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Por Rogelio M. Díaz Moreno

La cobertura de los temas internacionales refleja la involución, el corrimiento inexorable hacia la derecha, que experimenta la política del gobierno cubano. En estos días, la agencia informativa oficial cubana, Prensa Latina (PL), realiza una cobertura sobre la huelga actual del sector de la minería en Sudáfrica que revela esta realidad con la mayor elocuencia.

El sector minero en Sudáfrica es uno de los más importantes de la economía de esa nación, y tiene un peso mundial considerable por sus yacimientos de oro, diamantes, platino y otros minerales de alto valor. Las compañías mineras capitalistas realizan enormes negocios con el fruto de la explotación de tales recursos… y de los trabajadores mineros que laboran allí.

Por otra parte, las duras condiciones de trabajo y la conciencia de clase desarrollada en los grandes polos minero- industriales han posibilitado el desarrollo de un potente movimiento sindical que defiende los intereses de los afiliados con energía. Numerosas huelgas se han convocado, con éxito variable, que han llegado a estremecer el país y provocado tanto algunas concesiones de los patrones como olas represivas. La más trágica de estas culminó en la masacre de Marikana en el año 2012, cuando las fuerzas armadas asesinaron a sangre fría a decenas de manifestantes y huelguistas, en el episodio más sangriento visto en ese país en más de cuarenta años, con Apartheid incluido.

Recientemente, una convocatoria del sindicato Asociación de Mineros y Obreros de la Construcción, AMCU, ha logrado movilizar nuevamente decenas de miles de obreros en huelga por reivindicaciones salariales. Los trabajadores reclaman un salario mínimo de 12500 rands, equivalentes a unos 1400 dólares. Fuerzas de izquierda de la nación sudafricana, como el Movimiento Socialista Democrático (DSM) consideran que la reivindicación de los mineros es perfectamente factible, dadas las ganancias fabulosas de las compañías mineras [véase http://www.socialistsouthafrica.co.za]. Los patrones, como es de esperar, no quieren dar su brazo a torcer y ofrecen concesiones menores. La huelga perdura ya varios meses, sin acuerdo entre las partes.

La cobertura sobre el asunto que da PL, fuente de los demás medios cubanos al respecto, es elocuente respecto a la mentalidad que prevalece hoy en la élite del Estado cubano. El periodista Jorge V. Jaime declara, sin pelos en la lengua, “La huelga de AMCU en el sector del platino debe ser terminada por el bien de todos los sudafricanos”.

Da dolor y rabia que la agencia PL cometa una traición tan bárbara a los ideales de revolución y lucha por los oprimidos, por los que echaron vida y alma sus fundadores, entre ellos, Ernesto “Ché” Guevara y Jorge Ricardo Masetti. La cobertura actual del conflicto en Sudáfrica prácticamente se coloca del lado de los patrones. De los explotadores, a ver si se entiende bien. Sugiere que los trabajadores en huelga son díscolos, indisciplinados, que aspiran a demasiado. Que los pobrecitos dueños hacen todo lo que pueden por complacerlos, pero los muy ingratos mineros piden cosas imposibles, seguramente “motivados por extranjeros malvados”, como sugieren también miembros del gobierno de Sudáfrica.

Al día siguiente de la nota de Jorge V. Jaime, otro despacho de PL recoge un recuento de las pérdidas originadas por las acciones de protesta de los mineros. Ojo: el recuento de las pérdidas de los dolidos capitalistas. Se le achaca a esta huelga el deterioro de la economía sudafricana de los últimos meses. Y se suelta, con la mayor desfachatez, la escalofriante nota: “Las protestas ciudadanas están poniendo a prueba los recursos tácticos y logísticos de las unidades de seguridad”. Para que se entienda bien: represión y equipos antimotines, como en cualquiera de esas escenas que nos solían presentar como la prueba de lo malo del capitalismo. Pero, en este caso, en uno de los países que se quieren presentar como modelo. En vez de invocar a la solidaridad con los explotados del mundo, de condenar la represión y la explotación, toca cambiar de bandos; toca ocultar estas facetas del capitalismo que nos esperan para que nadie se vaya a alarmar antes de tiempo, antes de sufrir los nuevos Marikanas, Tiannamen, etcétera.

Da dolor y rabia la traición a la clase trabajadora, y la entrega en manos de cualquier capitalismo que luzca amistoso; pero no sorprende. El gobierno cubano percibe al de Sudáfrica como un aliado, desde el fin del régimen del Apartheid al que nuestros compatriotas contribuyeron directamente, con el sacrificio de muchas vidas en los campos de la guerra de Angola. El gobierno actual de Sudáfrica se debe, no obstante, a los grandes intereses capitalistas, como los de las compañías Anglo American Platinum Ltd. (AMS), Impala Platinum Holdings Ltd. (IMP) y Lonmin Plc, que son la otra parte del conflicto en la presente huelga. El Apartheid terminó, para gran dicha de Sudáfrica y de la humanidad, pero el capitalismo y la explotación más profunda posible que estos capitalistas son capaces de implementar no se han salido del panorama. Así, lo que queda para el pueblo trabajador son las migajas que se le conceden para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo, con algunas políticas sociales que no resulten demasiado onerosas para el gran capital.

