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Por Roberto Zurbano (10 de octubre, 2914)
Tomado del boletín Desde La Ceiba

A Antonio Torres, mi bisabuelo, primero cimarrón, luego mambí, finalmente enfermo y olvidado…
Para Georgina Herrera, que lo sufrió como una verdadera madre…

Ser negro y revolucionario en Cuba no es una identidad paradójica, sino un camino colectivo que se elige para, junto a otros condenados de la tierra, confinar todas las discriminaciones que nos impiden la plenitud como ciudadanos. ¡Ni siquiera es fácil escribirlo! El racismo es, en mi vida personal y social, un monstruo a quien le he declarado la guerra hace muchos años. Eso quiere decir que también le he declarado la guerra a algunas personas, ideas y espacios de la sociedad donde vivo, pues a pesar de una Revolución transformadora de la gran mayoría, el racismo en Cuba está regresando en las formas más burdas y novedosas, instalándose con desfachatada impunidad que urge desenmascarar.
Asumir este camino implica retos personales, históricos y políticos, pero sobretodo implica un reto hacia el futuro. No espero grandes resultados ni declaraciones, ni siquiera comprensión ni seguidores, pues con este tema ocurre igual que con los leprosos y los
tuberculosos: todos se lamentan, pero pocos ofrecen su mano y algunos ni siquiera piensan en la posibilidad de ser uno de ellos. Siempre alguien pregunta cómo ha llegado uno hasta aquí y creo que merece contarlo. Es como hacer un alto en el camino y mirar un poco atrás, para recordar cómo empezó todo y compartir las razones por las que me he involucrado en esta lucha con tanta pasión y conciencia. Para otros es un asunto puramente retorico o académico, pero no es mi caso. Soy un negro oscuro, provengo de una familia humilde cubano-jamaicana, cuyo apellido inglés quedó en el camino de la pobreza por allá, por los años veinte del siglo pasado. Recuerdo a mis tías paternas rechazar, aun ancianas, que les llamaran jamaiquinas, pues nunca perdieron el acento con que aprendieron el español entre gente que nunca supo hablarlo bien. Rechazados como negros, pobres y jamaiquinos llegó mi familia paterna hasta San Nicolás de Bari, al sur de La Habana y se asentaron en La Sabana, el barrio de los pobres, detrás de la línea del tren.

En pleno siglo XX el azúcar marcó la vida de mi familia: hombres y mujeres entregaban toda su energía a la zafra. Incluso, una tía abuela se hizo famosa, cocinando en el Central Esmeralda, Camagüey, para cientos de hombres, generalmente inmigrantes caribeños. Mi padre trabajó toda su vida en el ingenio Gómez Mena, actual Central Héctor Molina, y algún rincón del mismo me esperaba si la Revolución y la literatura no hubieran cambiado el destino del país y de mi familia. Tenía solo dos años cuando me fui a vivir con mi abuela, necesitada de compañía, pues el matrimonio de mis padres la había separado unos 10 km de mi madre y ella, anciana de 75 años, exigió un nieto de compañía. Me tocó a mí, el último de cinco hermanos. Tuve una infancia tremendamente feliz en aquel pueblito de Vegas, Nueva Paz, donde mi madre y hermanos iban a visitarnos cada mes.-15
Mi abuela Enriqueta era muy dulce, pero muy peleadora de sus derechos y de los míos. Me enseñó a boxear, a leer, a trepar árboles, a bañarme en el rio y a responder fuerte a los maestros y vecinos que me llamaban “el negrito Borroto”, apellido de un eminente medico negro que había en el pueblo. Al ser el primer niño de mi aula que aprendió a leer, alguien me puso ese apodo que me encabronaba bastante. Mi abuela encontró un versito medio obsceno para que yo respondiera el apodo y aquello duró poco, pues nadie quería escuchar una respuesta tan dura en boca de un niño ofendido. Cuando crecí y supe la historia del doctor Borroto me abochorné, pero la verdad es que me comparaban con él no solo por su capacidad intelectual, sino por su color bien oscuro. Fue mi primer acto antirracista.
Durante las vacaciones escolares, mi abuela y yo nos íbamos a San Nicolás; una experiencia encantadora, pero con demasiadas reglas: había horarios para bañarse, para dormir e incluso había que hacer tareas domésticas, como limpiar el patio; pero la más odiosa era ayudar a mi papá los domingos. Papa olía a raspadura, sus bigotes eran como alambritos muy dulces y sus manos eran negras hasta en las palmas, pues tenía otro trabajo fuera del ingenio: era limpiabotas, porque un solo salario no alcanzaba para mantener la familia. Mi hermana Mercedes no olvida que muchas de las guayaberas con que mi padre bailaba danzones cada fin de semana, fueron manchadas por la tinta que quedaba en las uñas de Papá.
