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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno
“La guerra, preparada por los gobiernos y los partidos burgueses de todos los países, se ha desencadenado”. Así comienza el texto de Vladimir Ilich Lenin dell año 1914, La guerra y la socialdemocracia rusa, del que voy a hacer uso y abuso en la presente diatriba.

Le veo una importancia estratégica a desentrañar bien las
interioridades de las políticas que se mueven por sobre nuestras cabezas, semejantes a los cometas que andan engullendo mundos. En estos estudios, se torna invaluable la experiencia de los que –como Lenin– vivieron situaciones parecidas a las nuestras de hoy, y las desmenuzaron con sus implacables análisis, ejemplarmente marxistas y con el más fuerte sentido de clase proletaria como antorcha y brújula.

La situación de 1914, cuando se inicia aquella primera conflagración mundial, se parece bastante a la de hoy. Los países capitalistas, divididos en bloques, compiten desde mucho antes por el dominio geopolítico. El zarismo imperialista ruso, en uno de esos polos, enfrentó en su momento a un bloque de naciones europeas altamente desarrolladas.

El partido de los comunistas rusos se conocía como socialdemocracia. ¿Qué postura considera Lenin como la única digna para los
socialdemócratas, en los momentos que el gobierno de su propio país invoca la defensa de “la madrecita Rusia”, e intenta monopolizar el patriotismo y la fidelidad de los ciudadanos súbditos?

Ante todo, declaró, le incumbe “el deber de poner al descubierto el verdadero significado de la guerra y denunciar implacablemente la mentira, los sofismas y las frases `patrióticas´ propagadas por las clases dominantes, terratenientes y burguesía en defensa de la guerra.

Bien fuerte ¿verdad? sobre todo porque Lenin mismo era ciudadano de aquel país. Se podía ganar los epítetos de traidor, y hasta un consejo de guerra. Ah, pero ya los sectores más avanzados de la clase obrera revolucionaria mundial habían asumido el descubrimiento, el hecho científico, de que la burguesía explotadora es internacional –hoy diríamos globalizada– y, en todas las naciones, comparte la misma naturaleza y el mismo objetivo de la explotación de los trabajadores. Igualmente, comprendían que la situación de sumisión de la clase obrera; su aparente y único destino de renunciar en el altar de los amos a su sudor, vidas y esperanzas, es una desgracia que atraviesa fronteras, climas y latitudes; de una manera únicamente comparable con la grandeza común de su capacidad creadora y solidaria.

Como se puede imginar, a Lenin no le costó trabajo desmontar la demagogia y la hipocresía de las oligarquías de los dos bandos opuestos en la guerra. Los cabecillas de uno y otro lado derrochaban discursos “civilizadores”, y de valores patrios, de libertad y cultura contra el despotismo y el militarismo del contrario. Sin embargo, los fines de todos esos cabecillas no podían ser más mezquinos y egoístas, dispuestos a dar cualquier cantidad de la sangre de los pueblos con tal de beneficiarse del saqueo y la conquista.

Frente a la ferocidad con que la censura y la propaganda se empleaban para dividir a los trabajadores de esos países y lanzarlos unos contra otros, Lenin resaltó el imperioso deber del proletariado consciente de salvaguardar su cohesión de clase y su internacionalismo. Se tornaba imperativo que las convicciones socialistas encararan el desenfreno chovinista de la camarilla “patriótica” burguesa de todos los países. De lo contrario, ya podían renunciar a toda aspiración emancipadora, democrática y socialista.

La principal derrota para la clase trabajadora, en aquella época, la constituyó la actitud, que Lenin tachó de oportunista y traidora, de los partidos de la Internacional Socialista que renunciaron a la consciencia de clase para ponerse a los pies de los gobiernos burgueses locales y apoyar a su bando en la guerra imperialista. Lo mismo de un lado que del otro. A Lenin no le tembló la pluma para escribir que lo que más le convendría, al proletariado ruso, sería una completa derrota de las fuerzas militares de la oligarquía de su país, del ejército del Zar; puesto que esto facilitaría la tarea de una insurrección revolucionaria y la instauración del socialismo.

Sería bueno que esos periodistas oficialistas nuestros, que se las dan de socialistas, leyeran un poquito a los clásicos. A la luz de una conciencia de clase trabajadora, no hay huecos para justificar la alineación con ninguno de los bandos imperialistas en las pugnas por el dominio mundial, ni entonces ni ahora.

