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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Hace poco más de diez años, la mayor parte de este país estaba convencida de vivir en un país socialista. Esta creencia se sustentaba en unos pocos pilares. Primero, que los medios de producción eran propiedad del Estado, de manera prácticamente total. Segundo, que cuanto poder pudiera concebirse, estaba en manos de la misma fuerza política, representada por el Partido Comunista. Y tercero, que esa fuerza política había hecho un trabajo muy exhaustivo para convencer, a esa mayoría, de que eso significaba el socialismo. En este empeño, aquella había sido ayudada concienzudamente por el polo contrario, dígase la oposición propia y la política imperialista estadounidense a la que esta última, mayormente, se acomodaba.

En el momento en que el entonces presidente Fidel Castro se retira, la Constitución del país llevaba una buena treintena de años, con pocos cambios. Se había proclamado en 1976 y el cambio más significativo habían sido algunas modernizaciones en la década de 1990. Una enmienda a principios del nuevo milenio estableció un absurdo concepto de supuesta intangibilidad de ese sistema proclamado socialista, pero este concepto estaba destinado a caer por su propio peso… como empezamos a ver desde hace cierto tiempo.

Ahora transcurre un período del que se hablará mucho en el futuro, que contiene un proceso del corte termidoriano más escandaloso. Podemos enmarcarlo entre la emisión de los famosos Lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, allá por el 2009; y la futura aparición del documento de la llamada Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista.

El aparato ideológico del Estado se resiste a reconocer las reformas del actual presidente como lo que son, y las llama eufemísticamente “actualización del modelo económico”. Una revelación del contenido de esa actualización, fue el cordial recibimiento al magnate azucarero de origen cubano, Alfonso Fanjul, por parte de funcionarios del gobierno de La Habana. Si los yanquis hubieran quitado el bloqueo, ya Fanjul hubiera recuperado bastantes derechos sobre sus antiguas propiedades de la industria azucarera, mediante las inversiones que la legislación cubana nuevamente permite. El Congreso estadounidense retrasa a Fanjul, mientras los brasileños ganan posiciones mediante Odebrecht, las inversiones en el puerto y zona franca del Mariel, entre otras. La apertura al gran capitalismo extranjero se complementó con aquella efectuada al pequeño y mediano capitalismo local. Ya se puede explotar fuerza de trabajo asalariada de manera privada –cuando antes era únicamente el Estado el autorizado a hacerlo.

Una parte no despreciable de la población fue entretenida, durante estos años, con maniobras de candilejas y golpes de efecto,
fundamentalmente alrededor de la liberalización de la compraventa de bienes apetecibles como teléfonos celulares, computadoras y
automóviles. A esto se le unió el reconocimiento de la libertad de viajar y el acceso a Internet… bajo condiciones previas muy solventes. El polo opositor había hecho muchas grandes tesis, que cosían estas prohibiciones al paquete del socialismo. El discurso oficial nunca pudo responder nada coherente –no había cómo– y, básicamente, esgrimía el manido pretexto de lo malo que eran los enemigos. Las liberalizaciones han tenido un doble efecto, entonces, a favor de las fuerzas reformistas en el gobierno cubano. Por una parte, se quitaron de arriba esas embarazosas manchas y, por otra, las ha usado como caramelitos para manipular la atención del público goloso.

¿Y qué utilidad acarrearía esta distracción? Desde que, hace ya un tiempo, la mayoría se convenció que era necesario cambiar el modelo estatista – el que monopolizaba el nombre de socialista– se comenzó a hablar de la necesidad de reformar, correspondientemente, la Constitución del país. Sin embargo, un proceso asambleario para tal fin resulta muy engorroso para una capa élite dominante.

En primer lugar, un proceso asambleario constituyente no se puede escamotear fácilmente de la observación, el debate y la crítica popular. Y, doblando el 2015, ya a los electores cubanos no se les puede representar con una imagen monolítica de pensamiento ni acción. Si se pretende que sea medianamente respetado, que reserve algún prestigio, implica la discusión de varios posibles proyectos de futuro, de visiones; requiere de la elección de delegados que representen de alguna manera a grupos de electores con maneras de pensar diversas.

Es cierto que todo esto es manejable y ha sido manejado por los aparatos totalitarios, ya sean los que se apoyan en poderes
monopartidistas o los del capital. Sin embargo, es más complicado que conducir un proceso de cambios detrás de las bambalinas, y presentar al público solamente productos parciales pero terminados, como las “únicas” alternativas posibles, pragmáticas y sustentables. Ea, aquí tienen estos Lineamientos. Ea, un Código de Trabajo. Una Ley de Inversiones. Si alguien quiere añadir un comentario que no altere la esencia de los proyectos, son capaces hasta de dejarlo pasar por una “Comisión de Estilo”. Paso a paso, se reforma así el escenario hacia las nuevas condiciones que acomoden a la clase dominante.

Este proceso, además, concede el tiempo necesario para la mutación definitiva y termidoriana del sistema cubano. En el imaginario popular, la idea estereotípica del socialismo enquistada tenía demasiadas cargas negativas de escaseces y precariedades, que sobrepasaban el efecto compensador de unas conquistas sociales que, de todas formas, se deterioraban. La batalla por las mentes parece haber sido ganada por la idea de que la felicidad está en el consumo sin frenos y, con esas reglas, simplemente, el capitalismo y el mercado no tienen rivales. La promesa de la abundancia barre con casi toda la resistencia de las conciencias al avance de las políticas de liberalización, aunque el avance de estas se lleve, de paso, un número de protecciones sociales antes establecidas. El problema de jugar aparentemente en el bando contrario, está en vías de solución para nuestros nuevos políticos y burgueses.

