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Por Haroldo Dilla Alfonso

Hace unos días la revista mexicana Letras Libres publicó una entrevista al recientemente fallecido dirigente cultural cubano Alfredo Guevara. En ella Guevara narra sus andanzas revolucionarias pistola en cinto, valora al marxismo y confiesa sus convicciones peyorativas acerca de la sociedad cubana. “No creo que mi pueblo valga la pena” afirmó, y como ubicado en una poltrona superior, le lanza un reto de futuro: “Creo en su potencialidad, pero no en su calidad”.

Para quienes no conocen a Alfredo Guevara, habría que explicar que se trató de un funcionario letrado –no puede catalogarse propiamente de intelectual en el sentido clásico del término- que aprovechó sus relaciones de poder y en particular su amistad con Fidel Castro, para preservar algunos espacios culturales. En ellos creó auténticas cortes de elegidos en la que dio refugio a unos puñados de intelectuales reprimidos por la intolerancia oficial y a otros tantos homosexuales marginados por la homofobia prevaleciente, siempre para sus usos y egolatrías. Su sobrevivencia como mandarín y gay oficial fue una suerte de florero en la ventana que indicaba al mundo que había normalidad intramuros.

La entrevista pudo haber sido intrascendente si la hubiéramos visto simplemente como el exabrupto desfachatado de un diletante. Pero no lo es, pues revela un drama ideológico de aquel sector de la intelectualidad cubana que pretende ocupar un lugar difuso entre el apoyo al sistema y al gobierno cubano y su crítica.

En un interesante libro uno de estos intelectuales, Julio César Guanche, se quejaba de que la izquierda crítica local no tiene una edad de oro a la que referir su utopía. Es así, pero esa no es su principal carencia. El dilema estriba en que para estos “acompañantes críticos” del sistema el viejo panteón revolucionario repleto de mártires y guerrilleros es poco aceptable. De sus figuras históricas el intelectual más prominente fue Ernesto Guevara. Pero para los fines de la nueva construcción ideológica el Che resulta muy bélico, ríspido, nada democrático, excesivamente argentino, y sobre todo manoseado por la propaganda oficial y por los escolares que cada mañana juran que quieren ser como él.

El mismo Guanche, en su libro, hace un esfuerzo descomunal por elevar a Raúl Roa a una estatura ideológica de procerato, como una clave, dice, para entender la relación entre socialismo y democracia en el siglo XXI. Y es visible la intención de los católicos izquierdistas por rescatar la figura del sacerdote Carlos Manuel de Céspedes, un curo girondino que llenó toda una etapa en los procesos de reconciliación de la jerarquía católica con el gobierno cubano, y terminó sus días elogiando con ahínco al llamado “socialismo cubano”.

Todo un esfuerzo, creo, que vale la pena en la configuración de este campo político crítico y reformista, que merece un lugar en la política y la cultura cubanas. Pero un esfuerzo cuesta arriba, pues la larga etapa postrevolucionaria exigió a sus “intelectuales orgánicos” niveles devastadores de lealtad. Y sus rescates implican dar muchas explicaciones si queremos que sirvan para este asunto crucial de la democracia.

Por el momento, lo que nos muestran las impúdicas confesiones de Alfredo Guevara, es que el panteón sigue vacío.

Las impúdicas confesiones de Alfredo Guevara

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