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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Se termina la presente edición de los Juegos Deportivos Panamericanos. Y las autoridades deportivas cubanas andan muy angustiadas. Los pronósticos locales, precompetencia, pecaron por exceso de optimismo. La delegación de la mayor de las Antillas quedó en cuarto lugar global, por naciones. De tal suerte, el propósito oficial de mantener el segundo lugar no fue alcanzado.

“Todo el trabajo ha estado dirigido a mantener el segundo lugar”, había declarado, a Bohemia, director de Alto Rendimiento del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER). Una declaración similar había hecho el presidente de ese mismo organismo, Antonio Becali. En los días anteriores al evento, los medios oficiales cubanos amplificaban este tipo de supuestos, dados por seguros.
Los terrenos deportivos de Toronto se encargaron de demostrar el utopismo de tales pretensiones. A la mayoría de las personas les gusta ganar, y la afición cubana se encuentra decepcionada, a juzgar por las intervenciones en los foros digitales abiertos.

A todas luces, no había tanta base para el optimismo. La tirantez económica propia de nuestra nación, desde la caída del campo socialista, privó lógicamente, al sistema deportivo, de muchos recursos. La emigración de muchas figuras destacadas ha golpeado a todos los deportes. Habrían sido necesarios muchos milagros para superar a aquella o aquellas naciones que se nos adelanten.

Pero no es la posibilidad de uno u otro resultado, lo que debería ser el centro de los análisis. De hecho, el mismo espacio de los análisis ya está en el lugar equivocado. Estas discusiones deberían efectuarse a nivel de toda la nación, de la clase trabajadora, la que produce los recursos que luego otros desvían y dedican a una u otra actividad. Solo en el foro democrático de toda la sociedad, se podría debatir con propiedad sobre la pertinencia de uno u otro objetivo; la relación entre sus costo y los beneficios sociales.

La actividad atlética aporta los beneficios consabidos a la salud, al esparcimiento, y tal vez un poquitín de sano espíritu de superación competitiva. Dadas las aficiones mayoritarias en Cuba, es probable que la mayoría nos inclinemos por mantener el financiamiento a un número de deportes populares, como el béisbol, fútbol, el voleibol, el boxeo y alguno que otro más. Otras modalidades baratas y sencillas podrían defenderse decorosamente. Más allá de eso, hay que considerar la situación de austeridad que vivimos. Se producen recortes de gastos en todas las esferas, salud, educación, seguridad social, que el gobierno llaman racionalización, o reordenamiento.

Es una queja recurrente, recordemos, la falta de opciones recreativas en las comunidades, particularmente las rurales. Entre la desidia y el alcoholismo transcurre una cotidianeidad, a la que no se prestan mejores alternativas por falta de recursos, según alega el gobierno. Así, pretender mantener un campeonismo a ultranza y conquistar lauros hasta en modalidades bizarras y exorbitantes, con tal de quedar más arriba en una tabla de medallas, ya no es solo imposible e
innecesario, sino hasta inmoral.

Por ejemplo: yo me alegro, sinceramente, por la campeona del Tae Kwon Do. Sin embargo, los petos electrónicos de los altos niveles de esa competencia, cuestan el dinero que no hay para sostener, digamos, gimnasios de ese mismo deporte a nivel de barrios. Los equipos de jockey, de balonmano, u otros de poca relevancia en el imaginario local, implican erogaciones por entrenamientos en centros
internacionales, viajes, viáticos, etcétera. Mientras, en los terrenos de pelota locales, crece el hierbazal. Pero aún, por falta de implementos, solo pueden practicar aquellos niños de familias pudientes, cuyos padres compran personalmente los carísimos guantes, bates, pelotas, uniformes… Otros ejemplos tanto o más contundentes se pueden establecer, incluso con estimaciones burdas. Digamos que el equipo de ciclismo lleva una decena de bicicletas de esas
pacotillosas, con precios de más de 10 mil dólares. Precios semejantes tienen los implementos de remo, de canotaje, como reconoce Antonio Becali. Pues bien, hay que despreciar mucho al pueblo para no sacrificarlos, a cambio de 10 mil ciclos para niños que, en mercados como China, salen más o menos en la misma cantidad total, y se podrían simplemente vender a precio de costo, muy inferior al actual de la tienda. Para solaz de otros tantos pequeñines que ahora no pueden ni soñar con que los “Reyes Magos” se las traigan el próximo año.

Estas mínimas acotaciones han sido reiteradas por unas cuantas voces ya, numerosas veces. El sistema autoritario local se hace oídos sordos, pues no necesita responder a la voluntad popular. Aún así, mantener la denuncia de esta actitud derrochadora y antidemocrática, servirá al propósito de erosionar tal comportamiento y forzar, eventualmente, su apertura a principios de razón y justicia, más adecuados para nuestra nación.

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