preparan meticulosamente sus condiciones de aplicación.

Debe tenerse en cuenta una acotación importante. Mucha gente inteligente analizó y dedujo, en la época aquella de los bolcheviques y Lenin, que construir el socialismo es un reto colosal, que no era posible en una nación aislada y de economía tan atrasada como la rusa de aquella época. Ahora el panorama tiene algunas semejanzas, pero es incluso más difícil, pues el empeño partiría de una pequeña isla, a noventa millas de la mayor superpotencia imperialista de la Humanidad. Esto da tema para muchos ensayos, pero ahora apenas me quería centrar en un detalle del gran cuadro. Me refiero a la discusión que tenemos por acá más o menos todos los días, sobre los ingresos de las personas trabajadoras, la remuneración a través de los salarios, los precios y esas cosas.

Este articulejo, en particular, tiene su génesis en un puñado de conceptos, divulgados por los medios cubanos de estos tiempos, que me dieron vueltas por la cabeza hasta provocarme los mareos que ahora les voy a trasmitir.

“Salud, la educación, el trabajo, la alimentación, la seguridad, la cultura, la ciencia, y al bienestar”, fueron definidos por Fidel Castro como “derechos que proclamamos cuando iniciamos nuestra lucha”.

“Urge una mayor educación ciudadana, en especial en la familia y la escuela”, se dice en el periódico Granma, para imponer “la barrera que impedirá volver a los valores del pasado”. El contexto presentado era el de un cochero, empresario privado de una modalidad de transporte, que imponía un precio a su servicio, demasiado oneroso para una enfermera.

El locutor Serrano, del Noticiero Nacional de Televisión, había introducido un reportaje sobre los cuentapropistas con el siguiente bocadillo: “la iniciativa privada mejora la calidad de los servicios”.

El periodista del Granma, considera Fernando Ravsberg, debe recordar que los cuentapropistas son contemplados por el gobierno de Raúl Castro “no como un mal necesario, sino como una pieza esencial del diseño del modelo futuro.” El problema, según Ravsberg, es el bajo salario en el sector de la salud. En mi tal vez ignorante y
seguramente desfachatada opinión, el redactor de Cartas desde Cuba tampoco acierta al meollo.

El salario, de acuerdo a lo reconocido por el propio gobierno, actualmente no permite resolver las necesidades de las personas trabajadoras. El discurso oficial, de sobras conocido, contemporiza; solo cuando la economía sea más productiva de bienes y servicios, entonces será posible que dicho salario valorize.

Finalmente, añadamos una definición de Marino Murillo, en la pasada sesión de julio de este año, de la Asamblea Nacional del Poder Popular. El papel de una empresa, lo vi afirmar desde mi televisor, es producir una mercancía, comercializarla y obtener una ganancia. Este discurso no lo he visto publicado íntegramente, tal vez esté en un acta por ahí guardado.

La esencia de la discusión está, entonces, en cómo se alcanza un sistema económico que permita, a la ciudadanía honesta y trabajadora, alcanzar un nivel de vida decoroso, digno de seres humanos con conciencia como civilización. Aquí hay montones de bibliografía acumulada, y yo no voy a descubrir el Mediterráneo, porque encima, no lo conozco todo lo que fuera menester. Pero sé que hay quien sí, y puede enseñar; y los demás debemos ir aprendiendo y entre todos, seguir explorando.

El problema central en esta línea, el más preocupante, es el de la imposibilidad del sistema económico basado en el trabajo asalariado enajenado para lograr tal empeño. No importa cuánta demagogia se acumule al respecto. No importa si la propiedad formal de los medios de producción es de una casta de capitalistas privados o, bajo disfraces estatales, sea explotada por una élite burocrática, corporativa, gubernamental. El sistema en el que la clase trabajadora solo posee su fuerza de trabajo para vender, sea al capitalista privado o al capitalista de Estado, como regla, como clase, nunca va a permitirle a aquella clase, como regla, alcanzar ese bienestar anhelado.

Las razones son sencillas, y también han sido expuestas por filósofos marxistas mucho más inteligentes que yo. Y si uno las contrasta con lo que dice Marino Murillo, se va a dar cuenta de por qué se aplican a este caso.

La empresa, dice Murillo, tiene que producir, comercializar y obtener ganancias. Tenemos en mente una empresa que emplea trabajo asalariado. Ahora, ¿cómo se define la ganancia en un sistema de trabajo
asalariado? Desde el ABC marxista, aprendemos que a través de la plusvalía, la parte del valor del trabajo que no se le paga a quien lo produjo. La ganancia de la empresa se produce directamente a expensas del valor añadido, no entregado a quien lo generó.

Los reformistas de la socialdemocracia europea sostuvieron,
frecuentemente, que el progreso económico industrial, los avances de productividad, permitirían que los trabajadores, aún bajo el capitalismo, elevaran suficientemente su nivel de vida. Este supuesto bienestar solo se ha alcanzado, al final, en contadas excepciones de sociedades opulentas, y al costo del establecimiento de relaciones asimétricas respecto a las naciones del Tercer Mundo, sentenciadas al papel de economías extractivistas, suministradoras de materias primas y fuerza de trabajo barata. Un ejemplo común es contraponer la riqueza de una nación como Bélgica, con los desastres humanitario del Congo. Lo más común, es que la clase trabajadora conducida al
colaboracionismo, nunca obtenga los frutos prometidos y, en cambio, sufra periódicamente las duras consecuencias de las crisis económicas.