La mutación termidoriana de la clase dirigente nacional está en pleno desarrollo. Era inevitable, dada una serie de condiciones vigentes. La debilidad de concepciones ideológicas de la fuerza política, que se abrogaba aquí el nombre de comunista, fue expuesta por el mismísimo Fidel Castro, al soltar aquello de que fuera un error “creer que alguien sabía cómo se construye el socialismo”. Este motto fue recogido luego por varios ideólogos oficiales, como no podía ser menos: recuérdese el congreso de la UPEC. La falta de adherencia a una ideología proletaria; el divorcio respecto a las masas de
trabajadores; el acomodamiento material y la corrupción; explican a las mil maravillas la deriva y la traición de la clase dirigente a los propósitos de construcción de ese modelo diferente del capitalista, que rechace la explotación y las dominaciones de unas personas por parte de otras.

Y no es que uno sea un dogmático de las doctrinas fosilizadas de los Sagrados Camaradas del pasado. Bastantes chispas de molestia me han quemado en estos tiempos, con las lecturas de “los clásicos”, porque es verdad que tienen sus momentos pesados. Pero hay posiciones de principio bastante básicas que lo definen a uno, lo que uno defiende, lo que uno persigue. Por ejemplo, si se apoya al capital o al trabajador. Si se admite que lo más importante son las personas que pueden emplear al mercado, o si lo es el mercado al que se deben subordinar las personas. Si las decisiones que afectan a la comunidad deben ser tomadas por una élite (erigida mediante mecanismos políticos, o económicos, o de otra índole), o por consenso de la mayoría.

Si alguna fuerza política sinceramente cree en el socialismo, y cree que el mapa se le ha puesto borroso, tiene una metodología sencilla al alcance de su mano. Reconozca la raíz del problema, que no será otro que la pérdida del carácter de fuerza organizativa de una clase, la trabajadora. Regrese a sus orígenes, recupere el criterio y la identidad de clase. Rescate la dirección democrática, en base al criterio y aporte de todas las personas trabajadoras que la deben componer e impulsar, en condiciones de igualdad soberana en el Ágora de la República. Huelga decir que en la definición de clase
trabajadora, entran todos los trabajadores más manuales o más intelectuales, las personas ya retiradas y las que estudian.

Si se desconfía de la capacidad de la clase trabajadora para dirigir los asuntos públicos y se procura alguna clase de aristocracia, todo vuelve a caer al vacío. En última instancia, no hay una clase ni grupo social, limitado, en la nación, que pueda reclamar la posesión de más valores de ningún tipo, moral o de sabiduría, que la mayoría del pueblo. La experiencia de todo tipo de fuerzas supuestamente de vanguardias, envueltas en corrupciones y arribismos oportunistas, confirma esto. En última instancia, los tropiezos y errores los cometerán, sufrirán y corregirán las mismas personas, responsables de sus propias vidas y de la elaboración de ese sentido, como compañeros y compañeras que produzcan valores materiales y espirituales para sí y para el colectivo. Y no tendrán una mejor escuela para superarse y elevar esa cultura cívica, que el ejercicio de ese derecho de manera cotidiana. Tristemente, esa no es la opción puesta en práctica por nuestros dirigentes.

En estos tiempos, se ha podido ver cómo los medios de divulgación oficiales del Partido –que son todos los importantes en Cuba– apoyan a gobiernos capitalistas con etiquetas de “progresistas”. Cómo se regodean y apoyan a grandes monopolios, que libran conflictos con sus proletarios en los países de esos gobiernos. Cómo celebran políticas que no son otra cosa que Keynesianismo, o sea, reformas al
capitalismo, pequeñas redistribuciones de pizquitas de riquezas, para que dure más y más establemente que con el neoliberalismo puro y duro. Cómo se ignoran luchas y movimientos populares; conflictos sociales y ecológicos; tragedias humanas de gran magnitud, causadas por ese mismo régimen de explotación capitalista en países aliados; todo con tal de no herir las sensibilidades de las élites burguesas extranjeras afines a las nuestras.

Estos devaneos externos son una ilustración complementaria de la deriva interna hacia el mismo tipo de sistema. Uno que se base en el control de los medios de producción por dueños autorizados a administrar –explotar– fuerza de trabajo asalariada. Si los medios son pequeños o medianos, la relación capitalista será “normal”, con su dueño establecido arriba y los proletarios abajo. Si grande, el gobierno pretende que la propiedad seguirá una formalidad estatal. Si mantiene ese carácter u ocurre una piñata de privatizaciones entre ellos mismos, dará igual, porque mantendrán el carácter de
usufructuarios, administradores y cooptadores de los frutos del trabajo del pueblo.

A grandes y groseros rasgos, ese es el proceso que se desarrolla a partir de los Lineamientos, y tendrá como corolario la anunciada Conceptualización. Esto explica también la necesidad, para las élites, de posponer la redacción de la nueva Constitución. Les es preciso cimentar primero, completamente, la filosofía de que “no hay otra alternativa”, que el mismo gobierno a cargo de la misma élite, basado en resortes capitalistas y de la explotación del trabajo asalariado. Quizá se propongan sinceramente mantener ciertas conquistas, como esas matrices socialdemócratas de educación y salud, universales y gratuitas, pero no más que para aliviar y justificar formalmente su preeminencia eternizada. Está por ver si les resulta factible, porque la enseñanza del mundo capitalista y subdesarrollado, es que no lo son.

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