Un pequeño porcentaje de los ciudadanos rusos se ha vuelto rico o muy rico, multimillonario. Poseen cuentas bancarias e inversiones por todo el Occidente, donde pasan sus vacaciones y hasta residen, en mansiones y palacios, con excelente acogida entre las élites locales. Así se demuestra, una vez más, que los capitalistas no tienen una patria más real que el espacio trasnacional del dinero y la ganancia.

La oligarquía rusa contemporánea, en su enfrentamiento con la OTAN, no persigue un fin diferente al que perseguían los nobles boyardos, terratenientes, acaudalados aliados del zarismo de antaño. Las escaramuzas diplomáticas, comerciales y hasta militares que emprende en su oposición a Occidente, no persiguen mejorar las condiciones de vida del pueblo trabajador, ni sus libertades y derechos, sino asegurarse la satisfacción de sus infinitas ambiciones mediante la continuidad del dominio de los recursos en aquella parte del mundo. Y si es posible, ampliarlos. Esa, y no otra, es la motivación de su actual invasión al territorio de la vecina república de Ucrania. Esto también se cumple con absoluta simetría, por supuesto, dentro del otro bando.

El verdadero valor que la oligarquía rusa concede a los derechos y las libertades de los pueblos, se puede apreciar en lugares como la república de Chechenia, que aspiró a ser independiente. Los
bombardeos, desplazamientos forzosos, las masacres de todo tipo cometidas allí no tienen nada que envidiarle a la actuación de los estadounidenses en Vietnam. Ah, con la diferencia de que en Chechenia el ocupante sí logó imponer su fuerza.

A esta élite rusa no le importará enviar a la guerra, una vez más, a los trajinados de uniforme, a la carne de cañón en la que nunca figurarán los hijos de los grandes burgueses. Como mismo no le importará a los pejes gordos de la OTAN. Unas y otras cúpulas calcularán, desde sus suntuosas y bien guarnecidas residencias, el balance de ganancias y pérdidas de los conflictos. Cuando este reporte más de las últimas que de las primeras, se reunirán en algún palacio en Davos u otro lugar afín, para hablar de su amor por la paz y de la necesidad de poner fin al derramamiento de sangre que provocaron con sus ambiciones.

Entrar en relaciones con uno u otro grupo de países es potestad soberana de cada nación, por supuesto, y se debe atender a los intereses propios en instancia no secundaria. Bien es cierto que el gobierno ruso nos condonó una huelga de una tonga de pesos, que no la brinca ni el abuelo de todos los chivos. Pero valdría la pena recordar que las riquezas que consumimos, para acumular esa deuda, la creó la clase trabajadora soviética; no los políticos de cuello y corbata que hoy dicen representar la nación mientras la expolian todo lo que pueden.

En esa vena, no debemos olvidar que los dirigentes rusos ya nos han utilizado como peón de cambio en la arena geopolítica, por lo menos tres veces: para resolver la crisis de octubre; cuando renunciaron a defender algún tipo de política internacionalista al desmoronarse la Unión Soviética y cuando recogieron los bártulos de la base de Lourdes. ¿Quién puede dudar que nos vayan a dar la espalda nuevamente cuando les convenga más a ellos, y nosotros quedemos en la peor situación? ¿Qué tipo de lealtad les debemos? Nuestra hermandad, nuestra fraternidad como socialistas, debe ser con la clase
trabajadora rusa, china, latinoamericana; con las personas
trabajadoras en el seno de cualquier nación de Asia, África, Norteamérica y Europa –y también de las naciones que componen la OTAN. En esa clase trabajadora encontrará nuestro pueblo la verdadera y legítima solidaridad.

Que nuestro gobierno y sus heraldos apoyen incondicionalmente la actuación del régimen de Putin, deja muy mal paradas a sus
pretensiones de defender algún tipo de ideales socialistas. Tal actitud constituye un oportunismo y una traición imperdonable a la clase obrera, la que sufre de la explotación de esa oligarquía chovinista y militarista; la que pondrá los muertos de la guerra sin recibir ningún beneficio excepto el recrudecimiento de la explotación y los recortes de sus derechos civiles y personales con el pretexto de las situaciones de emergencia creadas. No lo dirá solamente este impertinente, sino otro nacido en 1870; en un poblado llamado entonces Simbirsk y después Ulyanovsk, si es que la burguesía de su país no lo ha rebautizado nuevamente, por razones de mala conciencia.

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