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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Los fenómenos apenas esbozados al final de la parte anterior de esta entrega son los que consolidan la mentalidad de que la persona triunfadora es aquella que se eleva en poder económico y de consumo por sobre sus semejantes, sin importar mucho los medios empleados para llegar allí. Estos mismos fenómenos –a los que habría que oponerse– constituyen los más draconianos obstáculos al florecimiento de valores propios de una sociedad en sus antípodas. Como manifestaciones de capitalismo que son, fomentan la enajenación social; el consumismo como medio de intentar escapar de la frustración que representa permanecer del lado estrecho del embudo; la naturalidad del presumir los más altos estatus de consumo, de fama mediática, etcétera, como medio de una deseable ascensión social. Estos (anti)valores son funcionales a ese tipo de sistema, y se retroalimentan con él.

Las personas cuyas profesiones se asocian con el mayor valor humano, como la medicina o el magisterio, en este tipo de sociedad quedan sujetas a los mismos condicionantes que todas las demás. Tendrán una trascendencia y se harán de una valoración en la medida en que respondan al criterio de éxito predominante, que requiere alto poder adquisitivo en el mercado para satisfacer sus necesidades materiales, recreativas, espirituales, etcétera. No vivirán, pobrecitas, en una campana de cristal, protegidos del resto del mundo profano. Su capacidad para potenciar conductas, éticas y estéticas progresistas quedará muy limitada por el reducido reconocimiento de estas corrientes.

Es fácil para los intelectuales oficialistas acomodados llamar a la paciencia y a esperar que, con el éxito de la política económica del gobierno, mejore la situación hasta que estas personas puedan recibir una recompensa material y espiritual proporcional a su sacrificio y, mientras tanto, seguir con la inmolación. Estas tesis se desmoronan, como era de esperar, tanto en el choque con la realidad inmediata cubana como frente al análisis crítico basado en la ciencia y la historia de esta civilización.

Cada año, se repiten las comparecencias de los políticos, del presidente para abajo, que reconocen resultados desesperantemente pobres de la gestión económica; cada escena de estas repite el guión de la anterior, como para terminar de convencer hasta al más optimista de los Cándidos de que el alivio no está cerca. Y a continuación, aparecen nuevas medidas a favor del mercado, soluciones para darle más espacio al capital pequeño, mediano y grande, de adentro y de afuera. Pero es sobradamente sabido que las soluciones que capital y mercado ofrecen, pueden hacer crecer en última instancia a la macroeconomía; pueden permitir a una élite social prosperar, pero no sostienen ni hacen progresar sistemas universales prósperos de servicios sociales básicos como educación y salud. El gobierno nunca se atreverá a responder cuestiones como esta: ¿cuántos centros educativos se han cerrado ya en todo el país, en nombre de las famosas políticas de racionalización y ahorro? ¿Cuántos centros de salud? ¿Qué pasó con los programas de trabajadores sociales?, entre tantas otras que se pueden plantear.

¿Qué puede concluirse, además, de la observación de sociedades mucho más desarrolladas que la nuestra en eso de sostener una economía “próspera y sustentable” de acuerdo a criterios técnicos característicos del mercado y el capital? Que ni siquiera en estas se puede elevar mucho la pujanza de servicios sociales universales y al alcance de todos, ni mucho menos, la prosperidad y el prestigio y, por lo tanto, el papel de paradigma de quienes trabajan y se dedican a estos sectores de sacrificio y entrega humana. Los ejemplos de huelgas y protestas de personal médico y educativo, por bajos salarios, malas condiciones de trabajo, etcétera, se suceden en el sector público (el que está al alcance de los menos favorecidos en esas sociedades) de muchos de estos países que son mucho más “prósperos y sustentables” que nosotros, de acuerdo a esos criterios tecnocráticos y economicistas. La privatización y mercantilización de estos sectores es el precio de la “prosperidad sustentable”, con alguna que otra excepción en Finlandia o Noruega. Ups, se me olvidaba, Noruega ha pasado a ser un mal ejemplo, “otanista” según el criterio de Sánchez, así que tal vez solo Finlandia.

Independientemente de que es posible gestionar más inteligentemente una cantidad limitada de recursos, el impacto inmediato, y duradero y a largo plazo, es el sentimiento de abandono y traición que el ciudadano siente por parte del Estado. La moraleja que se establece, es que lo que perdurará será aquello relacionado con la ganancia, a nivel individual, lo que cada cual sea capaz de “luchar”, en lugar de todo aquello que implique esfuerzos en pro de bienestares colectivos. La justificación de las autoridades y las promesas que hacen son las mismas que nos acostumbramos a repudiar cuando se producen en regiones tradicionales del neoliberalismo.

Existe una salida socialista en este laberinto, pero requiere de un valor y una voluntad revolucionaria, ausente del poder local. Se trataría de democratizar todo este tipo de decisión y gestión económica nacional. Requeriría de transparencia presupuestaria y administración colectiva, donde todas las voces tengan iguales derechos y cada ciudadano tenga potestades republicanas y un voto para decidir los sacrificios a asumir; los proyectos a consumar; las leyes para dirigir todo el proceso y la manera de redistribuir lo disponible. Incluso en condiciones materiales poco prometedoras, la unidad de las personas en pro del tantas veces aplazado futuro luminoso, podrá surgir una vez que se sepan capacitadas e igualmente empoderadas para trabajar por él. Como no va a surgir nunca esta unidad, tan esencial para el cultivo de una cultura de convivencia progresista, es en un escenario donde las empresas e instituciones del Estado –que son aún la mayor fuerza del país– constituyan bloques monopólicos, más concentrados en defender sus egoístas pedacitos que en reconocerle derechos a los endebles ciudadanos/consumidores. Y encima, generando nuevas leyes que refuerzan sus posiciones, por más impopulares que resulten y más aprieten a las personas con iniciativas desde sus propios esfuerzos y comunidades. Las prohibiciones sobre las salas de cine 3D, las jugarretas de las telecomunicaciones con ETECSA y sus precios, las regulaciones aduanales y muchas otras, dan fe de lo que referimos.

