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Por Marianela González

Tomado de Cubacontemporanea

Si un periodista le demandara a Julio César Guanche: “en pocas líneas, cuáles son los aportes decisivos de Juan Valdés Paz a la historia intelectual de su país”, el joven intelectual respondería: “sus obras sobre la agricultura cubana y el sistema político revolucionario, al igual que su elaboración teórica sobre cómo la pequeña toalla utilizada por los negros y mulatos de su barrio para secarse el sudor es incomparablemente mejor que el pañuelo, y cómo ello constituye un aporte del pueblo de Pogollotti a la cultura nacional”. Así lo ha referido en su prólogo a El espacio y el límite. Ensayos sobre el sistema político cubano (Ruth Casa Editorial-ICIC Juan Marinello, 2009), la más completa recopilación de textos de Valdés Paz publicada hasta hoy en la Isla.

Él “hace en Cuba la función de un elegguá” –sigue Guanche– en un debate fundamental sobre el presente y el futuro de la nación: el Estado de Derecho en el socialismo. Para el jurado del Premio Nacional de Ciencias Sociales 2015, ha sido hora de que ese camino se abra. “Es la oportunidad de compartir mucho más mis opiniones”

Consciente de que, en materia de “cambios”, una cosa es lo que ocurre en los estratos dirigentes y otra lo que se produce en la población, el escalpelo de Valdés Paz ha pulsado varias de las zonas críticas de la historia de la Cuba posrevolucionaria con la mirada puesta en las luces que dicho ejercicio puede arrojar sobre las actuales:
“socialismo real”, procesos agrarios; esfera pública, civil e ideológico cultural; institucionalidad y sociedad civil; sistema político cubano y modelo económico; los debates sobre socialismo y mercado; la experiencia histórica de la Revolución; problemas de la América Latina y Centroamérica; el propio estado de las ciencias políticas en su país…

Un repaso profundo a su biografía lo descubre también, no obstante, como trabajador de tintorería y comercio, maestro, administrador de un ingenio, académico y docente. Investigador del Centro de Estudios sobre América hasta su cierre en 1971, y luego del Instituto de Historia de Cuba hasta 1999. Antes de jubilarse en el año 2000 ocupó cargos de dirección en la agricultura y luego pasó a engrosar la fecunda tradición de pensadores revolucionarios “por cuenta propia”. Desde una posición profundamente comprometida con su generación y las que le siguen, y con el proyecto social de la Revolución cubana, se le reconoce entre los heterodoxos activos del marxismo cubano.

De los menos “sonados”, diría yo –y por algo será. Pero profundamente estudiado y admirado por una más joven generación de pensadores críticos en la Isla.

“El Premio –dice a Cuba Contemporánea– ha sido una sorpresa, por un lado. Nunca es un honor lo suficientemente merecido. Uno piensa que hay colegas con suficientes méritos para ese reconocimiento. Por otro, es una satisfacción, pues con él se está reconociendo el trabajo de toda mi vida”.

Dicho esto, Valdés Paz sabe que “lo que resta es toda la parafernalia que acompaña los premios”, y sobre todo, “la oportunidad de compartir mucho más mis opiniones, propiciar los intercambios e incitar a un mayor conocimiento sobre lo que mi obra pueda aportar al campo de las ciencias sociales en Cuba”.

De la magnitud de ese aporte da cuenta esta conversación apurada, a solo horas de haberse conocido el fallo. Fuimos breves: él siempre lo es.

Recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales en un año que anuncia un punto de giro en la historia del país. Ante ese escenario, ¿cuál sería su “diagnóstico” sobre el estado de las ciencias sociales en Cuba? ¿Estarían lo suficientemente preparadas para asumir el acompañamiento crítico a los próximos años? ¿De qué modo articulan o no con el hacer político en el país?

–Mi apreciación es que tenemos un insuficiente desarrollo de las ciencias sociales en Cuba, en virtud de muchas circunstancias a lo largo de la historia del país y de la Revolución en general. Y es una situación que no hubiera sido del todo previsible, por cuanto la propuesta socialista concebía una conducción consciente de la sociedad y del desarrollo social, lo cual implicaba necesariamente el desarrollo de las ciencias sociales como insumo para la toma de decisiones que tienen que ver con ese desarrollo. De manera que lo primero es estar insatisfecho con el alcance y el rigor alcanzados.

Percibo que en las últimas décadas ha habido un mayor y acelerado desarrollo de las ciencias sociales, aunque por supuesto, eso llevaría un análisis por campo y especialidades. Para mi gusto, las ciencias políticas son las de un menor desarrollo relativo –diría, incluso, que mucho menor. Es un llamado de atención que querría hacer dentro de ese desarrollo y rigor problemáticos.

Por otra parte, no basta que haya un desarrollo de las ciencias sociales: también tienen que estar implementados en la sociedad los mecanismos para que sus resultados se conviertan en un conocimiento social, en un input de la toma de decisiones y los decisores, en un insumo de la construcción de la agenda social y política del país.