Y es que las ganancias de tal sistema económico no satisfacen los apetitos de la clase capitalista, por un lado, y las necesidades de la clase trabajadora por el otro. Y encima, está obrando otra ley conocida del marxismo: la disminución de la tasa de ganancias. O sea, que una rama de la industria que hoy obtiene un X porcentaje de ganancia, mañana obtiene menos, debido a la intensificación de la competencia, el agotamiento de los suministros primarios, el encarecimiento de las inversiones de capital, las mismas luchas proletarias por derechos laborales y humanos, etcétera. Así que, poco a poco, la necesidad de mantener alguna plusvalía conduce a apretar las condiciones de explotación de la masa asalariada.

¿Por qué es tan importante conocer este fenómeno, no son acaso distintas las condiciones de nuestro país? No mucho, si lo analizamos bien. Apreciemos la trascendencia de las palabras, de la filosofía del ministro de Economía Murillo, que comparte con otros especialistas que dirigen el sistema y las reformas en curso: el papel de la empresa es “producir, comercializar, obtener ganancias”. El mercado obrará en la base de las relaciones económicas entre los sujetos sociales. Y la base de la economía en este archipiélago ha de ser “la empresa estatal socialista”. Oxímoron total, contradicciones por todas partes. Por ser tan estatal, es que no puede llegar a ser socialista. Socialismo incluye desarrollo de fuerzas productivas y relaciones de producción. Y para que estas se desarrollen, tienen que dejar atrás el sistema enajenante, de trabajo asalariado, de tener un mercado para la fuerza laboral para una empresa que tendrá que obtener ganancias.

Porque para que se obtenga esa ganancia, como ya sabemos, no se puede pagar salarios muy buenos para todos. Simplemente no va a dar la cuenta, por la elementalísima, básica, marxista, ley del valor. No importa si la empresa es del Estado, o de un privado: la remuneración del trabajador compite directamente contra la ganancia de la empresa, igualito que en el caso del capitalismo. Y si durante un breve período de auge y expansión, unos espacios particulares dentro del sistema de mercado internacional progresan un poquito, ya vendrá una crisis también internacional a poner las cosas en su lugar. Aquí, la única diferencia de matiz de la empresa estatal respecto al caso puramente capitalista, es que una parte de la remuneración de la persona trabajadora (salario) no se le paga en efectivo, sino que es canalizada hacia el Estado para sufragar una porción, mayor que en las otras sociedades liberales, de gastos como salud y educación.

Pero, como bien se sabe, el socialismo no es ni puede ser un problema de cómo repartir, de cómo arreglar el sistema de repartición. Se trata de revolucionar radicalmente, desde la base, desde el proceso de producción y reproducción, material y cultural, de la sociedad. Ciertamente, las empresas cubanas se pueden administrar mucho mejor que lo que se ha venido haciendo hasta ahora, aplicar sistemas de salarios mucho más inteligentes, entre otras reformas que se vienen aplicando con poca prisa y muchas pausas. Pero ya lo dice el nombre, son solo reformas, que tienen una capacidad reducida para mejorar las condiciones generales. Rápidamente, estas reformas agotan también su potencial de mejoramiento. No permiten que toda la clase trabajadora, las personas jubiladas, el estudiantado, los necesitados de asistencia social, etcétera, se beneficien lo suficiente para alcanzar el bienestar soñado. Mantienen en su contra los problemas generados por las contradicciones de remuneración vs ganancia de la empresa, por el decrecimiento de la tasa de ganancia, de competencia de los rivales del mercado, etcétera. Y no tienen la capacidad de instalar un verdadero antídoto contra la inevitabilidad de ser arrastrados en el torrente de la siguiente crisis económica internacional. Por el contrario, profundizan la dependencia de la inversión y el capital extranjero, en cuyas manos se ponen las pocas riquezas que puede ofrecer el país.

Lo más que se puede aspirar con tales reformas, es a constituir islotes de un nivel de precariedad relativamente menor que el mar de problemas que los rodee en el resto del país. La posibilidad de progreso conjunto, empresa-personas trabajadoras-sociedad, va a seguir padeciendo de un obstáculo, que es precisamente esa relación de producción, definida mediante el salario, que es una operación tan típica del mercado capitalista. Para colmo, asimétrica, no justa, por no ocurrir entre dos sujetos iguales, sino que uno de ellos tiene el poder y la propiedad, y el otro nada, excepto sus cadenas. La persona asalariada cae en el proceso de enajenación; al final, lo que más le importa será obtener el máximo de recompensa, a cambio del menor esfuerzo. Y ahí estará la última, infranqueable barrera, para el aumento de la eficiencia y la productividad del centro. La aplicación de la técnica, del desarrollo científico industrial y administrativo son los recursos empleados por el capital para mantener su avance, con cierto éxito, aún con este lastre, en un puñado exiguo de regiones privilegiadas; pero a expensas, como saben bien los que quieren ver, de aumentar las desigualdades mundiales; de una depredación de los recursos naturales y de la degradación sin parangón del medio ambiente planetario. O sea, a expensas de acumular explosivo para una bomba de tiempo.

