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Por Dmitri Prieto

Terry Pratchett, narrador del documental “Choosing to Die.”

Leí en HT el escrito de una colega sobre lo que ella denomina eutanasia y lo que yo prefiero llamar suicidio asistido.

Yo también había visto el documental, trasmitido por el programa dominguero Pasaje a lo Desconocido, sobre cómo una entidad suiza promueve la “muerte con dignidad”; el programa incluía entrevistas con clientes de la empresa (no todos solicitan tal muerte, algunas personas se acercan para saber su elegibilidad, las condiciones, etc., en función de una posibilidad a largo plazo de recurrir al servicio que brinda la firma).

En la presentación del documental, el especialista invitado explicó la diferencia entre eutanasia (cuando los médicos administran la sustancia mortal) y el suicidio asistido (cuando es el propio paciente quien usa el tóxico, provisto por personal especializado), precisando que tanto una como el otro están prohibidos en Cuba y se considerarían asesinato.

Yo perdí a mi madre y a mi padre, que fallecieron a causa del cáncer. Recuerdo bien sus últimos días, y creo que no olvidaré nunca esos recuerdos. Parece que fue ayer. Recuerdo cómo ambos se agarraban a la vida, porque la amaban; no pedían morir, aun sabiendo que la muerte estaba ahí, cerca, y que aguantar la angustia de su presencia iba a ser difícil. Recuerdo sus lágrimas…

Tengo una amiga cuya madre tiene el Alzheimer. Soy testigo del desasosiego de esa muchacha -chica alegre que ama a la vida-, y de su tristeza cuando habla de su mamá. Imagino lo difícil que debe ser…

También tengo un amigo cuya abuela falleció, enferma de demencia senil. Sus últimas palabras –que repetía durante semanas, antes de dejar de hablar para siempre, aun permaneciendo con vida por meses- fueron “tengo ganas de morirme”.

No soy, por tanto, nadie para juzgar la voluntad y los deseos de otras personas. Además, creo que no pecaría si digo que todo/as en algún momento difícil o angustioso hemos pensado en el suicidio…

El gran problema es que –a diferencia de las sociedades tradicionales- la modernidad no elaboró ningún “protocolo” o “metodología” para aprehender el hecho de la muerte. Los rituales mortuorios modernos tienden a ser ridículos.

En proximidad de personas moribundas, preferimos no mencionar el tema. Las muertes se razonan como números o como símbolos o como eufemismos; lo mismo en colectividad que frente al destino personal de cada cual. Hablar de morirse es angustioso, y sólo personas especialmente corajudas asumen en plenitud de términos aquella mortalidad que todos sabemos que nos toca a cada uno/a. Casi siempre, con alguna opción espiritual por medio.

Y casi siempre rodeamos a la muerte de silencio, pretendiendo imaginar que la vida lo es todo, es valor absoluto, y la periferia sencillamente no existe o es un impedimento desagradable e incómodo…

Cuando fui estudiante de Derecho, nos explicaban que en la sucesión mortis causa si alguien explicita una voluntad después de otra anterior, es la última la que vale. Muy jurídico todo, pero fuera de todo formalismo, ese pensamiento me incomoda terriblemente frente a las impactantes imágenes del documental.

Pues del documental, no puedo olvidar cómo ese señor mayor al acabar de tomar su venero pedía agua.

Antes, nos mostraron cómo los de la firma le explicaban que el barbitúrico le induciría una incómoda sed, pero que no debía tomar agua después del veneno: así este no actuaría, y todo su esfuerzo en transitar de la vida a la muerte resultaría vano.

Adormecido, aquel hombre barbado pedía agua. Su esposa amorosamente le negaba al moribundo su última petición: “tú sabes que ahora no puedes…ya te lo explicaron, ¿recuerdas, cariño?…”.

¿Y si se había arrepentido? ¿Si no era por un efecto fisiológico, sino porque había concientizado ante el umbral cuál era el sentido espiritual de su partida, y sencillamente –recordando que el agua le impediría morir- intentaba volver atrás el proceso letal?

Eso no lo sabremos jamás…

Publicado originalmente en Havana Times

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