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En la intervención anterior, hacía una crítica de las funciones de los partidos políticos arquetípicos de las sociedades capitalistas contemporáneas.

Una situación muy diferente tenemos por acá. Acá, como ya sabemos, no tenemos al multipartidismo vigente en el resto del mundo. Lo que puede ser una suerte. Un paciente que tiene un solo cáncer, tiene chances de curarse. A la vez que tiene más de dos o tres, la probabilidad de terminar en buena forma prácticamente se desvanece.

¿Qué interés podrían tener las personas trabajadoras en Cuba en disponer de más de un partido político? ¿Generaría eso un mejor gobierno? Tomemos una celebración de elecciones contemporáneas en Cuba. El discurso oficial nos dice que son las más democráticas del universo, porque el único partido legalmente existente no participa. Los más avisados tenemos nuestras sospechas. Porque los puestos para los que nosotros votamos, son los que tienen escaso o nulo poder real, y el partido actúa de todas maneras tras bambalinas.

Con todo y eso, ¿no sería maravilloso, si fuera cierto? Quiero decir, elecciones verdaderas de funcionarios de gobierno, a posiciones con capacidad gestora real y suficiente, únicamente en función de sus capacidades para obedecer el mandato popular. No liderar ni conducir a ninguna parte, sino Obedecer. Sin la interferencia de programas políticos partidistas definidas en círculos cerrados, opacos a la intervención popular.

¿Qué necesidad hay de estropear esta bella perspectiva con la introducción de entes extraños como partidos políticos?

¿Existen acaso, en nuestro país, sectores que deban enfrentarse entre sí, de manera análoga a como lo hacen los competidores burgueses en los países normales? Tenemos más razones, opino yo, para buscar la unidad que para desear dividirnos de esa manera. Nuestra sociedad, para los que la queremos socialista, deberá estar libre de los conflictos intercapitalistas, y entre capitalistas y proletari@s. No necesitaríamos, por lo tanto, del tipo de partidos que reflejen tales enfrentamientos. ¿No sería más aconsejable la búsqueda de la democracia sin acudir a tales herramientas?

Es mi firma convicción que el multipartidismo, en nuestro país, no constituiría para nada un paso de avance sino, por el contrario, de retroceso. Es cierto que se han cometido barbaridades en nombre de la unidad, y faltan por cometerse todavía un número impresionante. Pero también se cometen en nombre de la libertad, y nadie declara que la libertad no sea deseable. Es deseable la libertad, como el aire que respiramos, como el agua y el amor, como la vida misma. Al mismo tiempo, es necesario también fomentar cierta capacidad de coordinación de esfuerzos colectivos, que podríamos llamar unidad, para encarar los complejos retos de vivir en el mundo moderno, con sus sofisticados sistemas económicos, los grandes retos sociales, los problemas ecológicos, etcétera.

Será un enorme reto construir la democracia dentro de tal unidad, pero un reto que debemos asumir y vencer. Concibo que sus instituciones funcionales no tendrían por qué semejar las de un Partido tradicional. Las estructuras más adecuadas deberían ser totalmente horizontales, promotoras de la participación igualitaria; tal vez basadas en afinidades gremiales, en las facilidades derivadas de la interacción cotidiana en los barrios, los centros de trabajo, de estudio, recreativos… O sea, algo así como una madeja confederativa de sindicatos, asociaciones de estudiantes, jubilados, aficionados a las artes, etcétera.

Una última función de los partidos está relacionada con la producción de teoría e ideologías de economía política. En esta última función, también podrían ser exitosamente sustituidos por los círculos, escuelas y grupos de pensamiento, dentro o fuera o a media agua con las formas organizativas que mencionamos anteriormente; organizados libremente por quienes estén dispuestos a ello y afronten periódicamente los exámenes del reconocimiento social.

Los trabajadores y trabajadoras, no solamente no ganarían nada con más partidos, sino que perderían la posibilidad de sobreponerse a las acechanzas de los grandes poderes económicos capitalistas, enfocados en la explotación y el lucro. De contra que ahora hay uno solo, no podemos controlarlo; imagínense ustedes varios. De manera expedita, los grandes poderes se harían con el control de los más importantes de dichos partidos. Esta circunstancia nos pondría, en muy poco tiempo, en las mismas condiciones que el resto de los países capitalistas normales. La experiencia de los países de Europa Oriental, más los efectos de las reformas económicas corrientes aquí, nos evidencia que los embriones de esos poderes ya se encuentran cómodamente instalados entre nosotros, incluso entre los mismísimos círculos gubernamentales.

Ciertamente, no me cabe en la cabeza que, en nombre de la izquierda en Cuba, se avance ningún posicionamiento en este tema que desconozca tan ineludibles realidades.

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