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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Este domingo 1ro de junio debe haber entrado en vigencia en nuestro país el nuevo Código de Trabajo. Así rezaba, si mi memoria no me falla, cierta nota periodística que, principalmente, anunciaba el carácter feriado del día conocido por los cristianos como Viernes Santo. Escandalosamente, el texto definitivo del dichoso Código se mantiene en un nivel de secreto nacional.

Se recordará que el proyecto legislativo se discutió en todo el país, en un proceso con sus notas positivas y negativas que, en su momento, analizamos bastante en el Observatorio Crítico y con muchos otros compañeros igualmente preocupados. En el Parlamento Cubano, el proyecto atravesó un proceso de modificaciones, cuyo resultado no conocemos porque no fue divulgado más allá del estrecho círculo de una cúpula políticamente confiable. Sin embargo, aún después de ser aprobado en una inédita votación que no fue por unanimidad, todavía debía ser objeto de su revisión por una “Comisión de Estilo”. Estilo, he llegado a suponer, de un servicio secreto, de película de intriga y misterio, por lo visto hasta hoy o, más bien, por lo no visto.

Ahora, fíjense en la perla publicada la semana pasada por la prensa nacional. El Consejo de Ministros se reunió y analizó los detalles del desarrollo económico futuro de nuestro país hasta el año 2020, más o menos. Bueno, se podría preguntar, ¿tendrán la amabilidad de compartir los detalles con las personas trabajadoras, responsables de construir ese futuro? ¿Con los jubilados y estudiantes que lo van a experimentar en sus costillas? ¿Con los electores que se supone que validan al gobierno con sus votos de vez en cuando, y que tal vez les gustaría conocer cuáles son los planes de los políticos que asumen la representación del pueblo?

De acuerdo a un artículo de Esteban Morales, reproducido por nuestro blog, Marino Murillo habría confirmado que se encontraba en proceso de redacción una Ley de inversiones general. Un número de personas no despreciable ha expresado que los cubanos acaudalados deberían poder convertirse en capitalistas, como en el mundo moderno y “normal” de hoy en día. Algunos intelectuales oficialistas de cierta notoriedad, por ejemplo, consideran que es hora de dejar atrás cierta etapa de “necedades juveniles”. Pienso yo, además de repudiar ardientemente tal posibilidad, que una reforma de un calibre como ese debiera ser conocida por el pueblo. Las empresas cooperativas, como ejemplo de mi entender, sí deberían tener mucha más capacidad en ese sentido. De ser cierta la información de Morales, ¿no sería digna de alguna Mesa Redonda? Digo yo, tanto para los que se alegren de esta integración de Cuba al capitalismo mundial como para los que insistimos, tozudamente, en cultivar otras alternativas más solidarias y justas.

Y quiero hacer un acápite especial en esta relación con un tema en el que me concentré hace un tiempo. En la sesión de verano de 2012 del Parlamento cubano, el presidente Raúl Castro soltó como de pasada, que el compañero Jaime Crombet se iba a dedicar, con su apoyo, a atender a la comisión encargada de proponer, ya fuera una nueva Constitución para nuestro país, o modificaciones a la vigente. De eso van a cumplirse dos años. Recientemente, el bloguero Iroel Sánchez dio a entender que la nueva Carta Magna podría haberse cocinado ya para el fin del segundo mandato del presidente actual.

Las palabras de Raúl Castro sobre el trabajo y la comisión para cambiar la constitución son públicas. Pero esa fue la última vez que se informó de algo concreto. ¿Cómo es posible segregar, enajenar, a la ciudadanía de este país, tal que permanezca sin la menor idea del proyecto de país que cocina un equipo secreto? Es obvio que la Constitución ha sido superada por los acontecimientos, y que la mitad de las reformas de Raúl Castro –actualizaciones, las llama el gobierno– la violan con entusiasmo pero, por eso mismo, el proceso de reescritura de la Ley de Leyes clama por la necesidad de democracia y la transparencia de su metodología. Si nos remontamos a la Constitución de 1940 y su etapa de discusión, podemos apreciar un proceso que, con todas sus deficiencias, fue trasmitido en vivo, por radio, que era el medio más masivo en aquella época.

Se pueden mencionar otra docena de asuntos trascendentales que andan bien guardados de las miradas indiscretas de la plebe. Me pasan por la cabeza el tan postergado nuevo Código de Familia, presa de la homofobia de la burocracia gubernamental. Las reluctancias mostradas en el asunto de una ley de cine, de una ley de prensa… que esperan por una calenda criolla para su discusión democrática y definición entre todos los interesados. Si se está considerando alguna actualización de la ley de asociaciones. O para manifestaciones públicas. Los procedimientos del INDER para su política de gestión de los recursos, o, sea, de cómo mueven peloteros y otros deportistas por adentro y por afuera del país. Cómo nos cobra Brasil las inversiones del Mariel. Cómo Rusia, la condonación de la deuda de la era soviética. Y veinte asuntos más que cada interesado puede añadir de su cosecha particular.

Entre unas y otras, se avanza, se vive, se muere, se emigra, se prospera o se decae en este país, en el que se nos mantiene cuidadosamente en la ignorancia de los principales pasteles que nos caerán en la mesa. Quién sabe si alimenticios, totalmente envenenados, o en algún punto intermedio. El estricto dominio de sus secretos forma parte esencial del poder del cocinero, que no podría hacer su voluntad con tanta impunidad si tuviera que responder a los convidados de piedra, como parece que nos consideran.

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