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Por Armando Chaguaceda

Los mensajes personales, notas de prensa y declaraciones en torno al cese de los laicos católicos Lenier González y Roberto Veiga como editores de la revista Espacio Laical se van acumulando en buzones de correo, sitios webs y redes sociales. Yo mismo, apenas una hora después de recibir la noticia de parte de uno de los colegas, atendí la sorpresiva llamada de un medio de prensa pidiéndome comentar el asunto. Lo que atiné a señalar, en medio del shock, apareció en una nota publicada esa misma tarde.

A la incertidumbre sobre los móviles del cambio contribuyó, horas después, las un tanto crípticas y regañonas declaraciones del director de la revista. Finalmente, la postura de los editores, expuesta en mensaje circulado la tarde del miércoles 11 de junio, señalaba que ellos habían solicitado -por voluntad propia y por tercera vez en dos años- la renuncia a sus cargos. Explicando que, en esta ocasión, su pedido había sido aceptado por la jerarquía eclesial; consensuando con la dirección de la revista mantener en un bajo perfil y sin publicidad inmediata de la decisión.

Algo que genera inevitable preocupación -y lógica suspicacia- es el hecho de que Espacio Laical se aboque a este cambio en un momento en que había alcanzado un alto nivel de convocatoria, escucha y respeto en amplios segmentos de la intelectualidad y opinión pública interesados en temas cubanos, dentro y fuera del país. Con vocación ecuménica y una notoria capacidad para combinar ponderación, profundidad y espíritu dialógico, la publicación se había convertido -como he explicado más de una vez- en la principal revista de análisis de coyuntura y problemas sociales del país. Una que no gustaba a los actores inmersos en las lógicas de polarización política, de todos bandos y pelajes. Y que llevó, a nuevas cotas el trabajo antes desbrozado, meritoriamente y en frontera, por publicaciones como Temas y Vitral.

En la comunicación de respuesta a las interrogantes desatadas por su primer mensaje, Veiga y González explicaron que el motivo principal de su salida era la polémica generada por el perfil sociopolítico de la publicación en “determinados sectores de la comunidad eclesial”, que “piensan que la Iglesia no debe inmiscuirse “en política” y que no debería abrir sus espacios a “todos los actores de la sociedad civil cubana.” Posturas que, a la postre, habrían generado “tensiones que se han proyectado sobre la figura del Cardenal-Arzobispo y sobre nuestras personas.” Lo que les motivó, por razones éticas, a solicitar la liberación de sus respectivos cargos dentro del proyecto laical.

Al leer la nota, no encuentro razones de peso para cuestionar la actitud asumida por mis amigos. En primer lugar, porque cualquiera que conoce la particularísima forma en que los buenos cristianos viven el compromiso y pertenencia a su institución sabrán que la lealtad a esta es un asunto medular; con independencia de las opciones personales que, en uno u otro tema profano, sostenga el creyente.

La experiencia de Dagoberto Valdés con el tratamiento dado a Vitral -en la coyuntura de cierre del proyecto originario-, la pertenencia católica de disidentes como Oswaldo Payá y la lealtad mostrada por quienes abrazaron, sin abandonar sus credos, la causa de la Revolución en aquellos duros años donde Iglesia y Estado convivían en medio de mutuas acusaciones, sospechas y agresiones así lo demuestran.

Sin olvidar, con más largo aliento, las lealtades conservadas para con la Madre iglesia por numerosos sacerdotes progresistas que, en estos milenios, han intentado defender y promover causas de justicia, desarrollo y democracia dentro y fuera de la añeja institución, sin romper con esta y sus lineamientos.

Y es que los caminos de la Fé movilizan sentimientos de afecto y lealtad mucho más profundos que cualquiera de nuestras elecciones racionales; quizá solo comparables con la entrega de los verdaderos comunistas hacedores de revoluciones como la rusa y la china. Aquellos que perecieron en manos de sus antiguos compañeros, sin cuestionar la causa mayor por la que, supuestamente, era preferible ignorar cualquier abuso y sacrificar sus vidas.

Hoy, a la luz del desenlace de aquellos procesos, podemos criticar la utilidad de tanto silencio inútil y de tanta muerte injusta; pero -en medio de la cada vez más notoria falta de civismo y compromiso que nos rodea- no es posible sino recordar con respeto a quienes, sin doblegarse ante el verdugo, supieron mantener sus creencias espirituales y humanas frente a toda adversidad, dogma y sanción. Actitud que, desde mi perspectiva y guardando las debidas distancias, honran con su obra y postura Lenier y Roberto a lo largo de esta década y hasta el momento presente.

Sin embargo, me llama la atención cómo dos experimentados -y notablemente informados- periodistas identifican las causas profundas del acontecimiento únicamente con decisiones y cambios internos de la Iglesia. Fernando Ravsverg señala que “Posiblemente la salida de los editores de Espacio Laical y el fin del reinado del Cardenal Jaime Ortega se correspondan con cambios políticos dentro de la Iglesia Católica, un regreso a posiciones más beligerantes respecto del gobierno cubano”. Mientras Manuel Alberto Ramy identifica que “La salida de Veiga y González, a mi juicio, responde y refleja la mentalidad que ha logrado prevalecer en la cúpula de la Iglesia católica de la isla”. Siendo dos personas con acceso a fuentes y en modo alguno sujetas a la fé o el compromiso con la vetusta institución, sus juicios me parecen, cuando menos, limitados.

