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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Hace unos días, un activo comentarista de nuestra blogosfera ardía en santa ira contra aquellos que, en su opinión, encarnaban el espíritu del ideólogo liberal Milton Friedman. Me imagino que, si se ha mantenido al tanto de las informaciones de la prensa en estos tiempos, haya atravesado unos días de particular sufrimiento.

En estos días, precisamente, transcurrieron las sesiones estivales de la Asamblea Nacional del Poder Popular o Parlamento cubano. Normalmente, este indiscreto opinador mete sus narices en tales asuntos; honra esta vez igual costumbre, recuerda y relaciona por aquí y por allá. Los reunidos en la Asamblea, para no variar la tendencia de los últimos años, dieron continuidad a los procesos de reforma y de paulatina implementación del capitalismo en nuestro suelo.

Los capitalistas del todo el mundo, con la Cámara de Comercio de los Estados Unidos a la cabeza, están entusiasmados. Los integrantes de la actual clase élite gobernante cubana son los mejores propulsores del capitalismo en Cuba y tienen las mejores posibilidades para conseguirlo. Las maniobras realizadas figuran en sitios destacados de los manuales de doblez e hipocresía políticas.

En este fenómeno, se pueden reconocer la naturaleza corruptora del poder totalitario; el peligro de de una burocracia opaca y parasitaria; así como el daño efectuado mediante la banalización y el descrédito del pensamiento marxista revolucionario. Analícense variadas y muchas facetas. Ramas enteras de la economía, de la sociedad, del latir cotidiano de la población, cómo fueron por décadas ahogados por los mecanismos burocráticos e hipercentralizados que impedían su desarrollo natural, que hubiera sido posible en un ambiente de verdadera libertad, democracia, espontaneidad e iniciativa: sofocadas al faltarle esta atmósfera. Ahora se proclama (y suena convincente para la mayoría de las personas que no conocen otras alternativas) que el mercado será la única solución mágica para los problemas creados. Y criticar al mercado suena tan extemporáneo, casi como decir jurásico. Sin embargo, el creciente universo del mercado “libre”, en Cuba, deja afuera, pauperizada, a una cantidad agobiante de compatriotas, para el provecho de una minoría egoísta – igualito que en el resto del mundo “normal”. Así que toca repetir que un proyecto social, colectivo y solidario, tiene que poder usar al mercado, y sería correcto y el mercado tendría mucho que aportarle, pero nunca consistirá en ponerse en manos del mercado. Más bien, en manos de los que van a controlar el mercado.

Considérese el caso paradigmático de la agricultura, fuente de más dolores de cabeza y estómago que de alimentos en nuestra tierra. Décadas de malversación, mal gerencia, desfalco, burocratismo y otros males, en un macrocefálico ministerio, en una estructura kafkiana llamada Acopio, en una política estatal que terminó perjudicando más que todos los planes de la CIA. La agricultura y sus afanes fueron un tema muy serio en esta Asamblea. Ante la impotencia e incapacidad de los viejos resortes, se impone como “natural”, como “normal”, la práctica del “sálvese quien pueda”, de la compraventa por el mercado libre de todo lo relacionado con esto, desde los insumos y materias primas iniciales, hasta las mercancías y alimentos finales. Si se naturalizan las relaciones de mercado en el proceso de compraventa de estos productos, se naturalizan también en la compraventa de fuerza de trabajo. Hoy en día, los hacendados que explotan decenas de peones son la admiración del periódico Granma y no necesitan conceder, siquiera, derechos laborales dignos de tal nombre.

A esta política da luz verde nuestro parlamento. La hoja de parra esgrimida para tapar las vergüenzas se refugia en lenguajes idealistas; lejos de la objetividad del fenómeno económico, se expresan “preocupaciones” que suenan humanitarias alrededor de la inflación de los precios. Pero esto no obra más que como fetiche, que concentra la atención y la distrae de la raíz del fenómeno. La ley de la oferta y la demanda ha sido impuesta por los triunfadores y, como ocurre en todas partes, no se preocupa por los perdedores. Es una ley económica en las condiciones de mercado aceptadas; llamar a unos comercios con ese nombre y a otros con otro nombre es un recurso tan banal como pretender que la ley de gravedad solo funcione en un planeta que se llame Gravedad, y no en otro que bauticen Esperancita.

Imponer un proyecto revolucionario alternativo hubiera sido posible, pero requería de un valor y una voluntad que una élite corrupta no se interesa en sostener. ¿Qué hubiera resultado si, en lugar de reorganizaciones y reciclajes de políticas centralizadas se hubieran puesto los recursos institucionales, organizativos, comerciales, en manos de las bases campesinas? Almacenes, vehículos de carga, mercados, plantas de procesamiento, la capacidad de comercializar internamente y negociar directamente con los fabricantes extranjeros, todo ello en manos de los campesinos organizados libremente, algo así como la ANAP pero verdaderamente democrática, horizontal, representativa y defensora de los intereses de sus integrantes y del pueblo cubano. El mercado tendría un espacio, lógicamente, pero las relaciones a su alrededor marcarían una lógica de intercambio entre complementarios solidarios, no entre sujetos enajenados y egoístas.