Por el lado de acá, el gobierno cubano está embarcado en su proceso de transformaciones para convertir la sociedad cubana en un sistema “normal” de mercado. Donde las personas trabajadoras estén debidamente disciplinadas y sometidas a la organización de un sistema corporativo, compuesto tanto por el Estado como por el capitalismo privado extranjero y nacional. Sí, también por el nacional, por el que han abogado, ya desde hace algún tiempo, los intelectuales oficialistas. Las columnas de Luis Toledo Sande, de Guillermo Rodríguez Rivera, del mítico Silvio Rodríguez y hasta de Esteban Morales, sirven de avanzada a los propósitos de abrir las puertas a la burguesía nacional; a la declarada, pues la disimulada hace mucho tiempo que campea. La central sindical, dominada por el gobierno, se dedica a inculcar en los afiliados los ideales de obediencia y disciplina que requiere este propósito.

Entonces, de qué nos vamos a sorprender que las voces oficiales del gobierno tomen el lado de la clase explotadora contra la clase explotada, en Sudáfrica, en China, o donde sea, siempre que el otro gobierno involucrado le resulte simpático a nuestro Consejo de Estado. Así se explica, por poner algún ejemplo más, que la reforma de Petróleos Mexicanos, por el presidente Enrique Peña Nieto, no haya despertado ninguna preocupación en PL ni en cualquier otro periódico de acá, a pesar del peligro de privatización que se acerca a la histórica compañía. O que se trate con tanta felicidad a otras figuras, antiguamente de filas de izquierdas y revolucionarias, que desde varios gobiernos latinoamericanos aceptan al capitalismo con total tranquilidad, gestionando apenas algunas maniobras redistributivas que les permite una bonanza económica temporal. Veamos, como otro ejemplo, que no tiene sentido para nuestra prensa, ponerse del lado de las masas indignadas de Brasil, tornadas a la protesta y la manifestación, pues contrastan su pobreza con el derroche y la corrupción generadas a partir del Mundial de Fútbol. Pero es que los empresarios brasileños son la esperanza de inversiones más grandes en el Mariel y otros lugares de Cuba. Se escoge al de arriba, se le va al que, desde el punto de vista más reaccionario, se estima será el ganador.

Aquí mismo, las voces oficiales del gobierno también están del lado del de arriba –lo que no es de extrañar, puesto que le pertenecen. Por eso, el discurso imperante ha enfriado tanto el tono de revolución, a la que Silvio propone quitarle la “r”; se repiten impúdicamente las tesis de que es necesario un crecimiento –¡bajo reglas características del capitalismo!–; alcanzar una “economía sustentable”, para luego distribuir “un alguito” entre las personas desposeídas, entre el proletariado, a las clases trabajadoras que posibilitan los lujos y derroches de los privilegiados y privilegiadas.

De regreso a Sudáfrica, el discurso más revolucionario en el conflicto minero puede ser, perfectamente, el del DSM. No solo consideran factiblemente la reivindicación de los 12500 rands, sino que han propuesto un programa mucho más ambicioso: nacionalización de los recursos mineros de la nación y su autogestión por parte de los trabajadores, organizados democráticamente. Ahí sí se considera un programa realmente revolucionario, empoderador de quienes producen las riquezas y que revierte la injusticia de que sean otros los que se apropian de esas riquezas. Pero el corrupto y pro capitalista gobierno del ANC no va nunca a comulgar con un programa así, y no digamos ya los empresarios de las minas.

De igual manera, la voz oficialista acá va a ignorar siempre que el real avance del socialismo implica el control de los medios de producción, y de las riquezas que con ellos se producen, por quienes sudan la piel o las neuronas en sus puestos de trabajo, quienes generan a diario los bienes y servicios que requiere la sociedad. Arruinado el proyecto de autoritarismo estatal centralizado, la élite se gira hacia el capitalismo y la ideología que lo sostiene opera el consiguiente giro. Por lo tanto, pasa de moda criticar el pensamiento económico liberal; se adopta su discurso de desarrollo en base al capital privado.

Las personas trabajadoras, sin haber estado nunca realmente en el centro del meollo, son más reducidas en el nuevo sistema a su papel de, bueno, del clásico proletario que debe agradecer si encuentra dónde dejarse explotar y no formar líos. Las huelgas y ese tipo de manifestaciones de protesta de los trabajadores, en las últimas décadas, han sido “contrarrevolucionarias”, y perseguidas a la manera especial del nuestro mal llamado socialismo. Dentro de poco, serán calificadas como en la época del capitalismo antes de 1959, como malas para la economía, para el país; se demonizará y reprimirá a los que protestan, a la manera del capitalismo “normal”. Se repetirá que la clase obrera –atomizada y confundida para que no desarrolle autoconciencia– no debe pedir más que lo que se le concede por parte del capitalista cubano de mañana. Tal y como dice PL que debe ser en Sudáfrica.

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