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Por Erasmo Calzadilla

ilustración por Onel

El poder ejercido por una clase sobre otra no tramita solo a través de la represión explícita; toda una red de instituciones se encarga de apoyarlo y reforzarlo de manera sutil en las más diversas esferas de la vida social. Una de las áreas donde el poder circula sin levantar muchas sospechas es la del lenguaje, especialmente la ortografía.

La escuela y otras instituciones de control social utilizan las pruebas y reglas ortográficas para discriminar a los que han asimilado satisfactoriamente el proceso de amaestramiento de aquellos demasiado “rebeldes” o “brutos” que se resisten. No importa que su jerga sea más creativa o empleen una racionalidad más coherente, las personas de la clase “baja” suelen chocar estrepitosamente con las normas arbitrarias impuestas a la lengua. Resulta sintomático que la burro-cracia educativa cubana dedique tantos esfuerzos a recuperar la disciplina ortográfica.

He publicado dos post sobre el tema; uno en tono franco (desaprobado por un amigo sociólogo) y otro redactado con ironía. Este último sirvió para dejar al descubierto la verdadera identidad de ciertos furibundos libertarios. J

En este tercero recurro a una bestia de la literatura en defensa de mis tesis.

En 1997 tuvo lugar el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española. “Botella al mar para el dios de las palabras” fue la bombita terrorista que el escritor Gabriel García Márquez dejó caer en medio de un ambiente académico con tufo a claustro.

Los dejo con algunos fragmentos.

“…una lengua [la española] que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa”.

“En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes”.

“Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Donde se equivocó el Premio Nobel

En 1997 el autor de Cien años de soledad creía que marchábamos hacia un mundo globalizado (en el buen sentido de la palabra). En el mensaje al dios de las palabras escribía:

“Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global. La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras”.

Dos décadas más tarde el escenario es más bien sombrío. El péndulo civilizatorio parece haber llegado a un máximo y ahora retrocede. Gracias a la historia sabemos qué sucede a las lenguas en situaciones similares.

Con la crisis del transporte y las comunicaciones las regiones tienden a aislarse y distanciarse. El descuajeringue social provoca un relajamiento de la norma lingüística; la burocracia pierde momentáneamente el control.

Es el momento en que la sabiduría popular anónima y “oceánica” aprovecha para salir del closet. Todos los aportes y “descubrimientos” lingüísticos que permanecían agazapados en los vericuetos del bajo mundo y las callejuelas del ambiente alternativo emergen de lo oscuro y se integran en un nuevo desorden.

Gabo no pudo evadir la quimera recurrente y prepotente de las civilizaciones en flor: el sueño de la gran Babel. Babel se desmorona por enésima vez pero la propuesta del Nobel sigue tan vigente como nunca: hay que incinerar la ortografía. Sustituyámosla, sugiero, por la frikigrafía.

Pubicado originalmente en Havana Times

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