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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Este sábado termina, acá en La Habana, el evento Fe Religiosa, institucionalidad nacional y modelos sociales. Yo llevaba un buen tiempo, a decir verdad, ocupado con el peso que tienen en nuestra sociedad, esos temas de salario y el papel del trabajo. Esta aventura me ha desviado – aparentemente – de ese menester y me apresuro a ofrecer algunas “filtraciones” a los amables seguidores del Observatorio Crítico (OC).

El evento es auspiciado por la Arquidiócesis de La Habana, y cuenta con la eficiente conducción del equipo de Espacio Laical. Con gran deferencia, extendieron la invitación a los miembros del OC, que hemos tenido así la valiosa oportunidad de participar en los debates que se desarrollan en el antiguo Seminario de San Carlos y San Ambrosio.

En primer lugar, extendamos el testimonio de los homenajes rendidos a una figura venerada de la cultura y la sociedad cubana, Mons. Carlos Manuel de Céspedes. Los y las participantes no han escatimado elogios respecto a la vida y aportes del religioso cubano, de grata recordación por estos lares.

A partir de este momento, téngase en cuenta que no podemos hacer un resumen lo suficientemente abarcador de todo lo que ha sucedido, y falta por suceder, en este evento. Las memorias del mismo ocuparán todo un número de la publicación Espacio Laical¸ al que ya le extiendo mi total recomendación.

Las razones para este aval, modesto como el que nosotros podamos ofrecer, emergen de la seriedad, amplitud y sinceridad que percibimos en las exposiciones de expertos de un amplio rango de criterios. Criterios elaborados desde un extenso abanico de posiciones han encontrado un espacio de diálogo franco, abierto, como el que siempre es provechoso celebrar en el seno de las sociedades civilizadas, independientemente de que se encuentre uno más de acuerdo con unas posturas que con otras. O, tal vez, precisamente por esto mismo.

Las discrepancias, compréndase, han sido tan agudas como respetuosamente expresadas. Varios sesudos, extranjeros y cubanos, cubanos “de aquí” y cubanos “de afuera”, han expuesto sus criterios sobre la calidad y el papel que, en las actuales circunstancias de nuestro país, tiene la institucionalidad existente y la que podría existir en el futuro; díganse el Estado, el empresariado, la propiedad, el trabajo, la inversión extranjera, el Partido (o los partidos), la Iglesia… Las deficiencias actuales y sus consecuencias han sido apuntadas con fuertes críticas, si bien divergen las opiniones sobre las posibles soluciones en los temas del desarrollo, el crecimiento económico, la prosperidad, la legitimidad y sustentabilidad del sistema sociopolítico, etcétera. No han faltado las exhortaciones a tomar elementos de otras sociedades que, si bien han resuelto algunos de los problemas que tenemos acá, también es verdad que provocan sus propios problemas.

En general, existe la impresión de una gran incertidumbre sobre el rumbo que tomará el actual proceso de reformas que conduce el gobierno de Raúl Castro. Intervenciones muy sensatas han llamado a considerar, en todo momento, los beneficios y los costos, tanto de cada decisión, como del ritmo rápido o lento con que se pueda aplicar y el papel, intenciones y ambiciones de los distintos sujetos en el terreno. El azar y las desigualdades sociales, acrecentados en la vorágine que se avecina, convocan también a serias consideraciones. Las negativas consecuencias del atraso en la masificación de las tecnologías modernas, en contraste con el elevado nivel educativo de la población general, no ha sido pasado por alto.

La importancia de la preservación de los valores espirituales y hasta qué punto prevalece la continuidad o la ruptura generacional han sido abordadas asimismo por los ponentes y en las intervenciones que les suceden. Se ha expresado, constantemente y de variadas maneras, un hondo compromiso respecto a la necesidad de normalizar las relaciones entre todas las personas cubanas, independientemente del lugar donde residan. Esto es un motivo de optimismo entre el público participante, que de seguro podrá ser compartido por la generalidad de quienes lean y sigan el devenir de estos empeños.

Los delegados e invitados representan, una vez más, un extendido rango de edades y procedencias, tanto fuera como dentro del país. Es difícil sobrestimar el valor que eventos, como éste, pueden aportar como ejercicio de debate sincero y exposición libre de posturas de cada persona que crea tener algo que ofrecer.

Finalmente, reconocemos también el apoyo de la embajada del Reino de Noruega en La Habana, a la realización del encuentro.

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