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Por Dmitri Prieto Samsónov

La papa.  Foto: Juan Suárez

Evito y evado las colas de la papa. El tubérculo llega, por esta época de cuaresma, acompañado de sempiterno potencial de generar largas colas y provocar broncas, opuestas a cualquier sentimiento mínimamente cristiano.

Camiones que llegan del campo llenos de sacos de tubérculos terrosos se posan en los agromercados y van descargando, en lo que la voz se propaga y la gente va llegando, ocupando espacios, induciendo una consecutividad matemáticamente probable pero dudosa siempre, pues la cola se va ensanchando en la medida que se alarga, sus volúmenes de audio van subiendo, los bicitaxis llegan y salen acompañados de las protestas, las desesperadas gargantas vocalizan rezongas, la depresión y la tensión se acumulan, los especuladores a su vez acumulan papas para re-vender, y la frustración aumenta.

Eso de la papa en Cuba es un verdadero desastre.

Cuando Cuba estacionalmente exportaba papa a la Unión Soviética, esa papa era reconocible por su color rojizo. Hoy la Unión Soviética no existe, el rojo no abunda, y la papa se extingue.

El año pasado disfruté un par de veces de la papa, que compré a buen precio a una revendedora.
Este año no sé qué pasará. Soy trabajador, y sinceramente me molesta y me deprime perder tiempo en la apoteósica cola de la papa.

Antes la papa venía normada, por la libreta de abastecimiento.

Después esa norma fue “quitada”, síntoma de actualización del modelo y de nuevas oportunidades comerciales.

Hoy, la papa es difícil de conseguir, y quienes la venden oficialmente despachan sólo 10 libras por persona (por lo menos aquí donde yo vivo).

En mi criterio, si el gobierno quisiera tomar un gesto popular, como para mostrar que nuevamente están del lado de los humildes, tal gesto podría ser volver a normar la papa.

No deberían ni siquiera bajarle el precio: sólo normarla, ponerla por la libreta, digamos 10 ó 5 libras al mes, a 1 peso MN la libra, que es lo que se usa oficialmente.

Así, las grandes mayorías accederían al tubérculo sin tener que hacer tanta cola, pues comprarlo estaría aparentemente garantizado (aparentemente: hoy pasa con el pollo normado por la libreta que a veces no alcanza; pero de todos modos, los pugilatos del pollo por cuota no son tan densamente agresivos como los de la papa “liberada”).

Pero seguro aparecerá algún/a oportunista con el discurso enfantasmante de que si la ponen por la libreta la gente la revenderían más caro para hacer dinero.

Cola para comprar papas.  Foto: Juan Suárez

¿Acaso ahora no se revende? ¿Acaso no se dan cuenta que de por sí no alcanzaría? ¿Y de que si alguien tendría necesidad de revender las 10 libras de papa que le tocarían por la libreta, es porque es una persona muy desaventajada en lo social, y eso sería una (otra) de las miserable oportunidades hoy disponibles oficialmente para sobrevivir?

¿Aun en la suposición de una improbable sospecha, si la revenden a partir de la venta por libreta, no sería una re-venta con beneficios más equitativamente distribuidos –favorables a las grandes mayorías, todas con acceso a su dosis del terroso tubérculo-, que como resulta la re-venta de hoy? Tales argumentos ya sé que apestan.

Como apestaría el argumento de que la papa no se puede normar, pues ello rompería la lógica de la actualización del modelo, de la quitadera de gratuidades, de la economía de mercado, y demás blablás del academicismo neoliberal cubanícola en ciernes. Cualquier persona sensata entiende que en una sociedad verdaderamente “próspera y sustentable” debe haber papa para todo/as y a un buen precio.

Para mí, el sistema de distribución de productos del agro (incluyendo mercados mayoristas, los agro-mercados y las bodegas, donde la libreta se materializa en mercancías) debe convertirse en Cuba en una cooperativa de consumidores.

Pero han optado por otra “solución”: apoyarse en cooperativas compuestas por socios que operan los grandes mercados concentradores, en acopios estatales, y en intermediarios privados.

En una economía desabastecida, tales emprendimientos aumentan el desbalance, pues el estatismo es necesariamente ineficaz e inicuo, y si se le pone algo de capitalismo, se vuelve más inicuo aún.
Sólo el poder democrático “desde abajo” puede redistribuir equitativamente los bienes “liberados”.
Todo tipo de bienes: incluida la papa.

Publicado originalmente en Havana Times

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