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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Cuando las mejillas se han endurecido de tantos bofetones, un golpe más pasa hasta inadvertido. La rabia y el dolor ya se generan, no por el hecho del nuevo golpe, sino por la impunidad, la desfachatez, el cinismo de los actuantes… y la pasividad de la víctima.

A finales del pasado mes de noviembre, se celebró y reseñó en nuestros medios de prensa oficiales la reunión correspondiente del Consejo de Ministros. La atención estuvo dirigida, mayormente, hacia las famosas cifras de crecimiento económico, que en este 2014 se queda en 1 y pico por ciento y para el año que viene, anuncian nuestros gurúes económicos, escalará hasta un 4 por ciento de crecimiento. No está muy claro cómo, no resulta muy convincente, porque ya han sido muchos los desengaños, pero nos vuelven a prometer que Eldorado está a la vuelta de la esquina.

Esto del crecimiento, como se ha percatado mucha gente, tiene varias caras. Una de las caras es que ahí caben globos, exageraciones y cuentos para engañar a los incautos. Otra cara, olvidada con mucho oportunismo, es que aún crecimientos sensibles del Producto Interno Bruto (PIB) no se reflejan necesariamente en la mejoría del bienestar económico de la clase trabajadora y las personas más desfavorecidas. Eso sí, le permiten a las élites económicas multiplicar sus peculios y ampliar las brechas que las separan de las clases inferiores. Una tercera cara es que, sin duda alguna, estos crecimientos sí reflejan el aumento de la depredación de los limitados recursos naturales que le quedan a este sufrido planeta.

Pero, por más acaloradamente que se pueda discutir este tema, no es lo que más me deprimió, o desesperó, o indignó. Pocas líneas más abajo, en el artículo idénticamente replicado por Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores, Cubadebate… hacen una mención, casi cándida, a la mayor estafa anti democrática e inconstitucional que se gesta en este país desde buen tiempo. Y pasa prácticamente inadvertida: así de embarcados estamos. Es un punto de la intervención del Zar de las Reformas, Marino Murillo. El material periodístico reseña,
literalmente, “se continúa trabajando en la propuesta de
Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista; y fueron aprobadas las Bases para la elaboración del Programa de Desarrollo Económico Social del país a largo plazo”. Eldorado, no solo está a la vuelta de la esquina, sino que el mapa lo elaboran ellos.

¿Lo pillan? Desde que comenzó este proceso de reformas del general en jefe Raúl Castro, comenzaron a percibirse los conflictos que prende, por sus discrepancias con el carácter democrático y liberador que debe garantizar el socialismo. Hemos sido parte del coro que ha criticado estas implementaciones verticalistas, con graves sesgos
antidemocráticos, y que violan flagrantemente hasta la Constitución, la Ley supuestamente suprema de la República. Hemos dejado patente esta situación varias veces, en ocasiones como el debate alrededor del nuevo Código de Trabajo.

La preocupación tiene un marco general evidente: se desmonta un sistema económico social, bueno, regular o malo; y se cocina otro. Y este cocinado se lleva a cabo tras bambalinas, por reducidos grupos y comités de supuestos expertos y tecnócratas, burócratas, militares y políticos que no rinden cuentas al pueblo, y cuyo nivel de vida tiene muy poco en común con el ciudadano promedio del país. Así, de vez en cuando, sacan un conejo nuevo del sombrero: aquí tienen, un paquete de Lineamientos; un nuevo Código de Trabajo; una Ley de Inversión Extranjera; un programa de desarrollo económico a largo plazo. A veces, el gobierno convoca un paripé de participación y se aceptan sugerencias, siempre que no alteren la esencia de lo que los autores originales estimaron conveniente. Están a punto de hacernos lo mismo con una Constitución nueva para el país.

¿Y la Constitución vieja, mientras tanto? No le queda otro papel que el de víctima de una violación tras otra, hasta alcanzar el hartazgo de los perpetradores. Y no se detendrán hasta contemplar la visión, ya definitivamente formada, de cómo quieren acomodar a la República para satisfacer sus intereses. De más está decir que ese proceso, ese estudio, no puede ocurrir a la vista del público, no puede reconocer al empoderamiento democrático de la ciudadanía que solo podría estorbar.

¿Qué contendrá la Conceptualización esa, del modelo económico y social del país, sino los fundamentos mismos del sistema que viviremos y sufriremos en este país? Justamente, esos conceptos vendrán para ser asumidos como un pilar rector, tal vez a través de un documento de trascendencia nacional, con el nombre de Constitución u otro semejante.

