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Por Rogelio M. Díaz Moreno

En los últimos años se ha podido presenciar este fenómeno al que me quiero referir. Incluso quienes carezcan de autoridad en materias filológicas y no sean, como yo, más que aprendices de marxistas, pueden notar la aberración. En los medios públicos, el discurso político oficial, medios de prensa y televisión, y en los espacios de los pensadores oficialistas como blogs o columnas de los tabloides circulantes, predomina un lenguaje que tiene poco que ver con una concepción revolucionaria marxista.

Este panorama se evidencia mejor, en aquellas discusiones y arengas que pretenden reflexionar sobre los temas de valores sociales y culturales, modos de vida y de consumo, relaciones sociales y demás dentro de esos géneros. Dicho de una manera intencionalmente simplificada, con este tipo de discursos los exégetas del establishment están muy dedicados a dominar los espacios de reproducción cultural, espiritual, y de convivencia social, o sea, los que lubrican la continuidad de la reproducción material del sistema.

Cualquiera que haya seguido, por ejemplo, las crónicas de Enrique Ubieta en su publicación de La calle del medio –también concentradas en sus libros como el reciente Ser, tener, parecer– puede apreciar cómo estos filósofos son animados por un intenso fervor. Este sentimiento los conduce a encendidos discursos contra algunas manifestaciones de consumismo; contra ciertas presentaciones de espectáculos públicos y mediáticos, y en defensa de determinados ideales o actitudes que se entienden como altruistas y opuestas al egoísmo. Muchos párrafos producidos por Ubieta, por su colega Iroel Sánchez, y otros escritores, en abstracto, no suenan mal. Todo el mundo estima grandemente, o dice estimar, a Teresa de Calcuta.

En esta línea, estas personas marchan y recontramarchan sobre la posibilidad de desarrollar una “cultura socialista”, a pesar del hecho de que estamos envueltos en una cultura que emana de condiciones capitalistas en la reproducción material de la sociedad. En nuestras condiciones de partida, existe el consenso, no se ha desarrollado todavía un polo socialista próspero, sustentable, y generador de su propio entramado cultural y espiritual; luego, afirman aquellos, es necesario desarrollar esa cultura, dar impulso a la formación del hombre y la mujer nuevos, con estos valores que no imiten a los de los lobos sino a otros animales, digamos, un poco mejor valorados. Y esa cultura y espiritualidad habría que buscarlas desde las condiciones realmente existentes en nuestra Cuba contemporánea, donde tampoco se ha desarrollado ese sistema socialista en pleno y donde la persona “nueva”, que lamentan ver en boga, es más bien el modelito ideal del neoliberalismo; poco crítico, ansiosa de prosperidad material a cualquier costo, objeto maleable de cualquier poder hegemónico con grandes recursos mediáticos.

El abordaje de estos personajes, sin embargo, padece de una honda y potencialmente perversa falencia, y representa un retroceso de 150 años en materia de la filosofía revolucionaria que se supone que se defiende en estos terrenos. La pose romántica de estos empeños ignora tesis elementales del marxismo y del materialismo, y termina al mismo nivel que cualquiera de esos discursos “bienintencionados” de los capitalistas “con rostro humano”; de los filántropos dentro del occidente, desde los tiempos de la revolución industrial hasta nuestros días. Evidentemente, nuestras élites gobernantes y sus exegetas han hecho suya la corriente filosófica hegemónica en el mundo occidental “normal”, que considera las doctrinas del marxismo y el materialismo dialécticos como poco más que reliquias jurásicas. Nadie quiere ponerse tal sambenito, y las voces de pensadores marxistas auténticos y persistentes, como Fernando Martínez Heredia o Desiderio Navarro, constituyen aisladas excepciones.

En principio, yo podría coincidir con Ubieta et al en que aquellos poderes hegemónicos imperiales son malos, muy malos. Sin embargo, estimo que poner solamente lo espiritual o cultural en el centro de la palestra constituye un retroceso hegeliano de la mayor conveniencia para esas mismas fuerzas hegemónicas, en tanto desbrozan el camino de las reformas reaccionarias que mantienen el curso de la sociedad cubana hacia el sistema de mercado internacional, o el simple capitalismo.

Si no existe ese centro socioeconómico socialista, que constituya por sí mismo y del cual emane naturalmente una cultura y unos valores superiores a los capitalistas, la solución no puede ser invertir la relación que Marx enderezó hace tanto tiempo y pretender construir el edificio empezando por el tejado. No hay que ser un albañil para saber que esto no es factible; por la otra parte, unos pensadores que se aprecian de defender el socialismo debían conocer un poquito mejor el ABC de esta filosofía.

