Por Maykel González Vibero

Pulgar arriba en la carretera para llegar a la conferencia. Pulgar otra vez alzado para regresar a casa. Dedos caídos, brazos colgando de la muesca del activismo. Estuve, no obstante, en el Varadero turístico, el corazón de la postal donde se celebró la VI Conferencia Regional de ILGALAC (Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex para América Latina y el Caribe).

Un amigo brasileño creyó hallarse en Río de Janeiro, una mexicana no distinguía a Cuba de Acapulco. Dos nicaragüenses que apenas vieron La Habana preguntaron por mi país. La Patria de la Moneda Nacional –insistieron-. Allá -señalé al sur-.

Creo –porque es absurdo- que una reunión de activistas debió celebrarse en uno de los escenarios habituales del activismo. En una ciudad provinciana y valerosa, por ejemplo. En el Camagüey abigarrado o la Santa Clara de El Mejunje, el hogar de las minorías. También La Habana, por inabarcable y distópica, hubiera resultado un escenario convincente. El Palacio de las Convenciones, sede de los grandes foros del país, pudo ofrecer un espaldarazo de legitimidad a la conferencia que Varadero acogió discretamente tras la tapia de los hoteles. Activismo de playa.

Si algunos cubanos tuvimos difícil el acceso y debimos apelar a la botella en las carreteras y a la merienda precaria, otros latinoamericanos asumieron la empresa con coraje semejante al nuestro. Pulgar arriba siempre, en los caminos y en las butacas, salvo para consentir acríticamente.

Hache muda

Quise hacerme ubicuo al principio, cuando sesionaron las preconferencias. Me interesaban igualmente el encuentro de hombres gays y bisexuales que las reuniones de lesbianas y trans. Acaso para confundirme con todas las diversidades, fui a la cita de jóvenes.

La convocatoria juvenil anunciaba tres talleres, pero el último acabó incluido bíblicamente en el primero. El asunto me pareció trascendental: la participación política de la juventud latinoamericana en el movimiento LGBTI. Conducido por jóvenes cubanos y con la presencia de activistas de Nicaragua, Argentina, Jamaica y Venezuela, el debate se circunscribió a las motivaciones individuales. Vaciada de carácter político, la participación ciudadana apareció restringida a una concepción psicologista del empoderamiento. Esta posición contrastó con la del grupo de trabajo que exploró semejantes empresas participativas al día siguiente, con la moderación de Gloria Careaga y la participación de activistas de México, Argentina y Brasil. Se enfrentaron así, siquiera en la distancia, dos modelos de movilización.

La cita de jóvenes exhibió, otra vez, la tradicional prudencia cubana ante la constitución de asociaciones LGBTI y espacios para la resistencia –les llaman guetos, peyorativamente, como si estas zonas no implicaran una parada natural y conveniente en el itinerario-. La propuesta de incluir la hache de heterosexual en las siglas que identifican al movimiento –LGBTHI, quedaría- fue recibida con frialdad. Los aliados son bienvenidos –comenté a mi turno-, pero no debemos perder de vista que la heterosexualidad no alude sólo a una orientación del deseo, también implica una ideología. Y cité a las madrileñas que resignificaron el discurso imperialista del otro desconocido y peligroso para declarar, con convicción política, que “el eje del mal es heterosexual”. Situar la hache a ultranza, en lugar de propiciar diálogos efectivos con instancias dominantes, despolitizaría la lucha por la ciudadanía LGBTI –concluí-. Parece que la iniciativa de Cenesex no prosperó. Excepto en el discurso de algunos compatriotas míos, la hache continuó muda.

El eros del sufragio

Hallé en la conferencia de ILGALAC a muchos activistas interesados en conocer las lógicas asociativas, movilizativas y comunicativas del escenario político cubano. Más bien me hallaron ellos, y traté de dilucidarles, en pago por el interés, algunas de las singularidades de la Isla. Eran militantes con una idea libertaria del socialismo.

Otros se portaron menos solidarios, a pesar de los cometidos cívicos que asumen en sus países. Existe una hagiografía de las izquierdas latinoamericanas donde la Cuba autoritaria figura con honores de culto. Por el bien de la Causa se rinden ante el kitsch de la Gran Marcha que explicaba Milan Kundera. De esta gente, incluso de los más “incorrectos”, capaces de asumir la desobediencia civil, recibí un rictus desconfiado. Recordé entonces a Reinaldo Arenas, enfrentado alguna vez en el exilio a las izquierdas que exigen a los cubanos el abono de un sacrificio que ellas no están dispuestas a ofrecer.

Proyecto Arcoiris –el pequeño de grupo de insulares anticapitalistas e independientes-, obtuvo a última hora la membresía de ILGALAC y el derecho de votar en el plenario. Ningún extranjero imaginó la significación de aquellos votos: establecer alianzas, configurar listas electorales y finalmente ejercer un sufragio efectivo, son experiencias inusitadas en Cuba.

Experimenté el eros del sufragio, el placer sexual del voto que experimentaron una vez las añejas agitadoras.

Matasellos

La Carta de Cuba, el gran pronunciamiento de la conferencia, iba marcada por un matasellos rotundo: “la comunidad LGBTI latinoamericana perderá credibilidad si no se posiciona por la libertad de los Cinco, el pueblo de Cuba no nos perdonará”. En Varadero, como en el Pabellón Cuba de La Habana, pareció que la reunión de activistas iba desde el principio en pos de este corolario. Mariela Castro cerró la carta y la acuñó, después de relatar al auditorio extranjero las peripecias de los reclusos. La situación de rehén de de un contratista norteamericano también quedó expuesta en el relato, donde no faltaron consideraciones sobre “los descarados [sic] opositores cubanos”.

Algunos de los que queremos la libertad de los Cinco, creemos además que posicionarnos contra el genocidio del bloqueo no es una actitud enfrentada con la noción de respeto a las otredades ideológicas. Los activistas LGBTI de la Isla, entonces, deberíamos evitarnos la incoherencia de defender derechos sexuales enanejados de nociones políticas.

Las alusiones de la Carta de Cuba a las personas LGBTI vulneradas por la homofobia de Estado y los conflictos armados de este hemisferio, debieron completarse con un pronunciamiento acerca de la compensación que merecen las víctimas cubanas de los campos de trabajos forzados. Olvidemos ya a las UMAP -declaran tácitamente algunas instituciones y activistas-. Esa aspiración al olvido emergió un par de veces durante la cita de Varadero; los desmemoriados argumentan que el episodio está trascendido, como si los sobrevivientes exiliados no merecieran recuperar su ciudadanía extraviada y recibir una compensación siquiera moral, junto a los que prefirieron quedarse.

En la costa

Mi sombrero voló a menudo, como si el torbellino del activismo quisiera lanzarlo lejos de la complacencia. Ante la costa horadada, me atravesaron las saetas del mar. El mainstream, la corriente del Golfo. Ahora, de vuelta al río, evoco el rumor del enjambre y la soledad del único pelícano de mi playa.

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