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Por Elaine Díaz

El salario medio en Cuba aumentó de 471 pesos en 2013 a 581 en 2014, de acuerdo con el . Al parecer, la nación centroamericana ofrece descuentos especiales para cubanos. Pero pasada una semana en Panamá, debemos volver a comprar pollo, perrito y picadillo, esa tríada que compone nuestra dieta básica, no básica y dirigida.

La ONEI, como los medios estatales, no suele mentir; pero tiene la mala costumbre de no publicar toda la verdad. Estas socatas estadísticas no responden algunas de las preguntas esenciales. ¿Se debe este incremento – de 4 CUC – a los salarios en el sector no estatal – generalmente más altos que en el sector estatal? ¿Cuál es la brecha de salarios entre profesionales y no profesionales? O, vayamos directo al grano, ¿es mejor ser camarera en La Guarida que profesora en la Universidad de La Habana? Creo que, llegados a este punto, coincidimos en que el salario no constituye un motivo para celebrar este primero de mayo.

Podemos, entonces, rendir tributo a los mártires de Chicago. Podemos rendir tributo callado a aquel que sobrevivió a la horca y terminó por matarse con una bomba de dinamita en el mismo sitio. Podemos recordar desde el hoy de Ferguson y New York y Baltimore aquel pasado donde seis obreros fueron acusados por la muerte de un policía. Pero seamos honestos, ¿a cuántos de los que cada año componen el millonario-pueblo-combatiente les importa lo que pasó en Chicago en 1888? Y no es indolencia, claro que no, el problema es el salario, y las lluvias que azotan con saña a La Habana. Porque La Habana, reconozcámoslo, no le teme a Obama. La Habana le teme a esa masa amorfa de agua que cae del cielo sobre su cuerpo vejete y cansado y la estremece a ritmo de muertos y derrumbes.

Otro buen pretexto para ir a la Plaza, suponiendo que sea un ejercicio de conciencia crítica, es la aprobación del nuevo Código de Trabajo. No a celebrar lo que dice el Código, sino el voto de Mariela en el Parlamento, que nos despertó del aburrimiento de las sesiones interminables de la Asamblea. Pero sucede que Mariela votó en contra porque no se incluía de forma explícita a la identidad de género como uno de los motivos para no discriminar. Y se le olvidó, convenientemente, que tampoco se mencionaba la discriminación por motivos políticos. Puestos a publicar números, sería bueno que la ONEI ofreciera estadísticas sobre cuántos trabajadores son despedidos, no contratados o sancionados por motivos políticos o de identidad de género. E, incluso, quién protege legalmente al transexual disidente que no recibe dinero de ninguna otra nación y ejerce su legítimo derecho a disentir en público. Pero eso habría provocado una incómoda cena de fin de año. Imaginemos cómo serían los silencios de estar congregados el padre, el tío y la sobrina en la misma mesa luego de añadir esta propuesta al código cuasi-unánime.

Por ahora, nos queda ser menos ambiciosos. Yo iría a la Plaza por razones menos económicas y menos legislativas. Seamos realistas. Raúl ya dejó claro que nada de incremento salarial hasta que no aumente la producción. Y ya nosotros dijimos – simbólicamente – que nada de incremento de producción hasta que no aumenten los salarios. Miren no más lo que pasó con la producción de papa en 2014. Decreció en un 53 por ciento con respecto a 2013. Sin ganador ni perdedor en esta pelea de barrio, unos siguen robándole al Estado y otros se largan a estudiar o trabajar en otros países.

Busquemos, entonces, otra razón para ir a la Plaza, porque queremos ir, ¿no? Hay una razón minúscula, que tiene que ver con ciertas dignidades. Dignidades que son la suma del olvido de los mártires y los salarios miserables y la falta de protecciones para el disenso político. Dignidades que se ven laceradas cuando tus derechos laborales no son claros y tus recursos son provistos por el Estados y tus espacios de expresión pública terminan siendo un mejunje donde lo privado y lo estatal y lo laboral se juntan peligrosamente sin que tengas una manera coherente de separarlo. Para ir directo al grano. Yo iría a la Plaza a demandar algo razonable, a pedir que en 2015 ningún bloguero cubano deba sentarse en la oficina de su jefe a explicarle un post.

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