La prédica de valores comunistas, del desprendimiento altruista, del sentido de proyecto colectivo, etcétera, puede ser muy bonita, aún cuando parta de personas dichosas, con conexión libre a Internet, refrigerador lleno, vehículo propio y otras diferencias significativas con el cubano de a pie. Sin embargo, estos valores no constituirán nunca una masa fraguada y creciente, en las condiciones de una sociedad donde lo que predomina son las condiciones de explotación, de libre mercado y de sálvese el que pueda de la sociedad capitalista. En la sociedad capitalista, la superestructura cultural, espiritual e ideológica predominante será siempre la opuesta, la de la ambición, el egoísmo, la de acaparamiento de poder y riquezas en una estrecha élite y la reducción de las masas al consumismo, embrutecedor y enajenante. Si usted desea los valores de izquierda, usted debe ser consecuente y propulsar, para el esfuerzo principal, la transformación revolucionaria de la reproducción y la base material.

El paradigmático cubano José Martí no se sentó en un pedestal a predicar, como manera de derrotar al régimen colonial, el desarrollo de los valores culturales y espirituales del republicanismo. Martí contó con los valores republicanos existentes para hacer una revolución, concreta, y también espiritual, pero con una primera etapa muy práctica de derrotar, por medios tan radicales como los de las armas, el modelo conservador existente. La sociedad republicana que aspiraba a instaurar, sería la mejor incubadora de más y mejores valores republicanos.

Hoy en día, se puede y se debe rechazar el derramamiento de sangre para conseguir triunfos revolucionarios. Lo que no se puede es creer que aquellos valores de una sociedad revolucionaria (altruismo, solidaridad, el ser por sobre el tener) van a prevalecer per se en un medio conservador. Tales valores, dentro del medio conservador, son apenas privilegio de una cantidad de personas determinada por factores formativos de conciencia bastante excepcionales. Sin embargo, estos valores sí pueden alimentar una gesta que transforme ese medio, hasta otro que ofrezca a todos los seres humanos la capacidad de abrazarlos.

Si vamos a hablar de los valores espirituales, humanistas o culturales del comunismo, como tanto le gusta a Ubieta y compañía, vamos a plantearnos las condiciones materiales bajo las cuales florecen la cultura, el humanismo y la espiritualidad. Vamos a reivindicar las condiciones de libertad para la clase trabajadora, la libertad de producir bienes u ofrecer servicios a la sociedad solo compulsados por el reconocimiento de la necesidad. Esto es, por libertad coordinada horizontal y democráticamente; sin explotaciones, sin dominaciones, sin relaciones de poder asimétricas por causa de posesión de medios de producción o de divulgación de ideas; sin el predominio político de unos grupos de personas sobre otros, sin costumbres discriminadoras patriarcales, o por violencias de género o políticas y hábitos racistas ni de ningún otro tipo.

Vamos a cuestionarnos profundamente, incito yo, en qué medida construimos hoy una sociedad en Cuba que favorezca el florecimiento de esos valores que todos decimos apreciar. Es posible que no todos los que han hablado mucho hasta el momento vayan a seguir adelante a partir de este punto. Se requerirá, para ello, condenar el fomento de las relaciones de explotación disfrazadas de cuentapropismo, cuando no se trata de otra cosa más allá que de la contratación privada de mano de obra que no es más que explotación por parte del dueño de una finca, de un restaurant u otro tipo de negocio de la empresa privada. Habrá que cuestionar a fondo el auge de una inversión extranjera que adquiere derechos de explotación de los trabajadores cubanos.

El mismo modelo de empresa estatal, ciento por ciento, cumple igualmente un rol de retroceso al profundizarse las reformas actuales del gobierno cubano. Del esquema paternalista se deriva, en la medida y la velocidad que el gobierno puede lograr, en un modelo donde la principal prioridad son la productividad y la eficiencia, y las potestades de los administradores y la subordinación de las personas empleadas son semejantes a los equivalentes en sus pares del mundo capitalista declarado. En pro de concretar ganancias, la propaganda comercial de productos de estas empresas se extiende alegremente por nuestras plazas, con toldos, sombrillas y carteles que incitan al consumo de productos como cigarrillos Holliwood y bebidas alcohólicas como las cervezas Cristal y Bucanero y el ron Legendario. Del otro lado, instituciones antaño favorecedoras de políticas sociales y humanitarias, son objeto de las alegres tijeras presupuestarias. De esta manera, se refuerza el estereotipo de que, para ser exitoso, para ser reconocido, para tener garantizadas las condiciones de vida, hay que ser un consumidor pudiente. Con la actual política del gobierno cubano, por la misión que este le ha planteado a su base productiva y financiera de formar un sistema “próspero y sustentable” a través, básicamente, de categorías económicas del capitalismo, esa es la evolución inevitable.

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