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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Yo trabajo en un hospital oncológico. Antes de llegar a mi apartamento, a diario, paso por el lado de varias decenas de pacientes.

Un hospital oncológico no es cualquier centro de salud. Quienes acuden allí a diagnosticarse o tratarse, van con un rostro diferente. La esperanza en ellos debe luchar con una desesperación más honda, con miedos más profundos y primarios.
Por los distintos departamentos, las largas filas de asientos reciben pesos de personas obesas, medianas, ligeras; ancianas, adultas, jóvenes y sencillamente infantes. En estos casos nadie puede evitar el nudo en la garganta. Ni siquiera los trabajadores más curtidos, esos que desde afuera se aprecian como ganados por la indiferencia que da el roze continuado con la tragedia.

Cada día uno debe llegar y encontrar la forma de fortalecerse ante este panorama. Metafóricamente, la Muerte se acomoda en los regazos de una parte de todos esos que esperan, o va tomada del brazo de varios de los que deambulan. Cada trabajador lidia con eso como mejor puede. Yo lo resumiría así: la miramos a la cara, a la Muerte, a las órbitas vacías de la calavera; y le decimos: hoy vamos a intentar arrebatarte cuantas víctimas podamos.

Da la casualidad de que, en el granito de arena que yo ocupo en el sistema de Salud Pública, toman lugar unos tratamientos que se llaman de Radiocirugía Estereotáxica (RCE). El alcance que podemos cubrir, en Cuba, con este tratamiento, están lejos de las necesidades reales, y a veces son la única opción que tiene un paciente. En esto habrá tenido su parte de culpa la ineficiencia del sistema, la burocracia, etcétera. Entre una cosa y otra, a principios del nuevo milenio el país contrató y pagó 3 sistemas para RCE. Iban a llegar e instalarse paulatinamente para los pacientes de todo el país.

Llegó el primero, se instaló, se empezó a usar. Llegó el segundo. Pocos están familiarizados con el esfuerzo, el sacrificio, de los que explotamos estos equipos para enfrentar complicadas patologías de cánceres y de otros tipos en el cerebro de aquellas personas afectadas. Cada operación de RCE dejaba una estela épica, un agotamiento visceral, un remolino de emociones primordiales. Nuestros resultados han sido semejantes a los de servicios foráneos de condiciones parecidas, en cuanto a efectividad y seguridad. Como repercusión inmediata, contamos las vidas salvadas, o por lo menos los años adicionales concedidos con mejor calidad.

Bien, ¿qué pasó con el tercer sistema? Que llegó el fatídico mensaje de la empresa suministradora. Estimados clientes, lo sentimos mucho, bla bla bla, pero por ajustes administrativos, legales, bla, ya no podemos entregarle el sistema, debido a las cláusulas Tal y Mascual de la ley estadounidense del embargo, bla, bla.

Esa es mi experiencia más directa con el bloqueo estadounidense. La que cayó directamente en el granito de arena que ocupo en el sistema de salud. Por lo logrado con los dos sistemas que funcionaron estos años, sería una estimación razonable fijar en cincuenta o sesenta los pacientes adicionales que se hubieran podido tratar con el tercero, con los consabidos beneficios. Vaya, que en los cementerios cubanos hay casi esa cantidad de cruces de más, por el bloqueo estadounidense a nuestro país, exclusivamente a causa de no poder recibir el procedimiento médico que se trata en mi pedacito.

Esto no me lo contó el presidente del CDR, o los malvados segurosos internacionales del G2, ni lo saqué de una columna de los blogueros oficialistas. Esta es mi experiencia vital.

Me van a reprochar, con toda seguridad y no poca razón, no tratar con tanto detalle las consecuencias del bloqueo interno. Eso lo acepto como mi problema, con mi miedo y con mi conciencia. Yo sé o me imagino a quiénes responsabilizar y qué esperar para esas personas. Pero si a alguien que hace las cosas insuficientemente y mal, de contra le van a sabotear ese poco que hace, a dónde lo vamos a llevar. Pero pasemos ahora a otro suceso.

Pues resulta que un día, durante una actividad del Observatorio Crítico (OC), nos acompañó un miembro del grupo opositor 14ymedio. En un momento dado esto ocurrió antes del 17D , la conversación cayó sobre el tema del bloqueo, la necesidad de normalizar relaciones, etcétera.

Fíjense que esto no es un problema de la información que uno haya conseguido a través de filtros y censuras. Aunque son más que archiconocidas y figuran en los medios internacionales, las posturas contra el entendimiento y las frases del tipo los Castro no han guardado la pistola, el embargo es el único medio que puede y debe emplear el gobierno estadounidense para obtener concesiones del régimen castrista. Aquella persona, que se incorporó a nuestra actividad, nos expuso francamente ese discurso, trató de convencernos de que ésa era la verdad. La proyección no era la de un opinante personal, sino la de quien trasmitía la opinión de un grupo, organizado y proyectado hacia la política.

Los miembros del OC no la emprendimos contra el sujeto, con consignas de Patria o Muerte, improductivas en aquel marco, ni repudios ni esas cosas. Simplemente le expusimos nuestro más drástico desacuerdo. Qué civilizado, eh, nada jurásico, nada de esbirros. Y proseguimos nuestras actividades.

Esto tampoco me lo contaron el presidente del CDR, ni los malvados segurosos, ni lo saqué de una columna de los blogueros oficialistas. Esto lo viví yo ese día, y varios participantes más.

Convalidar el bloqueo, como lo hizo la persona de mi segunda anécdota, significa aceptar que pasen cosas como las que ocurrieron en la primera. Significa aceptar que las personas pueden morir, como moscas, porque ciertos grupos de poder tienen una postura antagónica con otros, y que las muertes son un precio aceptable a pagar para que unos puedan imponerse sobre otros.

El Observatorio nunca cejará de defender el derecho de cada persona a disentir de aquellas prácticas políticas, sociales, económicas, etcétera, con las que no esté de acuerdo. Nuestros principios a favor de la libertad y la emancipación nos determinan en ese sentido. Tal postura, sin embargo, no constituye un cheque en blanco y no nos inclina a alinearnos con quienes defiendan opiniones de odio, políticas violentas y medidas genocidas. Vengan de donde vengan.

Quienes así obran, no me representarán jamás a mí, como sociedad civil ni como ninguna otra.

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