Cada domingo había que levantarse temprano, desayunar y enfrentarse a cientos de zapatos de todos los colores que cubrían el patio y debían salir brillando de allí. Primero se le pasaba un paño húmedo para quitar el polvo, luego se le pasaba tinta, se esperaba que secara y se le hacia el primer cepillado. Entonces se le pasaba el betún, se secaba este y se le hacía el segundo cepillado que podía ser el definitivo, teniendo en cuenta la calidad de la piel y el tiempo de uso de cada par de zapatos. Los zapatos blancos solo eran tocados por mi padre y mi hermano mayor. Ambos velaban por que los demás hermanos, excepto mi única hermana, que no participaba en esta tarea,
cumpliéramos rigurosamente cada paso del proceso. Mi padre, desde cualquier distancia, sabía a cuál le faltaba cepillo o betún. Desde su niñez ser limpiabotas le permitió sobrevivir y mantener a sus hermanas; su propia vida estuvo siempre reflejada en el brillo de los zapatos ajenos, no tuvo tiempo de pulir su vida y nos enseñaba cada domingo lo que no quería para nuestro futuro.
Aquellas mañanas eran una especie de tortura para nosotros. El peor momento era entregar los zapatos limpios en casa de sus clientes. Y una vez me tocó a mí: en la puerta de la casa aparece un señor, le digo, “soy el hijo de Nenecito”, muestro los zapatos, digo el precio y escucho a la señora de la casa gritar que no estaban muy limpios, se los pido y veo que se había empañado el brillo de uno de los zapatos por venir muy pegados y saco un pañito de mi bolsillo trasero y froto el zapato dejándolo muy brilloso, tal y como me había ensenado mi papa, era tanto el brillo que vi reflejada la sonrisa de aquella señora blanca en el zapato antes de escucharle decir: “ustedes, los negros, no les gusta trabajar mucho, dile a tu papa que solo voy a pagar la mitad del precio”. No recuerdo cómo la miré, pero el esposo, me alcanzó a mitad de cuadra y me completó el pago. Solo supe que me habían humillado y que nunca más limpiaría ni llevaría un par de zapatos a ningún cliente. Fue una decisión temeraria que me costó golpizas y castigos todo aquel verano, pero me negué a soportar, otra vez, tal humillación. Aun no podía entender que ser negro no era una simple cuestión de color, sino algo mucho más complejo. Solo mi abuela entendía aquella ofensa y me apoyaba; pero el resto de la familia ni siquiera se sentía ofendida por el incidente, lo cual hizo más rebelde mi decisión. Pero aquel verano prendió en mí la chispa de una rebeldía que, aunque fuera muy difícil de encauzar en los años posteriores, me enseñó a decidir entre la humillación y la dignidad. Solo una parte de mi familia aprovechó las oportunidades abiertas por la Revolución para todos los cubanos. La escasa preparación de mi familia paterna no les permitió entender que estas posibilidades también eran para ellos. En el caso de mi familia materna tenían mejor formación y aprovecharon en un alto por ciento las posibilidades de estudio, superación profesional, acceso a mayores comodidades materiales, etc. Casi todos se hicieron profesionales de la salud, la educación, ingenieros, militares, etc. De esa manera se ha producido la movilidad de las familias negras cubanas durante medio siglo de Revolución, unas familias fueron más capaces o estuvieron mejor preparadas que otras para abrirse paso en aquel mundo de
oportunidades. Dependía del barrio, de la cohesión familiar, de la conciencia social y política que los proyectos familiares llegaron a alcanzar, de las aspiraciones y del entusiasmo con que abrazaban o no las nuevas tareas sociales y, también, de cómo la propia Revolución entendía tales necesidades y reciprocaba el esfuerzo de unos y otros. El proceso revolucionario tampoco tuvo la misma connotación en el campo que en la ciudad; ni todos los oprimidos pudieron entender la fuerza emancipatoria del proceso. Luego, la Revolución no solamente eliminó las causas de toda vulnerabilidad social, sino que trazó adecuadas estrategias emancipatorias para concientizar y mejorar sectores específicos como campesinos, mujeres y analfabetos. Sin embargo, para la población negra no se implementó una estrategia que tuviera en cuenta sus desventajas históricas. Esta carencia
estratégica provocó un atraso en esa parte de la población negra que no puedo cuantificar, pero sí constatar en lo que ocurrió con la mitad de mi familia. Aun así, buena parte de los negros y mestizos cubanos avanzaron mucho con el impulso de las medidas de la Revolución, pero siempre quedaría un grupo rezagado.