El espacio empresarial industrial sigue más o menos el mismo camino. Después del bregar de estos meses, nos cae como cubo de agua helada el pírrico crecimiento económico de 0.6%, que es el nombre de nuestra más actual recesión. El Presidente dice que no hay por qué desanimarnos. Pero otros, frustrados durante decenios en sus proyectos de prosperar en esta vida, no piensan igual. Y la desesperanza labra el camino a opciones nada bienintencionadas.

La supercentralización, las exigencias de lealtades políticas ciegas, la ceguera económica e incompetencia de una clase corrupta, y veinte lacras más, arruinaron la empresa industrial cubana; a cargaron de obsolescencia, enajenaron a todo el personal calificado y capaz de aportar un trabajo de provecho, que ahora busca en otros aires el chance de mejorar la vida. Los resultados crecientemente malos dan el mejor pie al reforzamiento de las “actualizaciones”, “modernizaciones”, consistentes en reformas economicistas, despidos, ajustes estructurales y cesión de derechos de administración y gerencia a capitales extranjeros. Se refuerza el carácter subordinado de la clase obrera, y su papel de vendedora de fuerza de trabajo al mejor postor… o al que aparezca, bajo las condiciones que le de la gana de imponer. Que para eso, el que paga, manda.

La necesidad de negar la filosofía revolucionaria marxista implica la incapacidad de la clase élite de reconocer hechos básicos. Si la clase trabajadora no puede reproducirse con el salario oficial, se vuelve simplemente imposible impedirle que complemente sus ingresos básicos “por la izquierda” pues en última instancia, si no lo hace, se extingue. Esto último es cosa que tampoco le conviene a los explotadores, que se rompen la cabeza en la noria sin fin de cómo aumentar la explotación. Ahora, la peor corrupción ocurre entre cuellos blancos, donde se manejan de veras el poder y el dinero; ningún sector de esta clase, percibida desde abajo como un todo, un todo enemigo o, en última instancia, como el ejemplo en el que convertirse, alcanza el carisma para convocar a los de abajo a luchar contra esas prácticas. El desarrollo bajo estos mecanismos está condenado… y eso conduce “naturalmente” a que la élite busque recursos entre los capitalistas de afuera, entre sus inversiones, su participación directa en la explotación de trabajadores y trabajadoras de Cuba, las soluciones. Así, aprueba el Parlamento leyes de Inversión Extranjera; abren el campo al capitalismo con el nuevo Código Laboral; perfeccionan los mecanismos de control con sus planes de reorganización de los aparatos políticos y administrativos; sus campañas contra las “contravenciones”, de reorganizaciones de ciudades en las que la opinión de los ciudadanos no ha sido consultada; de establecer que las empresas y el ciudadano se relacionarán mediante el mercado… o más bien, se enfrentarán mediante este.

A manera de corolario de lo discutido en esta última Asamblea, se puede invocar la perlita que ha sacado este martes el sitio Cubadebate, de la autoría del conocido periodista Randy Alonso Falcón. Como el dirigente empresarial clásico anterior del Estado cubano constituyó un fracaso tan glamoroso (“fracaso”, entre comillas, pues a su clase le fue muy bien, mucho tiempo, así), ahora es “inevitable”, “deseable”, un nuevo tipo de empresario. Uno con “más chispa”, capaz de sacar más jugo de las facultades y autonomía que el Estado deposita en él. En él, no en el colectivo de trabajadores. Que quede claro. Es él, el que podrá ver si le conviene o no entrar en la cumbancha con el capital extanjero. El que podrá manejar palo o zanahoria entre su personal. Quien le corresponderá llevar “liderazgo, ciencia, inteligencia y hasta arte”. De manera sorprendentemente franca y ominosa, a la vez que desfachatada, dice Randy que nos olvidemos de llamar “compañero”, a quien esté al frente de la empresa. Evidentemente, para Randy Alonso, para nuestros parlamentarios, para nuestro gobierno, para todos estos amiguitos de Milton Friedman, será más propio y normal el tratamiento de Señor empresario. Sí, Señor.

En lugar de todo esto cabía, una vez más, una política revolucionaria: el poder al pueblo organizado en órganos democráticos; las empresas, a los trabajadores. El control, directo y democrático, de los trabajadores y trabajadoras sobre su actividad empresarial, sobre el fruto de su esfuerzo y de su colectivo, en compañerismo fraterno y solidario, como el mejor antídoto contra la tentación de un extraño de venir a robar el sudor ajeno. La potestad de desarrollar libremente las fuerzas productivas y entrar en relaciones mutuamente ventajosas con quien fuera que tenga algo que aportar, sin imposición de subordinaciones. El mercado, un espacio donde hemisferios solidarios se complementan y no donde se enfrentan… Muchas personas piensan que esto no son simples sueños, sino aspiraciones eternas y enraizadas en lo hondo de la naturaleza gregaria humana, por lejana que parezca su concreción, por lejos que esté de nuestro Parlamento y del gobierno que hoy sufrimos.

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