Por Eddy Carvajal Rodríguez

La diferencia entre aceptar al capitalista es si este es cubano o es extranjero. La Ley de la Inversión Extranjera acepta la posesión del capital en manos de privados de forma mixta o incluso total. Es decir que existirán empresas en nuestro país totalmente privadas, pero bueno, no importa, porque el dueño y señor es extranjero y hacen falta sus dólares para solventar las arcas del Estado, las mismas que ha administrado erróneamente durante 50 años, malgastando y mal-usando los recursos que ha generado modestamente un pueblo tristemente asalariado.

El socialismo que se pretende construir se seguirá llamando socialismo aunque las empresas sean de capital individual total o parcialmente de un pequeño grupo de personas, pero seguiremos siendo socialistas porque ese pequeño grupo de personas son extranjeros y no cubanos. Vamos por buen camino, es el camino de la China desarrollada con un Índice de Desarrollo Humano por debajo del nuestro, con una corrupción fenomenal y con los dirigentes del gobierno millonarios (los asamblearios nacionales chinos engloban una fortuna superior al conjunto de las fortunas del senado estadunidense), crecimiento económico no es sinónimo de crecimiento social.

No estoy en contra de la inversión extranjera, para nada, negar eso es negar el desarrollo empresarial, pero esa inversión extranjera no puede ser controlada y analizada por una comisión estatal (como siempre todo lo estatal) alejada por completo de los intereses directos de los trabajadores de las empresas. La inversión extranjera o nacional, solo puede ser controlada y administrada por los propios trabajadores de las empresas, esos, en conjunto, son los únicos que pueden decidir de qué forma concretar la inversión. Será muy difícil que acepten que al culminar el año fiscal un señor extranjero se apropie del 50% de las utilidades y más.

Tal es la apuesta por el capital privado que realiza el Estado, ni siquiera las cooperativas (verdadera forma de gestión socialista) poseen las prebendas que le han sido concedidas al capital privado extranjero, estando aquellas incluso sujetas al tan usado experimento de prueba y error. Con nosotros los cubanos de a pie sí se puede experimentar, si no funciona se acabó, pero con el capital privado no se puede tener esos juegos, ellos sí son imprescindibles.

Nunca seremos socialistas mientras unos pocos decidan por los destinos de todos. Mientras unos pocos enclavados hace tantos años en el Partido-Estado-Gobierno-Ejército sean quienes dictaminen lo que es socialismo o no, sean quienes se arrojen el derecho de definir lo que se acepta dentro del socialismo y esa definición se reproduzca por muchos y sea incuestionable, jamás seremos socialistas. Jamás seremos socialistas mientras exista el salario, reconocida fuente de explotación desde hace tantos años, no importa quién sea el explotador, si el capitalista (extranjero o no, que siempre será eso, un capitalista) o la institución estatal.

Cierto es que las tres formas de introducir la inversión extranjera en Cuba no son nuevas, desde la anterior ley ya eran reconocidas. Lo novedoso en este caso son los incentivos brindados al inversionista en esta nueva ley para atraerlos, y cuáles pueden ser los incentivos para un inversionista en un país sin recursos de ningún tipo y solo con mano de obra. No es necesario ser economista para determinarlo, por un lado las ventajas en impuestos y por otro la baratija de mano de obra. Conociendo bien en carne lo que es cobrar mes por mes salarios entre los 15 a 30 CUC, quién puede abstenerse a correr detrás de puestos laborales que paguen no importa cuánto, si cincuenta o cien o mil dólares más, no importa la moneda que sea, ya esas son bagatelas. Pero además la explotación es doble, por un lado la del capitalista extranjero y por otro la de la empresa estatal. Esa entidad empleadora, encargada (dice el discurso) de proteger los intereses de los trabajadores, obtiene sus comisiones por los trabajadores aportados al capital extranjero.

El capital extranjero llegará a Cuba sonriendo repartiendo migajas, una parte de sus migajas nos las quitará el Estado, y nosotros también sonriendo seremos felices con las migajas que quedan, porque no importa, son más migajas que las de ahora.

Eddy Carvajal Rodríguez, Ingeniero Industrial

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