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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Dentro de las recetas que le recomiendan a este pueblo para progresar, las relativas a la democracia ocupan lugares privilegiados, por razones que todos conocemos. El ingrediente del multipartidismo se presenta en la mayoría de dichas recetas.

Como fuerza interesada en el desarrollo de nuestra nación, al Observatorio Crítico le caben muchas meditaciones sobre este tema. Me interesa hurgar desde mi perspectiva personal, situada en el espacio que considero de izquierda revolucionaria, con mis pininos de marxismo hechos por cuenta propia.

Cualquier opinión desde acá está fuertemente matizada por el hecho de partir de un país que, gústenos o no, mantiene un régimen unipartidista. La implantación del multipartidismo es sugerida por muchas personas como un avance imprescindible. Pero este es un paso muy serio que no se debe dar sin considerar antes todas las repercusiones.

Para empezar, vale la pena recordar que los partidos políticos modernos son instituciones características del desarrollo de las sociedades políticas capitalistas. Cuando se nos propone el multipartidismo, se da por sobreentendido que el concepto de partido responderá al arquetipo más extendido en el mundo, el aquellas sociedades. En las mismas, caracterizadas por la existencia y división de clases, dichos partidos canalizan las contradicciones internas de las clases burguesas. De tal modo, los grupos en pugna pueden enfrentarse por el control de espacios de poder dentro de los gobiernos. O sea, justar por secciones del pastel y sin que llegue la sangre al río.

Un rol no menos importante de los partidos políticos en estos casos, consiste en inhibir el avance de las fuerzas revolucionarias. Es difícil organizar una maquinaria al nivel de la que montan los grandes capitales, con semejantes capacidades de gestión, propaganda, movilización, cuando los interesados son una caterva de gente muerta de hambre. La burguesía puede desplegar capacidades abrumadoras para anular su avance, apoyada en su posesión de los grandes medios de difusión, de promoción del consumo, de creación de estados de opinión y de distracción social. En los casos extremos de algunas potencias imperialistas, situaciones políticas internas simplemente desagradables han sido olvidadas gracias al expediente de la creación artificial de algún demonio extranjero, y la invasión y destrucción del desdichado oscuro rincón del mundo en que este se refugiaba.

Supongamos ahora que una masa desposeída logra algún avance en este sentido, de organizar su propio Leviatán, a la par de los otros que navegan por esas aguas. La naturaleza de ese tipo de instituciones y su entorno, permiten fácilmente que el rumbo tuerza, por razones de negociaciones, por la adopción de políticas semejantes a las de los contrarios, y por pura y simple corrupción del liderazgo, cooptado por las clases dominantes que vigilan a los que consideran sus rebaños. Ha pasado innumerables veces. En los peores casos, tras una negativa a doblegarse, han sido liquidados por puros y simples golpes militares (¡no voy a enumerar otra vez la relación de Arbenz, Allende, Aristide, etc., pero ustedes saben!).

La evolución política de los Estados capitalistas demuestra fehacientemente que, a pesar de las aparentes divisiones, todos los partidos burgueses responden al final a los intereses de una sola clase. Y que ponen los intereses de la misma por encima de todo como era de esperar. Por tal razón, casi nunca importan los apellidos de tales partidos, porque las medidas de gobierno se acomodan de una u otra forma a las necesidades del capital. A la larga, convergen en el perfeccionamiento de la explotación y la concentración de riquezas, con sus diferencias de matices entre los distintos países, las alteraciones determinadas por las luchas de las masas revolucionarias y la capacidad de hacer recaer hacia terceros países las peores consecuencias de los conflictos sociales.

Ojo, porque esto no implica que yo rechaze de plano, en esos países, todos los mecanismos de lucha política cívica, propios de las sociedades capitalistas. La coordinación de los esfuerzos colectivos requiere de formas familiares para las personas. Estas les deben permitir también avanzar en los fines deseados, sin generar violaciones de la paz social peores que los males que se proponen remediar. Simplemente, quería ilustrar que las dificultades que debe afrontar un partido de la clase trabajadora son extraordinarias, y las tácticas empleadas no deben subordinarse nunca a la lógica de las relaciones entre los poderes burgueses. Una combinación dialéctica de luchas parlamentarias y acciones revolucionarias se ha considerado por muchos como necesaria en estos casos.

Continuará…

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