Cuando hablo de población negra me refiero no solo a mi propia familia, sino en primer lugar, a mi barrio y a mi pueblo, entonces de mayoría negra; pero también hablo de las personas de diversos matices y colores de piel, pelo, oreja, nariz y otras marcas identitarias que en Cuba y en casi todo el Caribe se clasifican en más de cuarenta tipos raciales como no blancos. Este exceso clasificatorio es resultado de la inferiorización y autoinferiorizacion ante el modelo racial blanco, que desde la colonia impuso la manera en que debemos vernos, teniendo como único punto de referencia los símbolos de éxito, visibilidad y movilidad sociales del grupo europeo que nos esclavizó y colonizó, y cuyos herederos han sabido reproducir su hegemonía y su privilegiado status. Aunque que no toda la población blanca comparte tales privilegios, lo cierto es que nuestra sociedad quedó
profundamente marcada por las diferencias raciales.
Hablo de razas porque el mundo las sigue pensando como una
clasificación bien instrumentalizada para la dominación. No pretendo otorgar valores a los negros, solo porque fueron esclavos; pero es imposible hablar con franqueza del presente sin tener en cuenta que hemos tenido una historia diferente y despreciada, donde la igualdad no ha sido un acto natural ni un regalo, sino una conquista histórica y cotidiana. Me reconozco como parte de esa historia marginada e inferiorizada y como parte de un proceso de emancipación que no ha terminado aún.
En una sociedad marcada por la atroz civilización no resulta fácil vivir y reconocerse como negro. Este proceso comienza desde nuestra niñez, cuando, lejos de casa, la hostilidad del inconsciente racista cubano se convierte en una fuerte corriente contra la que hay que nadar a diario. La escuela, la televisión, los chistes, los juegos y hasta los juguetes se vuelven contra uno. Es en la niñez que se funda una conciencia del grupo al cual se pertenece, algunos rasgos identitarios, como el color de la piel van a ser asumidos o rechazados por el grupo, o explicado desde sus orígenes. Pero en nuestras escuelas falta aun la explicación de nuestras diversas raíces, identificando con respeto cada una de ellas y haciendo que cada niño esté orgulloso de la suya y no como me sucedió a mí y a otros niños, que regresábamos a la casa llenos de dudas y de burlas al color de nuestra piel, a nuestros labios gruesos y al pelo enmarañado, además de compararnos con monos u otras ofensas que las maestras ni se molestaban en aclarar. Me estremezco al pensar en aquellos niños negros que llegaban de la escuela a su casa y no tenían una abuela tan orgullosa y desafiante como la mía, capaz de aclararme y hacerme feliz solo mostrándome algunas fotos, el diploma del Ejercito Libertador de mi bisabuelo y contando viejos chistes familiares.
Supe de África desde la niñez, pues mi familia guarda historias de antepasados esclavizados que legaron piedras, marcas cimarronas y patrimonio espiritual. Pero cuando más leí sobre África fue durante mis dos años de un tardío Servicio Militar, tenía casi 26 años, en agosto del 90, cuando me enviaron a una unidad de tanques como soldado de infantería: el infante es ese tipo de esclavo-soldado que corre detrás de los tanques, abre pozos tiradores y ejecuta las ordenes más absurdas. Entonces yo era vicepresidente de la Asociación Hermanos Saiz de escritores y artistas jóvenes en Provincia Habana, en ese momento la organización era vista como un nido de librepensadores o disidentes. Entonces, un par de hidéputas del Gobierno y del Comité Militar de mi pueblo, en componenda con otros de la Juventud Comunista de la provincia decidieron alejarme de mi labor organizativa como promotor de eventos culturales y representante de un numeroso grupo de jóvenes talentosos e irreverentes, con muchas ideas críticas y renovadoras sobre el campo cultural y la sociedad toda. La solución fue enviarme al Servicio Militar con 26 años y medio, a esa edad ya no se enviaba a nadie, pero lograron convencerme después de algunas amenazas de juicios, multas y cárcel.