Este no constituye un episodio más, en el que un funcionario degenerado aplique su poder autoritario para medrar a costa de un número de personas. Ahí entrarán los qué y los cómo, las esperanzas, los trabajos, los sufrimientos y las alegrías, los dolores y los amores que en conjunto deberemos encarar. Esto termina con una Asamblea Constituyente y, vistas las circunstancias, la dichosa Conceptualización va a definir el contenido de la nueva Carta Magna. ¿Cómo puede una estrecha camarilla auto asignarse el papel de conciencia planificadora de todo lo trascendental en la vida futura de la nación? ¿Cómo se le puede escamotear de manera tan artera, derechos tan elementales a un pueblo?

Si una fuerza, dentro de la nación, estima necesario una
transformación radical, una renovación y redefinición de los paradigmas de toda la nación, solo tiene un camino responsable para proceder. Promover un proceso de esa magnitud, solo puede
convalidarse con la participación consciente y plena de toda la ciudadanía responsable de una nación. La esencia y la trascendencia de la transformación en ciernes deben ser conocidas y analizadas por cada persona preocupada e interesada en ofrecer su insustituible aporte. Después de aceptada la necesidad de tomar tal camino, cada paso debe obedecer a los estándares democráticos más exigentes. Las discusiones no pueden ser sino públicas, con la participación de todo el pueblo, de manera directa o a través de delegados que representen
rigurosamente la voluntad de sus representados. Quien se considere con la capacidad de desempeñar un papel de vanguardia, lo debe demostrar mediante el cumplimiento de valores cívicos, mediante la sensibilidad humana y la obediencia a la voluntad de las personas cuya confianza pretende ganar.

Y lo más irónico de todo, es que las élites gobernantes nuestras han reconocido que no tienen esas condiciones. En artículos de la mismísima prensa oficial, han reconocido la inoperancia de sus estructuras de organización de las masas, llámense sindicatos, organizaciones juveniles, etcétera. Que las mieles del poder y las opacidades burocráticas han favorecido la corrupción a los más altos niveles. Al fidelísimo Ubieta se le fue que en el Partido Comunista no están todas las buenas personas que pudieran, y que muchos de los que están, no son tan buenas personas (sic, que yo lo leí en una entrevista que él dio en La Calle del Medio). Y desde Fidel Castro para abajo, se ha repetido el motto de que “fue un error creer que alguien pudiera saber cómo construir el socialismo”. Vergüenza le debería dar a la fuerza política que se llame, a sí misma, comunista, y se confiese incapaz y sin herramientas de clase para la contienda ideológica. Fíjense en lo que se desprende de estas confesiones: reconocen que no saben dirigirse hacia el socialismo, pero sí hacia Eldorado. Por lo tanto, Eldorado está en otra parte.

Pues esas son las élites que, en el ejercicio de la más descarnada y autoritaria maniobra que han ejecutado nunca, cocinan ahora el dichoso plato de la Conceptualización. Como ya se ha apuntado, es casi igual de desesperante ver el poco interés de gran parte de la población en esos tejemanejes, en esas maniobras de trasfondo. Probablemente, perdida la fe, agotada la capacidad de entrega a una causa futura, muchas personas aspiran únicamente a resolver su problema individual. Probablemente, las experiencias vividas les hayan convencido que su opinión o su participación, no van a tener ninguna repercusión, tal que valga la pena el esfuerzo. Probablemente, no crean más en ese cuento de Eldorado; o les importe un pito el camino hacia este, porque ya se han convencido de seguir su propio camino. Probablemente, esta actitud forme una parte importante, más explícita o más disimulada, en el mapa que siguen las autoridades.

Esas autoridades, supongo, se deben concentrar en el Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en el Consejo de Estado, y zonas semejantes. Pues a esas autoridades se les debe plantear, de inmediato, las siguientes exigencias, con la urgencia más perentoria:

1- Explicar detalladamente cómo llegaron a la decisión de definir la llamada Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista, qué necesidad apreciaron de realizar este proceso y el orden que siguen en su proceso de reformas.

2- Que se revele la composición de las comisiones que han realizado hasta ahora las labores correspondientes con estos procesos. Que dichas comisiones pongan a disposición de todos los interesados, la información recopilada y los análisis realizados sobre ella, así como cualquier otro resultado de ese trabajo alcanzado hasta ahora.

3- Que se respete un proceso de consulta popular, democrático y representativo de toda la ciudadanía con el objetivo, en primer lugar, de si resulta oportuno este proceso –que no es otra cosa que el prólogo para establecer, en una nueva Constitución, los principios y aspiraciones que regirán a nuestra nación–; en segundo lugar, el proceso asambleario de redacción de la Constitución en sí mismo.

Esos serían unos principios básicos, que serían fácil base para un consenso colectivo. Tilín menos que eso, y nada de lo que se produzca allá en las alturas del gobierno podrá resultar convincente y, mucho menos, legítimo. Esos mapas secretos hacia Eldorado no se pueden tolerar en un sistema republicano. Mucho menos, en un estado diz que socialista, a espaldas de la clase trabajadora que se supone que lo construye.

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