Por Eduardo del Llano

El trabajador aquí no tiene salario, ni vacaciones, ni retiro, me dijo hace poco un taxista, un tipo de unos sesenta años con aspecto de haber bregado toda su vida. El salario no alcanza, con lo que pagan por vacaciones no se puede ir a ningún sitio, con el retiro no se vive, añadió, para concluir luego: esta gente no me ha enseñado nada.

Hace un par de días un grupo de amigos se quejaba del ostracismo de la papa, el huidizo tubérculo que hace meses no se ve en los mercados, y cuando se encuentra es a precios feroces. Coño, es que lo anuncian con una tranquilidad, es así y ya, y a joderse, gruñía uno, adiós a las papitas fritas. Pero de qué te sorprendes, replicaba otro con humor amargo, no has aprendido nada en tantos años, acabaron con la industria azucarera, cómo no van a desaparecer la papa…

Lo que dice la gente en la calle no es tan alarmante como lo que se da por sentado: que esto se jodió hace rato, que es un infierno tibio, que a los dirigentes no les interesa lo que el pueblo piensa, que la única solución es largarse, que hay que luchar el día y olvidar los proyectos de vida en territorio nacional. Hacemos este tipo de comentarios para que nos escuche cualquiera, no ya los allegados, asumiendo que todo el mundo piensa igual, lo que resulta cada vez más cierto, como en el viejo chiste de “caballeros, si van a hablar bien del gobierno háganlo bajito, que por aquí hay una pila de gusanos y se van a buscar un problema”.

La desigualdad social y la desconfianza de la gente en quienes gobiernan son hoy en Cuba no sólo mayores que en cualquier otro momento de su historia reciente, sino más profundas que en muchos países democráticos, pues en esos siquiera persiste la ilusión de que todo puede cambiar en unos años. En lo que va de 2014, con los absurdos precios de los automóviles, la franciscana escasez en las tiendas, la indigencia informática, el paulatino deterioro del sistema de salud pública, los impuestos y la espada de Dámocles de la unificación monetaria, la impopularidad del gobierno no ha hecho sino aumentar. Demasiado tarde, demasiada desesperanza. Cada vez son menos los que aceptan acrítica e incondicionalmente el discurso oficial, que sigue empleando los tiempos verbales incorrectos: mucho pasado, mucho futuro y turbias gotas de presente; mirados de cerca, esos creyentes resultan ser gente rara, masoquista, robótica… u octogenaria. Se puede y debe defender la izquierda, pero ya es prácticamente imposible romper una lanza por Esto.

Si el gobierno aún tiene una buena carta bajo la manga para hacernos felices de pronto -poniendo Internet barato en todos los hogares, vendiendo Peugeots a precios con tres ceros menos, centuplicando los salarios, eliminando restricciones, dejando en paz a los opositores, inundando los mercados con carne de res a cinco pesos la libra- que lo haga ya, que nos sorprenda ahora, y todavía puede ser que se gane un aplauso. Y que empiece a nevar.

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