Una toma del poder revolucionaria, por la clase trabajadora, le permitiría a ésta controlar los medios de producción y abolir las desigualdades político- económicas, resultantes de la división de la sociedad en clases. Administrando, gestionando con sus propias manos el proceso productivo, las personas trabajadoras estarán en
condiciones de construir una sociedad socialista, donde el mercado sea simplemente una herramienta para evaluar bienes para su intercambio; no la base de las relaciones entre sujetos. O sea, en la empresa socialista revolucionaria –distinta de la mal llamada empresa estatal socialista– no tendremos presente una élite al frente, a cargo de administrar la fuerza de trabajo, acaparar sus frutos y repartir remuneración en forma de salarios. Por el contrario, habrá comités de producción, fabriles o agropecuarios, horizontales y democráticos, compenetrados con todas las tareas necesarias, y capaces de asegurar que toda persona del colectivo obtenga una porción justa de la riqueza generada. Y capaces además, por supuesto, de relacionarse y
planificar, de conjunto con los demás colectivos del país y de la sociedad, para satisfacer las necesidades sociales, según las prioridades decididas popularmente.

Paradójica, pero sugestivamente, no pocos empresarios capitalistas han sido pioneros en algunas experiencias de empoderamiento
administrativo, casi casi autogestionario, de hombres y mujeres trabajadores en sus puestos de producción. Por supuesto, que lo han hecho atendiendo a optimizar el funcionamiento y las ganancias de la respectiva empresa y sus accionistas, pero no deja de ser un hecho notable, con resultados económicos favorables para los involucrados. Tal vez esta sea una ilustración de esa otra ley marxista sobre cómo un régimen social hace nacer, de sus entrañas, las simientes del régimen del futuro. Aunque aquí el mejor referente serían los colectivos cooperativos con gran tradición y potencialidades en todos los campos de la economía en muchas naciones capitalistas.

Regresando al caso de una victoria verdaderamente revolucionaria y socialista, el egoísmo no va a ser el trasfondo de una relación del tipo “mi esfuerzo a cambio de un salario”. Esto significa que habrá mucho más espacio para procesos que hoy solo resultan utópicos. Digamos, el mismísmo trabajo voluntario, y todo lo que las personas trabajadoras puedan donar, crear con su esfuerzo desinteresado, para beneficiar a la sociedad de la que forman parte. El hecho de que la experiencia del trabajo voluntario fracasara bajo las condiciones del experimento cubano, también nos debería enseñar algunas lecciones.

Al desbordar, superar el egoísmo propio de la relación enajenada del trabajo asalariado, la productividad del trabajo tendrá, a su favor, la fuerza que antes tenía en contra. Entre los colectivos de trabajadores, entre estos y sus comunidades, será mucho más natural establecer relaciones de aporte mutuo, ofrecerse mutuamente productos o servicios que beneficien a unos, u otros, o a todos; que en principio se podrían estimar por sus valores de mercado y remunerarse, o aportarse, alternativamente, sin esperar retribución directa, por el beneficio social implícito, que implica bienestar directo o indirecto para la ciudadanía involucrada. De manera mucho más expedita, y sencilla que cuando las empresas de marras están limitadas por la lógica de “producir, comercializar, obtener ganancias”. No menos importante serían las ventajas para la ecología. Cuando la producción de una cantidad de riquezas implique un detrimento del medio ambiente y, por consiguiente, del nivel de vida de poblaciones particulares o globales, será más factible, bajo estas condiciones revolucionarias y socialistas, balancear todas las ventajas y desventajas, y ajustar las políticas seguidas para el beneficio de la generalidad.

En resumen, que estaremos perdidos mientras nos mantengamos escuchando los cantos de sirena de la élite corporativa-gubernamental, respecto a mantenernos disciplinados, abnegadamente entregados en sus manos, en lo que nos conducen al futuro luminoso –alcanzado hace tiempo por ellos– después de mucho sacrificio, nuestro. La meditación, el diálogo y debate, el estudio de las ciencias de economía política, de las teorías revolucionarias del marxismo, son claves a la hora de comprender los intríngulis que encaramos y los caminos fuera de este laberinto.

Una última advertencia que no se puede pasar por alto, es que la actual dirigencia cubana no ha salido del atasco confesado –por el mismo Fidel– de que “había sido un error creer que alguien sabía cómo construir el socialismo”. El hecho de que ellos se confiesen impotentes, no quiere decir que el todo el pueblo en colectivo, con los mejores recursos humanos e intelectuales, gracias a la
colaboración y solidaridad de la clase trabajadora y el estudiantado, no pueda lograrlo. Es más, que debe proponérselo y lograrlo, si quiere de veras alcanzar la victoria en este dificilísimo, pero
imprescindible, empeño.

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