Los primeros meses fueron frustrantes, pero luego aprendí ciertas reglas militares, solo para divertirme violándolas. Me satisface saber que enseñé a amar la lectura a decenas de jóvenes que, a todas horas, portaban un libro en el bolsillo del pantalón para leer en sus ratos de ocio. A ciertos oficiales les resultaba desafiante y a otros, curioso, por lo que aquellos libros fueron requisados más de una vez. Allí dejé una variada biblioteca y escribí dos libros premiados en sendos concursos de la antigua provincia Habana que jamás me publicaron. No olvido que las dos veces que me encerraron en el CEIS (Centro de Entretenimiento Intensivo del Soldado), pequeño calabozo de castigo, me sacaron a los tres días por razones diferentes. Primero: el entonces ministro de las FAR, Raúl Castro, anunciaba en mi Unidad de Tanques que, a causa del Periodo Especial, el tiempo del Servicio Militar se reducía de tres a dos años; a todos los castigados nos enviaron a nuestras respectivas unidades de origen a cubrir las guardias de los que terminaban. La otra oportunidad fue para presentar mi primer libro Elogio del lector en la Casa Central de las FAR, bien peladito y afeitado, vestido de uniforme, a los 27 años, edad con la que me sentía el Quintín Banderas de la tropa joven que me rodeaba. Cuando en Agosto del 1992 terminé mi castigo militar, era otra persona. No solo había perdido peso y pelo, sino que me habían salido mis primeras canas, había visto a dos muchachitos morir a escasos centímetros de mí y había descubierto una cueva de cimarrones en la loma de Managuaco que me sirvió de refugio, biblioteca y posada. Mis vivencias y lecturas allí me dieron una perspectiva diferente de la historia de mi país. Aprendí, en carne propia, que la historia puede repetirse cuando no se asume con toda conciencia. Desde entonces, no soporto la historiografía y la antropología “negrera” que se queda bordeando la historia sin tocar la dimensión del presente.
Descubrí dos tipos de África. Una antes y otra después del Servicio militar. La primera fue leyendo los libros de Cocuyo, extraordinaria colección editorial que, entre los años sesenta y setenta, publicó un verdadero boom de la narrativa contemporánea, haciendo un particular énfasis en grandes novelas, ensayos, poemarios y antologías del patrimonio intelectual africano. Fueron cientos de libros que no han vuelto a publicarse, generalmente eran primeras ediciones al español de autores como UsmanSemben, ChinuaAchebe, Amos Tutuola, A. La Guma y muchos más. Mi segundo descubrimiento fue el África contemporánea viva, y ocurrió recién salido del Servicio Militar. Me reincorporé a mi trabajo como asesor literario de la Casa de Cultura de San Nicolás de Bari y a través de un viejo amigo de la Asociación Hermanos Saiz, me vi de pronto en una singular reunión en casa del Embajador de Zaire. SimbadDombe era decano del cuerpo diplomático africano en Cuba, pertenecía a la misma tribu que Mobutu SeseSeko, pero criticaba sus excesos. Simbad había escrito un guion cinematográfico y ante el fracaso de la producción “independiente” de su película, abortada por el ICAIC, quiso convertirla en una novela. Ahí es donde mi amigo Víctor Gómez, quien colaboraba con la extinta Fundación Pablo Milanés, reclama mi experiencia de asesor literario. Para darle cuerpo aquella posible novela, no bastaba un redactor, sino alguien que fuera delineando personajes, rectificando los diálogos de los personajes nacidos para la pantalla y organizando la trama de modo que fluyera aquella historia en el papel.
Era una historia atractiva. Un cura africano investido como obispo, es envidiado por un colega europeo, destacado en África, que intenta seducirlo con su bella sobrina; súmele que el africano mezcla rituales de su religión originaria para sostenerse en la jerarquía católica. El libro crecía cada semana una veintena de páginas escrita a seis manos entre Simba, Víctor y yo. El pago era en especie, nada de plata. Así estuve más de un año trabajando cada fin de semana en los dos tomos de la novela, pero también leyendo, viendo documentales y películas africanas, discutiendo la bibliografía cubana de grandes africanistas que nunca pasaron por África, comiendo comida africana con picante, con raíces, con carne de animales exóticos que eran comprados en Panamá o Miami, y sobre todo, aprendiendo mucho sobre África, sus culturas, sus intelectuales, el proceso de descolonización, el panafricanismo y su relación con Cuba, más bien sus lazos invisibles que solo se hicieron públicos tras el fin de la guerra de Angola y del apartheid, pero tienen raíces más tempranas y profundas. Cuando acabó la novela, no terminó mi aprendizaje sobre el África contemporánea, sino que pude comprobar que la historia de Cuba no se articula coherentemente ni con la historia ni con el presente de ese continente tan diverso y significativo para el reconocimiento de lo que somos. No es solo la ausencia de África en los currículos escolares, ni la cantidad de bibliografía sobre ese continente ni nuestra fuerte presencia política allí, ni siquiera las frecuentes visitas de mandatarios africanos a Cuba y la considerable cantidad de embajadas de esos países en Cuba; sino que la desconexión es mucho mayor y nace con las formas mayoritariamente instrumentales con que se piensa África desde Cuba. La ausencia de sus músicas, su
cinematografía, su mundo artístico, científico e intelectual ha configurado la trampa colonial con que prejuiciarnos y alejarnos de África para acercarnos más a una España cada vez menos compleja y más cercana a la búsqueda de ascendientes afortunados y de un simple pasaporte. Así van cayendo la distorsión y la ignorancia sobre cualquier expresión de africanía. Soy consciente que la historia, y también la actualidad africanas, han sido demonizadas por ese pensamiento cubano que hegemoniza el discurso nacional desde una visión eurocéntrica, muy difícil de desmontar, donde los negros están condenados a la subalternidad permanente.