Y es que, cuando se hace cualquier análisis sobre los móviles de un actor político para conducirse en un modo y entorno específicos, es imperativo evaluar las opciones que le incitarían a actuar de modo diferente, la correlación de fuerzas dentro del escenario donde actúa y los elementos que conforman dicho contexto.

En el primero de los tópicos, podríamos convenir con Ravsverg y Ramy en que, dentro de la Iglesia católica cubana, existen sectores interesados en excluir ciertas agendas progresistas que recibían cobijo en las páginas y foros de Espacio Laical. Los trabajos sobre la temática racial y popular, las alusiones a la diversidad sexual y los derechos de género, así como las propuestas de democratización específicamente socialistas que algunos compartimos en aquellos espacios son, por ejemplo, miradas que seguramente revolverían las extrañas a más de un prelado elitista y conservador.

Sin embargo, veo dos problemas para concebir a tal postura como la causante única -o al menos la principal- de la salida de Veiga y Gonzales; enmarcándola en la hipótesis de una suerte de contrarreforma conservadora de cara a la próxima sustitución de Jaime Ortega. El primero es que, si bien en su fuero íntimo más de un cura podrá rechazar la política de acercamiento pactada entre Gobierno e Iglesia, no ha sido visible alguna posición pública de rechazo a esta. Tampoco a las acciones que, de parte del gobierno y durante estos años, han ido a contrapelo del mensaje de paz de los Obispos cubanos.

Porque hubo, es cierto, un agradecible proceso de excarcelación de presos políticos en 2010….pero luego han seguido produciéndose actos de repudio, juicios, golpizas y exclusiones que contradicen, en sustancia, cualquier apuesta reconciliadora. Frente a esto, salvo casos puntual como el del Padre Conrado, lo que ha primado es una política combinada de rechazo privado -o, a lo sumo, de lamento dentro de los templos- y silencio público respecto a las demandas de solidaridad que víctimas de violaciones a los Derechos Humanos han hecho, incluso de forma directa, a la jerarquía eclesial.

Así que si alguien percibe, en el horizonte, la silueta de algún Popiełuszko tropical con suficiente rango y ambiciones cómo para cambiar, en tono beligerante, la orientación de la Iglesia cubana, le pediré gentilmente me lo indique.

Lo segundo es que, desechada la presencia de actores y agendas confrontacionales, no veo incompatibilidad entre los horizontes estratégicos del proyecto de la Iglesia y el paquete de reformas gubernamentales. El primero es sustancialmente político por sus objetivos -lograr una mayor presencia material e influencia espiritual dentro de la sociedad cubana- y aparentemente despolitizado en su discurso público. El segundo es crecientemente tecnocrático en su retórica y raigalmente político en sus acciones tendientes a modernizar la dominación autoritaria. Ambos pueden coexistir en un ambiente donde las lealtades por conveniencia y las ideas conservadoras- preservación de un orden social jerárquico, nacionalismo excluyente, rechazo a identidades y demandas sociales emancipadoras- se refuerzan mutuamente.

Para que tal alianza se sostenga, sólo es preciso que la Iglesia no intente, prudentemente, cruzar la raya que le separa de los reductos intransferibles del poder -económico, político y militar- y que el Estado le conceda, en reciprocidad, parcelas cada vez mayores de poder pastoral -educativo, mediático- y, en cierta medida, económico y financiero. Y que ambas entidades sepan procesar las contradicciones naturalmente emanadas de sus respectivas vocaciones de hegemonía social. Empero, la experiencia nicaragüense, durante la actual etapa de gobierno del Frente Sandinista, nos señala que tal alianza es perfectamente posible, viable y hasta redituable para ambos actores.

Por otro lado, pasemos revista a algunos acontecimientos que han torpedeado el esfuerzo incluyente desplegado por el equipo de Espacio Laical en años recientes. ¿Fue acaso algún obispo quién vetó o demoró al límite -lo que es lo mismo- el ingreso al país de notables académicos como Carmelo Mesa Lago, invitados a participar en eventos organizados por la Iglesia en el marco de su proyecto Casa Cuba? ¿No son sino páginas y opinadores oficiales quienes, de vez en vez, han divulgados notas conspiranoicas pretendiendo implicar a los laicos católicos en bizarros proyectos de desestabilización interna? ¿Qué sector crítico del orden actual no estaría, con independencia de su postura ideológica, interesado en una discusión más sustanciosa de temas como el de la “oposición leal”? Pensando en estas y otras interrogantes, valdría la pena buscar “las causas de las cosas”….lejos de aquellas que suelen ser las más superficiales y aparentes.

Dicho esto, no queda más que apostar- por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde- para que la nueva Espacio Laical no se convierta en un magazín descafeinado, con una visión rígida y cerrada de la vida pastoral, de las urgencias y sueños de los laicos y, en sentido general, de la ciudadanía cubana. Pues no sólo retrocedería en lo ganado durante estos años fecundos. También iría a contrapelo de la política de apertura, debate y renovado compromiso social de la Iglesia que impulsa el jesuita Francisco, para disgusto de los poderes mundanos y eclesiales de este mundo, incluida la propia curia romana.

Hago votos porque los nuevos editores de la revista sepan mantenerla en los sitiales de valía intelectual y compromiso cívico a los que sus predecesores la condujeron. Y, sobre todo, que dispensen a tal proyecto la misma devoción y entrega cotidiana de energía, valor y sabiduría que Roberto y Lenier nos regalaron a lo largo de la década que hoy concluye. Si lo logran, no será únicamente un consuelo para élites ilustradas, sino su mejor aporte a un país inquieto y plural. Un país urgido de voces y foros donde exorcizar sus persistentes demonios e invocar sus ángeles guardianes.

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