Por Yenisel Rodríguez Pérez

El gobierno cubano gasta su última bala sustituyendo las promesas de justicia social por un neoliberalismo blando administrado por un Estado eficiente, al estilo de Rusia y China. Este es el contexto hacia el cual deben apuntar las críticas y las demandas que dirigimos a los gobernantes cubanos, sin dejar por eso de reclamar justicia por más de cinco décadas de autoritarismo.

Pero los hábitos son difíciles de cambiar. Un caso extremo lo hayamos en sectores de la diáspora cubana, que aún hoy persisten en un anticastrismo desfasado.

La mayoría de estos “radicales” caricaturizan la situación política que se vive en el país: una secta de degradantes caudillos y un pueblo sometido, sumiso e ignorante. Desde este punto de vista todo lo que vive la sociedad cubana es percibido como parte de un caos general que condena al fracaso cualquier iniciativa a escala institucional o individual.

Una nación perdida en el absurdo y lo paradójico, sentenciada a las más míseras de las existencias; quedando en la sospecha todo aquel que aspire a construir un proyecto de vida trascendental en la isla.

Los consensos sociales también son acuerdos afectivos; un espacio que permite aglutinar intereses encontrados con el objetivo de construir una sociedad inclusiva. No obstante, este clima afectivo debe ser un consecuente con la vida cotidiana del pueblo y con las últimas proyecciones gubernamentales.

¿A qué responde esa obstinante crítica llena de odio, que no ofrece otra propuesta que no sea la de irse a vivir al extranjero; será que en el fondo de esa inercia afectiva se esconde algo de oportunismo?

Muchas veces tras esas crítica radical e inconsecuente se esconden prejuicios personales que nada tienen que ver con la situación política en Cuba. Un desprecio por lo cubano por ser subdesarrollado, latinoamericano o por ser lo que es sin más.

Juntan en un mismo saco al gobierno, al pueblo y al individuo. Para ellos el horizonte de un cubano concienzudo y equilibrado debe ser emigrar, negar mucho de lo vivido en su país de origen y el resto llevarlo como una herida que no sana.

¿Será que los próximos censores e inquisidores del país llegarán con la diáspora radicalizada y obstinada? ¿Vendrán a sustituir a los castristas como detentores de la gran verdad, atribuyéndose una heroicidad vitalicia y privativa? La verdad del odio, el rencor y la ignorancia.

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