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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Hace no mucho, escribí yo una nota sobre la posibilidad alarmante de que a alguien le diera por aplicar la técnica de fracking en Cuba. En aquel momento, no sabía lo rápido que iban a aumentar mis preocupaciones.

La técnica de fracturación hidráulica o fracking, como es sabido, es un recurso técnico desarrollado para aumentar el rendimiento de los pozos de petróleo en declive. Desarrollada fundamentalmente en Estados Unidos, consiste en la inyección de una mezcla de agua con otras sustancias a alta presión en las profundidades del subsuelo. Así se empuja hacia fuera el petróleo que se niega a salir de la manera amable.

Los ambientalistas han señalado un montón de problemas alrededor de esta metodología. Causa contaminación en los acuíferos, consume altos volúmenes del preciado líquido y genera movimientos sísmicos por desajustes en las placas afectadas. Su aplicación en gran escala ha permitido, eso sí, el aumento temporal de la extracción de crudo y el abaratamiento del barril de petróleo. Algunos países de economía basada fundamentalmente en el petróleo, como Rusia y Venezuela, se las han visto muy mal con esta bajada. Los altos dignatarios de estos países han llegado a acusar esta técnica como una presunta agresión contra sus sistemas. Y esto ha sido gustosamente reflejado por nuestra prensa oficialista.

Como dije más arriba, a mí me dio por especular qué pasaría si un inversor extranjero le propusiera a CUPET, la empresa cubana del petróleo, aplicar el fracking. Y resulta que muy pronto aparece, en los medios de prensa, este reporte que casi confirma mi consternación. Ahora, en el campo de Boca de Jaruco aplican una técnica que, si no llega a ser fracking, es un pariente cercano.

El yacimiento de Boca de Jaruco es uno de los más avejentados del país. Nos explica la prensa que, recientemente, un equipo de rusos, chinos y cubanos ha perforado nuevos pozos e inyectado, en ellos, vapor de agua. El especialista Juan Benito Hernández Titán explica a los interesados que así disminuye la viscosidad del líquido combustible y este brota por las buenas o, en todo caso, lo sacan con más facilidad. El ingeniero Andrey Brebenov dice que el lugar es ideal para esta técnica.

Será que yo soy un total ignorante de este tema, pero me parece que esto es muy parecido al fracking. La principal diferencia es que se inyecta agua en estado gaseoso, no líquido. ¿Será suficiente esto para evitar la mayor parte de los inconvenientes del dichoso fracking? Por supuesto que no tengo idea.

Me imagino, eso sí, que no inyecten unos pocos litros de vapor. Debe ser una buena cantidad de metros cúbicos, a altas presiones, para que tenga algún efecto. Estamos hablando, por lo tanto, de unas cuantas toneladas de agua. ¿Esto no ocurre en detrimento de las necesidades de agua de otras personas? Luego ese vapor debe ser inyectado al subsuelo, varias veces al año, según el artículo. Me pregunto si eso no tendrá las mismas posibilidades de provocar un movimiento sísmico que la inyección del agua líquida. Boca de Jaruco se ubica a unos pocos kilómetros al este de la capital, La Habana, que es Patrimonio de la Humanidad y miembro del club de las nuevas siete maravillas del mundo. Si yo fuera Eusebio Leal, me preocuparía que un temblorcito de tierra me echara abajo dos o tres manzanas del centro histórico de La Habana Vieja, por esa gracia del fracking al vapor. Y si fuera uno de los residentes de una de esas manzanas de La Habana Vieja, me preocuparía más todavía. Tal vez no exista ese peligro, pero me gustaría que expertos honestos expusieran claramente las características del proceso, para formarme mi opinión. Y contrastar las opiniones de varias fuentes; no solamente una, propia del gobierno y los empresarios extranjeros interesados en la explotación del yacimiento.

Lo más irónico es que, para producir todo ese vapor, deben meter el agua en una caldera y calentarla con un gran fuego. Probablemente sea un fuego alimentado con petróleo. Quemar petróleo arriba para sacar petróleo de abajo, ¿no son geniales estos ingenieros?

La ciencia ha demostrado, finalmente, que si queremos frenar un poco el fenómeno del calentamiento global, se debe dejar bajo tierra, tranquilita, a la mayor parte de las reservas de petróleo que están allí, en vez de sacarlas para quemarlas. Cuando unos pozos están viejitos, si uno tiene una preocupación legítima por el medio ambiente, ¿qué tal si nos planteamos varias alternativas, además de la simplista de exprimirle hasta los últimos jugos de maneras poco sanas?

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