Hay muchas opiniones al respecto, pero llamo la atención sobre la necesidad del debate y el examen. Uno aprecia que, por unas u otras razones, que van desde limitaciones editoriales hasta su
categorización “para uso del servicio”, una gran cantidad de investigaciones y resultados de estudios de las ciencias sociales o sesiones de debate quedan engavetados en los centros de estudio y no recorren los canales sociales. Es decir, si hiciéramos una
representación cibernética de la sociedad, veríamos que hay grandes dificultades para que los mensajes provenientes de las ciencias sociales circulen.

¿Cuál sería el rol de una generación intelectual como la suya en ese “futuro”, y según su perspectiva, el de las generaciones más jóvenes, que están también activas?

–No soy muy propenso a facilitar la imagen de que hay generaciones angelicales. Cada una tiene sus desafíos y tiene que tratar de ver cómo los resuelve. Nunca la producción cultural e intelectual tiene, siguiendo a Allende, unas anchas alamedas para transitar. Siempre debe hacerlo con dificultades. En un caso como el nuestro, por razones relacionadas con el escenario histórico de la Revolución cubana, las condiciones de ese tránsito tienen que ver hasta con las políticas públicas en general y con las políticas para el sector de la cultura y de las ciencias sociales en particular: a veces estas políticas han favorecido este desarrollo, y otras lo han estorbado; y por debajo de las políticas, unos funcionarios pueden haber sido más proclives que otros a favorecerlo. E incluso, los propios científicos sociales pueden no haber sido capaces de persuadir a sus interlocutores sobre la necesidad de su trabajo y de socializar sus resultados. De modo que las condiciones en que el trabajo intelectual se produce es una responsabilidad compartida por todos los sectores.

Pero si hablamos de corte generacional, efectivamente, pertenezco a una generación que vivió, digamos, un período favorable a la heterodoxia de corrientes de pensamiento y debate en la esfera de la cultura y las ciencias sociales. Después atravesamos períodos más largamente ortodoxos y desde los 90 hemos vuelto a vivir un período crecientemente heterodoxo. Creo que estamos ahora en un momento histórico de mayor amplitud, debate, comprensión. La propia dirección del gobierno llama a la consulta, al debate, a criterios, aunque no todos los actores intermedios o intermediarios estén aplicando esas orientaciones. Por esa razón, siempre enfrentaremos dificultades.

¿Cómo valoraría o mediría las dimensiones del espacio público cubano ante un desafío como este, y junto con ello, el rol de la
institucionalidad que interviene en la configuración y los alcances de ese espacio público: es decir, en que los mensajes provenientes de las ciencias sociales “circulen”?

–Ahí tenemos un problema: no parece que todos entendamos lo mismo por espacio público. En ese aspecto, se manifiesta una insuficiencia de las ciencias sociales cubanas. Recientemente se han dado algunas actividades sobre espacio público y esfera pública, pero al no haber discutido en nuestros propios términos lo que ello significa, hay interpretaciones con distinto colorido: unas más liberales, otras más dogmáticas, otras más estatistas. Y no están claras tampoco todas las tendencias, relacionadas con que lo que sea que definamos como espacio público sea más abierto o constreñido.

Efectivamente, solo cuando entendiéramos y le diéramos un lugar en el espacio social y político al espacio público, estaríamos en
condiciones de discutir qué institucionalidad lo favorece y hace viable. Todo eso está en el terreno actual del examen y de los cambios. La institucionalidad que tenemos, obviamente estatista, centralizada, con excesivo peso de la burocracia, y lo que es peor, con una desviación tan grande de la norma institucional –digámoslo a lo bestia– no favorece al espacio público… cualquiera que sea su definición.

Me parece importante, no obstante, tomar nota de que todo lo que nosotros pospongamos examinar o debatir, se convierte en el cliché del “discurso enemigo”. Y eso vale para el tema espacio público, sociedad civil, democracia… de pronto, no los utilizamos lo suficientemente y comienza a aparecer como si fueran armas de la oposición
antisistémica.

Se nos acerca un escenario importante. No me refiero solo al externo, que se desata con el cambio de la política de los Estados Unidos hacia Cuba, el establecimiento de relaciones diplomáticas o de una “normalización” que quiero todavía poner entre comillas. Me refiero a los escenarios internos que se derivan de los procesos y las reformas en curso y que ya están anunciados: hay una comisión que propondrá un nuevo modelo económico; una que trabaja en la propuesta de –cito– “los conceptos fundamentales del socialismo cubano”, y otra que trabajaría en una eventual reforma constitucional.

Esos tres macrotemas, por sí solos, van a generar un profundo debate. Ahí sí creo que vamos a tener una batalla de ideas. Será un momento privilegiado para que los científicos sociales cubanos lo enriquezcan, y que las propuestas y posiciones de uno y otro grupo sean lo más fundamentadas posible.

Me parece que, vistos los desafíos, las ciencias sociales y el pensamiento crítico tienen un futuro garantizado en Cuba.

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