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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Este domingo prosiguieron las actividades que componen la Primavera libertaria de La Habana, con una reunión de tinte gastronómico. El Taller Alfredo López, miembro del colectivo Observatorio Crítico, ha organizado estas jornadas con sus reconocidos fines de promoción de actitudes de empoderamiento social, liberación y asunción de responsabilidades ciudadanas. De tal suerte, cabe plantearse la cuestión de si también se puede, desde un espacio tan aparentemente mundano como el de la cocina, avanzar en estos fines. Esperamos que nuestros visitantes, después de leer la presente croniquilla, consideren válido el cuestionamiento.

El protagonismo de esta vez lo asumió una tendencia o filosofía a la hora de preparar los alimentos, la llamada Cocina Permacultural. Esta se propone varios fines que a mí me parecieron muy dignos de atención. En primer lugar, se trata de conectar con la conciencia de que toda nuestra vida y nuestro futuro dependen de la sostenibilidad del medio ambiente. Que para lograr una permanencia (de ahí el nombre de esta práctica) de calidad sobre la tierra, nuestro trabajo en la cocina debe respetar algunos principios básicos como el ahorro y la racionalidad de los elementos que empleamos; a la vez que se pueden poner en práctica otros ingredientes que también contribuyen a la satisfacción y realización de las personas.

La ingeniera agrónoma y pecuaria Myriam Cabrera Viltre fue la conductora de la interacción de charla y degustado. Cabrera Viltre ha sido promotora de proyectos de cultura alimentaria y agricultura sostenible con incidencia comunitaria. Por su generosidad e interés en el tema, facilitó de manera gratuita al Observatorio Crítico su texto Cocina Permacultural, del que se hizo una reproducción sencilla para que cada interesado pudiera llevarse una copia, con la exhortación de contribuir a su libre divulgación.

En esta escuela culinaria se parte de aceptar todo tipo de productos vegetales, huevos, leche y sus derivados. Desde ese momento, se fomenta la creatividad e imaginación del chef para que se recree con una elaboración muy libre y espontánea de salsas, cremas, aliños, sin dar la espalda a los platos tradicionales de cada comunidad. Cuando se reconoce la cantidad de saborizantes existentes de origen natural y cómo acceder a ellos, se puede llegar a ver la cocina de otra manera, menos dependiente de sustancias químicas agresivas para la salud. Con tantas combinaciones posibles, cada comensal puede terminar con un surtido único, personalizado, en su plato, aun cuando participe con otros de una mesa común.

Como es de suponer, esta práctica no funciona en su forma óptima sino cuando todos los habitantes del hogar realizan su contribución, con todas las formas posibles de aporte a los platos que finalmente llegan a la mesa. De tal suerte, el sabor de cada alimento incorpora el sabor del esfuerzo compartido solidariamente.

En este día se conversó y se ilustró sobre todos estos aspectos. No se soslayó el hecho de que la cocina, en nuestra sociedad y similarmente a otras, con frecuencia constituye un espacio donde se manifiestan más de un tipo de subordinaciones de unas personas a otras. Por lo mismo, la elaboración del almuerzo colectivo del día contó con la cooperación e imaginación de todos los asistentes, para una combinación de teoría con práctica que terminó en sabrosos resultados.

En cuanto a la pregunta que da título al presente material, por nuestra parte no seríamos consecuentemente libertarios si le “sopláramos” ahora al lector la respuesta que damos nosotros. Eso sí, esperamos haber presentado bastantes razones para, como mínimo, considerar que el tema tiene hondo valor.

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