Sin el cabal análisis y comprensión de la sociedad que se consolida en este país, la discusión sobre valores, principios y cultura es un ejercicio estéril. Y la que se consolida, repítase y entiéndase bien, es una sociedad basada en relaciones de explotación; una donde la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de las personas se produce de manera proporcional al poder adquisitivo de esta persona frente al mercado, o de ciertos prebendas otorgadas por el poder político. Los productos artísticos y culturales que son connaturales en este ambiente, típicamente reducen las relaciones amorosas a la reducción del otro a un objeto sexual para la satisfacción de las fantasías del protagonista, o la novela rosa donde una persona pobre asciende merced a un éxito en negocios o en su carrera personal o, más frecuentemente, merced a una relación sentimental con una persona rica. Este tipo de producción cultural y espiritual es el más apto para el consumo económico de las masas y, a la vez, las mantiene predispuestas favorablemente para la continuidad de todo el sistema. Es el que naturalmente se reproduce en el cine y la televisión de los países “normales”; es el mismo que viene en el “paquete” que tanto molesta a Jorge Ángel Hernández; y es el mismo que se reproduce acá, sin muchos escrúpulos, en nuestros mismos centros culturales, emisoras de radio y televisión, sin que nadie se escandalice porque, al final, responden a una realidad de reproducción material que es a la que parece resignada y hasta termina despertando el entusiasmo en nuestra sociedad.

Estos productos, que tanto molestan a nuestros filósofos idealistas, son entonces el fruto que produce el olmo, ese árbol donde no crecen las peras. Uno esperaría verlos molestos con el olmo y atacarlo desde la raíz y el tronco, o por lo menos sembrar otros árboles distintos, en vez de elevar protestas esperando las nunca producidas peras. Las historias y los triunfos de colectivos de personas solidarias; el reflejo artístico del avance de la cooperación y la felicidad del desprendimiento; del crecimiento de las personas en base a la integridad del carácter; las contradicciones de una posible historia amorosa entre personas embebidas de los principios de un ambiente de igualdad social, son frutas de esos otros árboles.

Para cuestionarse el auge y combatir los (anti)valores, hay que combatir los elementos funcionales que los engendran. No basta con bonitas declaraciones sobre lo hermoso de la gracia y la misericordia en el plano de lo abstracto, que no combaten los problemas de raíz y, por lo tanto, les dejan libre el paso. Habrá que ponerse del lado, definitivamente, de las fuerzas por la autogestión obrera, por el control de los trabajadores sobre los medios de producción y de política del estado. Sin embargo, la autogestión y el control obrero se rechazaron ya desde los años de la década de 1960 porque los trabajadores “no estaban maduros” para ello. La plena y real democracia socialista, que consistiría en la administración política pública y en igualdad de toda la ciudadanía, tampoco está en los planes de quienes prefieren mantener la hegemonía de una autoproclamada vanguardia ilustrada sobre el vulgo al que le corresponde trabajar, aguantar y ser disciplinado. Y encima, le arrojan el escarnio de que el igualitarismo ahora se ha vuelto malo, y hay que aprender que las crecientes diferencias sociales son buenas. Habrá que ver cuáles, entre las diferentes posiciones en discusión, son más favorables al progreso de esos valores tan hermosos del ser sobre el tener, del aportar sobre el apoderarse, de la felicidad de ofrecer al prójimo aquello que esperamos aporte a la felicidad de todos como seres humanos.

Habría que preguntarse cómo personas aparentemente tan ilustradas como los filósofos oficialistas cubanos de hoy caen en los sofismas de ensalzar cultura y espiritualidad “socialistas” sin la correspondiente concreción de realidades revolucionarias. Tristemente, numerosos ejemplos históricos ofrecen posibles explicaciones. Esta derivación al idealismo filosófico, este abandono de la filosofía marxista, ha constituido sistemáticamente una introducción al abandono definitivo y la traición de las posiciones socialistas previamente proclamadas. El desdén por el papel de las relaciones de clase, el de las fuerzas productivas y de los conflictos que emergen de las relaciones de producción en el origen y desarrollo de los valores espirituales de las sociedades, es sucedido por el posicionamiento abierto del lado del capital, y en contra de las clases trabajadoras. El vocero estoico e idealista termina maldiciendo a la plebe ignorante, por ser de baja estofa, malagradecida, e incapaz de apreciar que el verdadero paraíso –el que les toca– no está en las mansiones y yates de los ricos sino en ciertos tipos de humildad, resignación y trabajo duro en las empresas de los patrones. Mientras el momento de la mutación final se acerca, la prédica del humanismo superficial les permite mantener un lustre “progre”, al tiempo que una prédica agradable a los oídos del poder que los mima, mientras se sirve de ellos para terminar de instalar el capitalismo en nuestra sufrida tierra.

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