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Por Dmitri Prieto Samsónov

Hace meses esperábamos los nuevos billetes. Como bien se explicó por el Banco Central de Cuba en su momento, al ampliarse el uso de los “pesos obreros” (CUP o moneda nacional -MN-) a las shoppings que cobraban en CUC (el “peso yuma”, “fula” o “de la remesa”), clientes y cajero/as se complicaban manipulando volúmenes grandes de billetes MN. Los valores faciales no llegaban a denominaciones suficientes para simplificar la transacción… el máximo valor facial existente era de sólo $100.00 CUP, poco menos de 5 dólares o CUC. Comprar un TV o microwave con tales billetes se convertía en un verdadero infierno.

Ahora, el nuevo dinero ya está en la calle. El papel-moneda está adornado con rostros de Julio Antonio Mella (líder estudiantil de los años ´20 y fundador del PCC), Ignacio Agramonte (uno de los iniciadores de la primera guerra cubana contra el colonialismo español, y co-autor de la primera Constitución de la República en Armas), y Abel Santamaría (el segundo al mando del Movimiento que asaltó en 1953 los cuarteles Moncada y de Bayamo).

Las imágenes del reverso de los billetes muestran gráficas alegóricas a las personalidades del anverso: la Universidad de La Habana, la Asamblea de Guáimaro donde se aprobó la Constitución de 1869, y el Cuartel Moncada, respectivamente.

Creo que nunca me tocará cobrar mi salario en esos billetes.

Pero ahora escribo sobre otra cosa.

Mi amiga la realizadora audiovisual Yaíma Pardo me comentó a mediados del año pasado que el dinero cubano sólo mostraba sujetos masculinos, guerreros, y que el único negro que aparecía (en el billete de $5 MN) era El Titán de Bronce, Mayor General Antonio Maceo.

Algunas denominaciones (también las nuevas) muestran también el rostro de la revolucionaria Celia Sánchez, pero éste sólo aparece a trasluz, porque se trata de una marca de agua (filigrana), para seguridad de los billetes. “La única mujer del dinero cubano está invisibilizada, y hay que esforzarse para lograr ver su rostro”, me decía Yaíma.

Entonces, Yaíma y yo imaginamos nuevos proyectos de billetes, pero el Banco se nos adelantó…
No discuto para nada los méritos de aquellos hombres cuyo recuerdo acompaña desde ahora el intercambio comercial en cash. Los tres son grandes héroes e intelectuales, que dieron su vida por Cuba.

Pero, ¿qué tal Mariana Grajales, mujer negra y madre de los Maceo? ¿Qué tal José Antonio Aponte, afrodescendiente e iniciador de las conspiraciones en 1810, las primeras que integraron a negros, mulatos y blancos en un proyecto popular de Cuba independiente? ¿Qué tal Dulce María Loynaz, que probablemente nunca tomó un arma en sus manos, pero que –siendo hija de un General de la guerra de 1895- fue poetisa notabilísima, Premio Cervantes, y que sobre todo mantuvo operando en su aristocrática casa la Academia Cubana de las Letras durante los dificilísimos primeros años de la controvertida política post-insurreccional?

¿Por qué no están en nuestros billetes los poetas José Lezama Lima y José María Heredia, este último también diputado en México, donde vivió, exiliado por las autoridades españolas, y escribió la primera Historia de América Latina de la que se tiene noticia?

¿O la negra Carlota, cuyo nombre llevó la operación del despliegue militar cubano en Angola?
¿O Lydia Cabrera, etnógrafa célebre, “co-descubridora” [¿se puede “descubrir” algo que siempre estuvo ahí?] de las mitologías cubanas afro-ancestrales, exiliada después de 1959 a Miami, donde murió?
¿O Severo Sarduy, también emigrante post-1959, poeta, ensayista, gay y partícipe en el post-estructuralismo francés?

En fin… son demasiados los nombres, y por otra parte soy partidario de que algún día el dinero deje de existir… Pero a pesar de esas nimiedades, hay un sesgo.

¿Acaso sólo hombres-blancos-guerreros hacen un país?

El Banco ha perdido una oportunidad formidable para reafirmar esa tan real pero ninguneada diversidad, que tanto se invoca desde los medios del mainstream en la Cuba de hoy.

Publicado originalmente en Havana Times

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