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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Se le cansan los brazos a uno de tanto sostenerlos en alto. Cuando se cree que se sale de un atraco y los cuatreros te van a dejar tranquilo un tiempo, ya está montado el siguiente asalto y hay que volver a pagar, por más que uno crea que el anterior ya lo dejó seco. Se confirma por enésima vez el concepto marxista de que aquel infeliz que solo posee su fuerza de trabajo para ofrecer en el mercado, será víctima sistemáticamente de los abusos de los dueños de los recursos, los Estados y las leyes.

El anuncio de la subida de los salarios en un limitado sector laboral de nuestro país –la salud pública– apenas se había asentado, cuando volvieron a caer rayos sobre el bolsillo de los trabajadores cubanos. La noticia salió hasta en el oficialista diario Granma, como para no dar margen a especulaciones: aumentan los precios de la leche en polvo. La ya de antes incosteable bolsa del producto sube otro 15%, para desolación de todas las familias que dependen de los salarios del Estado cubano. La razón ofrecida en el comunicado oficial invoca una supuesta subida del producto en el mercado mundial. Eso mezcla, descubrimos, el cinismo más alevoso con la mentira más desvergonzada. Pero vamos por orden, y con los trapitos de marxismo que conocemos por delante.

En primer lugar, resulta muy desfachatado pretender ligar el precio de las mercancías para el consumidor cubano con los precios del mercado mundial, cuando el precio al que se le paga su fuerza de trabajo es más un escarnio que un precio propiamente dicho. El salario mínimo en Ecuador, por poner un ejemplo que no sea del primer mundo, anda por los 300 dólares. El salario promedio, en Cuba, no llega a la décima parte de esa cantidad. Subsidios y gratuidades, que han sido tradicionalmente la excusa del gobierno, apenas quedan y son retirados a gran velocidad, y desde hace años no permiten al trabajador tomarse el modesto vaso de leche del desayuno u ofrecérselo al hijo mayor de 6 años y 364 días.

En segundo lugar, hasta en las sociedades de mercado, tienen lugar mecanismos compensatorios que acá brillan por su ausencia. Los productos, naturalmente, varían su precio con las fluctuaciones del mercado pero, tras las subidas de la canasta básica, los trabajadores suelen esperar –más bien demandar– los aumentos correspondientes de sus salarios. Esto es lógico y se suele obtener en algún momento, puesto que la reproducción de la fuerza de trabajo en condiciones estables requiere que se pueda seguir satisfaciendo las necesidades básicas. Subidas drásticas de precios, sin los correspondientes ajustes de salario, desencadenan olas de huelgas y protestas sociales; claro, en aquellos lugares donde los sindicatos tienen un mínimo de legitimidad.

En tercer lugar, la producción lechera dentro del país ha sido conducida sistemáticamente hacia la ruina por la dirigencia del país. Los productores cubanos reciben menos de la décima parte del precio de este producto, en relación con lo que se le paga a los extranjeros. Deben esperar meses por que se les abonen las cantidades ya entregadas, y someterse a los caprichos de burócratas que dicen ser capaces de diferenciar, dentro de un mismo termo de leche, la calidad del producto que entregó un campesino y la del que entregó otro, que se encuentran allí mezclados. Los contratos que establece el gobierno con los campesinos son el ejemplo más bárbaro de la ley del embudo: si el gobierno incumple con los suministros comprometidos, no pasa nada; si el campesino incumple, intentan penalizarle cada litro no entregado con una cifra diez o más veces superior a lo que se la pagan. Ante estas matrerías, muchos productores han optado por retar al gobierno a retirarles los animales, porque las condiciones son insoportables.

Y, en cuarto lugar, el gobierno cubano, simple y llanamente, miente. El precio de la leche en polvo en el mercado internacional no ha subido. Ha bajado en este año, respecto al anterior, casi un 10%. El precio de la tonelada métrica oscila alrededor de los 4 mil ciento y pico de dólares, según el sitio web Globaldairytrade (Comercio globa de lácteos, en nuestro idioma) y no los 6 mil que afirma el Granma. Esta discordancia también la notó el periodista Fernando Ravsberg, que la reportó correspondientemente en su blog Cartas desde Cuba. Nótese que Ravsberg sacó chaqueta hace poco con sus empleadores de la BBC por hablar mal del gobierno estadounidense y su política anticubana. Se deduce, como mínimo, la necesidad de que la Contraloría de la República investigue en las cuentas de los funcionarios cubanos encargados de la importación del alimento.

Y si fuera solo la leche. Ya en los últimos días, los mercados cubanos en moneda convertible veían la subida de productos como el aceite, y los dependientes alertaban a los compradores porque se esperan nuevas subidas.

Ay, Liborios y Liborias, cuántos atracos les faltan todavía por experimentar.

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