Por Félix Sautié Mederos.

Crónicas cubanas

Cada Domingo de Ramos, cuando el calendario juliano que tiene que ver con la rotación lunar, lo determina, el pueblo de a pie que es generalmente el más humilde y sufrido de todos los estratos poblacionales que viven en el país, mayoritariamente con otros segmentos de la población que ya no son de tan a pie, por decirlo de alguna forma comprensible, amanece en los templos católicos y reclama su ramo de palma que según la liturgia en definitiva es un sacramental de la fe para conmemorar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que los católicos que asistimos regularmente a misa conmemoramos repitiendo las frases que dicen Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Se produce en esas circunstancias que testimonio, un encuentro entre los que practican la liturgia integralmente y los que asisten solo cuando es Domingo de Ramos, cuando bautizan a sus hijos y familiares o encargan una misa de difuntos.

Me refiero a fenómenos eminentemente humanos, que resultan ser muy interesantes, los que además en mi criterio, mucho tienen que ver con la condición humana y la necesidad de la fe, que en mi opinión es implícita a nuestra razón de ser en este mundo, que en la Salve se califica como un valle de lágrimas porque junto al disfrute de la vida en sí misma, los infortunios, las enfermedades y la muerte se encargan de hacernos chocar con las realidades de lo efímero que es todo durante nuestra existencia terrenal, que para los que no tienen fe es única y una sola vez y para los que somos creyentes ocasión en que esperamos lo que podría definirse como el cambio de sustancia espiritual que significa la muerte como tránsito a la vida en un mundo futuro que se abre a la eternidad, en donde esperamos encontrarnos con el Padre Creador.

Aquí se nos plantea una gran interrogante, que algunos tratan de interpretar burdamente con un sentido materialista rampante que no tiene en cuenta los sentimientos y la espiritualidad que nos son inherentes. Creer o no creer. Que bien podrían enunciarse como ser o no ser si se toma en cuenta el dilema que se plantea en Hamlet. En lo que a mí respecta considero que para entender verdaderamente lo que anima a las decenas de miles de personas que en la Cuba de hoy (Siglo XXI) desbordan los templos católicos en busca de su güano bendito como lo denomina el pueblo con simpleza y esperanza, hay que plantearse el significado de la interrogante creer o no creer en concordancia paralela con el planteamiento hamlesiano de ser o no ser, porque la cuestión reside precisamente en eso: si somos o no espiritualidades capaces o no de plantearnos la razón de nuestra existencia en el Universo, más allá de un simple accidente material que produce entre otras cuestiones importantes el polvo cósmico que compone nuestro soma.

Yo respeto a quienes piensan que solo somos polvo de estrellas y nada más; y uso nuevamente el yo teresiano que me caracteriza y que exclusivamente me compromete a mi en lo personal, pero considero que quienes así piensan de manera materialista no podrán entender verdaderamente las razones, los sentimientos y las voluntades que movilizan a las personas que asisten a los templos católicos cada Domingo de Ramos; y que no son simples analfabetos tal y como los elitistas tratan de denominarlos. Son cubanos instruidos dentro de los procesos de la Revolución Cultural que se han desarrollado en nuestro país a partir de la Revolución Triunfante de 1959 en adelante; y que sienten que les falta algo más para superar los hastíos y la falta de espiritualidad sentimental que no pueden mitigar solo a partir de las cosas materiales de que se carecen. En esta impronta encontramos en mi criterio la cuestión planteada de creer o no creer, ser o no ser; y para descifrarla tendríamos que ser menos autosuficientes y más modestos ante los enigmas no resueltos que día a día nos presenta la vida misma.

Ir a verlos en sus búsquedas espirituales desbordadas en este día tan señalado por la tradición que no pudo ser liquidada por el Ateísmo Científico autoritario y dominante, respetarlos en su sentido humano manifiesto, no sentirse por encima de ellos clasificándolos como algunos lo hacen en cultos e incultos porque en definitiva sus explicaciones científicas de que parten para estas clasificaciones en mi criterio extemporáneas, son incompletas y realmente no solo responden a los sentimientos y anhelos que se alojan en los lóbulos del cerebro y que nos diferencian esencialmente de los demás seres vivos de los reinos animal y vegetal. Somos en definitiva algo más que eso, somos capaces de pensar y de cuestionarnos a nosotros mismos.

Asistimos además, a una época de grandes avances en la ciencia y en la técnica. Las comunicaciones nos han achicado el mundo en que vivimos como nunca antes; y nos comunican intersubjetivamente en tiempo real; mientras que en cambio, ni esas ciencias ni esas técnicas han podido desterrar a los odios, los rencores, las ambiciones desmedidas y las crueldades que pululan por los cuatro puntos cardinales de nuestro planeta y que pujan por destruirlo todo: a nosotros, a las plantas, a los animales y a cualquier vestigio de la vida misma incluyendo al planeta que habitamos y quizás al Universo. Hay algo más en la vida que es la espiritualidad de los seres humanos y la contradicción permanente entre el bien y el mal, anverso y reverso de una misma circunstancia porque la esencia del bien es lo contrario que es mal, su antítesis.

En consecuencia, abogo por la comprensión y el respeto a la necesidad de espiritualidad y amor por la vida que el pueblo experimenta día a día con su sabiduría humana ancestral que lo caracteriza más allá de cualquier sofisticación filosófica y de la ciencias naturales, con que algunos tratan de juzgarlo sin comprender que la espiritualidad es una realidad necesaria para interpretar holísticamente a la vida misma.

Yo soy creyente y he estudiado e investigado estos asuntos a partir de las ciencias, la cosmogonía, la filosofía, la teología e incluso la física cuántica, pero también he vivido quizás mucho más que todo eso; y, confieso que en la medida que me hago más viejo, me siento más místico y a la vez más necesitado de la humanidad, que languidece en el mundo que me ha tocado vivir y que constituye un ámbito existencial cargado de odios y crueldades que no paran, como diría la expresión popular. Así lo pienso y así lo afirmo con mi explicación de lo que sucede cada Domingo de Ramos en Cuba, junto con mis respetos para la opinión diferente y sin querer ofender a nadie en particular. fsmederos@gmail.com

Publicado en Por Esto!, el jueves 2 de abril del 2015. Jueves Santo.

http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=22&idTitulo=392534

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