¿Quiénes son los “nuevos” racistas en Cuba?, me pregunté una vez y me respondí: “Suelen ser personas blancas, pero también mestizos –y en menor medida, negros- que asumen posiciones ideológicas y culturales marcadas por un núcleo eurocéntrico, prepotente y prejuicioso, privilegiado social o económicamente por algún tipo de poder o legitimaciones simbólicas del mismo”. Sin mencionar institución ni nombre propio recibí inmediatamente una andanada de insultos, malinterpretaciones y respuestas críticas, por aquel texto, llamadas telefónicas a casa, visitas intempestivas a mi oficina de compañeras de trabajo, profesoras universitarias, líderes negros, disidentes y amigos. El texto se titula “Cuba: Doce dificultades para enfrentar al neo racismo o doce razones para abrir el otro debate” y lo escribí para exorcizar el fantasma del 12, es decir, si en 1812 le arrancaron la cabeza a Aponte y en 1912 masacraban cerca de dos mil miembros del Partido Independiente de Color, qué nos esperaba en el 2012…? Fue un texto desgarrado y reflexivo al mismo tiempo, parido en dos noches de insomnio, con las referencias de FrantzFanon, Bertolt Brecht y Walterio Carbonell, donde uso por primera vez el concepto de neo-racismo (sin saber que ya era viejo, dentro y fuera de Cuba). También señalo y describo a nuestros racistas de hoy, pues, ¿qué sentido tiene seguir con las verdades a medias? A partir de ese texto, su impacto y su debate supe que debía estar preparado para identificar y desenmascarar –sin excusas y sin miedo- todo gesto y acción racistas y sus reacciones. Y también supe que no iba a ser tarea fácil ni aceptada.
Ya en mitad de los años noventa era difícil sostener una conversación coherente con Walterio Carbonell, comenzaban hacer estragos en su psiquis los años difíciles de su vida, cuando fuera castigado, confinado a rudos trabajos del campo, por lo que nuestras
conversaciones se llenaban de incomprensiones de ambas partes: muchas de las acusaciones de Walterio, paranoicas o no, eran injustas con las pocas personas que lo defendían y sus viejos proyectos de cambio dejaron de ser atractivos. También porque hablar de racismo es una de las conversaciones más incomodas que se puedan experimentar. Es conversar sobre un dolor y sobre un robo, es la tergiversación y la comercialización de ese dolor que no es solo histórico, sino que persiste y humilla a millones de personas, pero sobre todo a personas que uno conoce y ama. Muchos prefieren el silencio y mirar hacia otro lado: es una conversación evasiva, victimizada por ambas partes y, definitivamente, impolítica. Pero Walterio parecía burlarse de ese dolor, estar por encima de sus garras, de su condición de hombre subutilizado y olvidado en aquella Biblioteca.
Walterio Carbonell solía usar magistralmente la ironía en sus polémicas y en la conversación cotidiana; su criollo sentido del humor le salvó del dogma, del dolor y hasta de la muerte. Cuenta Ambrosio Fornet que en un trabajo voluntario durante los sesenta, fueron a un corte de caña y Walterio reposaba tranquilamente a la sombra de un árbol hasta que fue requerido por un dirigente, a quien respondió: “Como Ud. sabrá, ya mis antepasados cortaron toda la caña que le tocaba a ellos y a mí”, seguida de una de aquellas carcajadas pegajosas que yo puedo imaginar, porque las disfrute muchísimo. Sin embargo, tal sentido del humor no le salvó de un contexto corrosivo, carente de amistades y lleno de aquellos fantasmas vivientes que si no fueron sus enemigos políticos, por lo menos le pusieron más de una zancadilla para que su obra cayera en el descredito y en el silencio que tan bien conoció. (Continuará)

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