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Por Dmitri Prieto Samsonov

La guillotina no tenía filo. Por eso, para cortar las cabezas había que usar una tijera.

Como es muy difícil que alguien se deje así como así cortar su cabeza con una tijera, nos enseñaron una técnica.

Había que agarrar a la rata por la cola, y empezar a darle vueltas para que su cuerpo girara al estilo de una honda.

Cuando la velocidad de las vueltas de la rata era suficiente, se hacía impactar su cabeza contra el borde de la mesa de laboratorio.
La rata quedaba sin conocimiento, y entonces era posible cortarle la cabeza.

Con la misma tijera, se levantaba la tapa del cráneo, y se sacaba el cerebro.

De éste, se extraía cuidadosamente una porción (el striatum) y se sometía a un complejo proceso para estudiar sus componentes
bioquímicos.

Esto sucedía en un centro de investigación donde hice mis prácticas al terminar segundo año de la carrera.

Pensando hoy en aquel suplicio, no consigo entender cómo no salí huyendo –bajo alegato de principios éticos…- e incluso cómo hasta logré enamorarme de una bella muchacha en medio de un lugar que para parte de la vida que convivía ahí era sede del dolor.

La rata de laboratorio es un animal bello. Hay que verlas,
observarlas… Y, acaso, ¿existen los animales feos?

Después de aquella experiencia trabajé 6 años en otro laboratorio de avanzada. Fue haciendo experimentos de transgénesis en plantas. Por lo que aquí describo, siempre me ha gustado más investigar plantas que animales. Porque la mayoría de las veces, en la investigación biológica los animales sufren. En plantas, al menos, no se tiene noticia de tal detalle.

Pero también ahí había un problema.

En nuestros experimentos, utilizábamos anticuerpos.

Los anticuerpos se levantan en conejos y ratones, principalmente.

Para eso, se les inyecta un preparado, y después se les saca sangre.

Probablemente mientras levantan los anticuerpos, sufren de fiebre: es la reacción más normal de un organismo al desafío inmunitario.

Pero lo peor no era eso. Lo peor es el modo en que a los ratones se les saca la sangre.

Eso no lo veíamos; ocurría lejos de nosotros. Nuestro trabajo era llevar las órdenes y los tubos de ensayo al personal del bioterio, y ahí hacían todo el trabajo con animales. Después, los tubos eran devueltos.

Una vez un tubo eppendorf lleno de sangre de ratón vino con un ojo de ratón dentro.
Recuerdo la armonía de aquellos mis primeros resultados científicos: un grupo de curvas en el gráfico iban ascendiendo al cielo casi exponencialmente, mientras los valores de los controles permanecían pegados al suelo.

Impresionante. ¡Bello!… Con eso salió hasta una patente, y otra persona hizo su tesis de PhD.
Ahora lo recuerdo, y no dejo de pensar en los ratones cuya sangre se usó para calcular la dichosa curva.

¿Cuántas veces en nuestras vidas nuestros éxitos y alegrías se sustentan en el dolor de otros seres, que permanecen en lo oculto?

¿Cuántas veces en nuestras vidas apartamos miradas y pensamientos de esos seres, justificando nuestra limpieza, nuestra pureza, nuestra justicia y amor por el bien, mientras ponemos los procesos que nos desagradan (pero que bien sabemos que existen) en lugares no tan lejanos, pero virtualmente invisibilizados?

¿Cuántos seres no-humanos, pero humanos también, sostienen con sus historias de dolor las bondades de quienes vivimos/viven cómodamente y bien?

Bioterios, cárceles, maquilas, campos de entrenamiento, estaciones policiales, “países en desarrollo”… total, son seres que o bien “merecen lo que les pasa”, o que “no tienen ni siquiera la capacidad instalada para merecer algo”… o simplemente, seres que no nos importan, aunque nos guste pensar lo contrario.

¿Hay alguien en el mundo que tenga derecho a sonreír?

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