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Por Rogelio M. Díaz Moreno

El actual proceso de reformas que experimenta la sociedad cubana viene acompañado de varias operaciones de travestismo ideológico. Una de las más peligrosas de estas operaciones es aquella que proclama que, para lograr que el trabajo sea la base de la prosperidad individual y colectiva, se hace “necesario” aceptar la profundización de las desigualdades sociales. Los propagandistas del oficialismo, después de décadas defendiendo el igualitarismo a ultranza –con odas a la libreta de la bodega incluidas–, se han cambiado al bando opuesto con la misma naturalidad que de camisa.

En ocasiones como esta, convendría que personas honestas y versadas en el marxismo le dieran, a estos tracatanes, la respuesta que merecen. Yo no sé tanto de esas filosofías políticas como quisiera, pero no deseo sentarme a esperar así que, mientras tanto, suelto mi diatriba particular.

En primer lugar, partamos de reconocer que no hay nada de malo en conseguir que las personas, en una sociedad, puedan prosperar en base a su trabajo. Ojalá logremos eso, cuanto antes mejor. Ahora bien, para ese estado de cosas, las dichosas desigualdades no tienen por qué ser un acompañamiento sempiterno ni lacerante. Vamos a tratar de ilustrar esta tesis, y sus consecuencias, con las pizquitas de marxismo que se me han pegado por aquí y por allí.

Si usted mira a la sociedad sin ojos de explotador, reconocerá que la mayoría de las personas tienen una capacidad más o menos estándar para el trabajo. Y a casi nadie, en realidad, le gusta trabajar; se hace para ganar dinero. Si a las personas les gustara trabajar, así espontáneamente, entonces ya habría aparecido quien cobrara por proporcionar trabajo. Ah, que hay quien tiene más capacidad y quien tiene menos, es cierto; cuando se resuelven decorosamente las necesidades en base al trabajo, habrá quien le cueste más esfuerzo alcanzar resultados parecidos a los que alcancen otros. Habrá quienes conseguirán un poco más, y quienes consigan un poco menos. Pero esas desigualdades no serán tan profundas, no serán tan dolorosas; se referirán seguramente a algunos aspectos materiales no trascendentales que, en un plano espiritual, no tendrían porqué tener mayor repercusión. No producirían discriminaciones. De hecho, es posible que activen mecanismos movilizativos de la fraternidad y la solidaridad colectivas. Estos últimos mecanismos tendrían, por supuesto, la mayor repercusión en la atención a personas que, por discapacidades de mayor severidad, encuentren sus capacidades productivas más limitadas. Damos por sentado que las personas jubiladas gozarían de la protección ganada durante su vida laboral, y que estudios de calidad serían un derecho al alcance de todos.

Por otra parte, no es factible, al menos en las circunstancias de nuestro país hoy y en el futuro cercano, señalar que las personas de mayor calificación académica ganarían mucho más que los trabajos más sencillos. Los profesionales nos encontramos sólidamente instalados en el sótano de la pirámide económico social cubana. Allí parece que estaremos por largo rato; puesto que no parece que nos vayan a empezar a pagar en dólares ni nada por el estilo, aparte de algún aumentico o migaja que nos puedan soltar. Más bien tendríamos que descalificarnos un poco, a ver si alcanzamos los estándares de los tarimeros de mercados agropecuarios, plomeros, albañiles, camareros de hoteles y otros trabajos de mayores remuneraciones.

Sin embargo, esto no quiere decir que vivamos sumidos en el odio hacia estos últimos personajes. En una sociedad con libertades económicas razonables, las ventajas temporales de estos gremios atraerían un número creciente de practicantes. Una mayor oferta bajaría las ganancias y, poco a poco, se alcanzaría un equilibrio distinto, entre el valor social del aporte de esas personas y su reconocimiento a través de la respectiva remuneración. Las desigualdades que favorecen hoy a estas personas son, en última instancia, hijas de su esfuerzo y de una dosis de maraña de la que pocas personas en general están exentas; pero esta última prospera, sobre todo, por las anómalas condiciones de la economía de este país, gobernado de una manera disparatada. En estas condiciones, uno puede tener cierta envidia pero no se encuentra, para reprochar, nada más que no tener la oportunidad de no cobrar en la misma moneda.

Sin embargo, una campaña sistemática intenta acostumbrarnos a la idea de aceptar la coexistencia con futuras diferencias ¿de estatus? ¿de clase? que hoy, todavía, se considerarían intolerables. Y yo no creo que se refieran a las mismas que comentamos unas líneas más arriba, casi angelicales al lado de las verdaderas, lacerantes, intolerables desigualdades que no son, como bien debería saber todo aquel que presuma de marxista, las que surgen entre personas que viven de su trabajo, sino las que elevan a los que usufructúan el fruto del trabajo de los demás. Nadie se hace millonario mediante su esfuerzo, por más maraña que le sume –aunque algunos puedan alcanzar un nivel de consumo elevado–; solo el apoderamiento de una gran cantidad de trabajo ajeno permite un grado de diferenciación verdaderamente desequilibrante.

¿Será para una situación así, para la que nos desean preparar hoy? De hecho, se conoce que sus acomodados ha habido, que sufragaron muchos viajes, vehículos y mansiones con los recursos nacionales desde la época de la economía planificada –solo que antes eran más discretos. No acumulaban capital en el sentido económico del término, más bien se aprovechaban de sus potestades al administrar instituciones y flujos dentro del entramado burocrático del Estado. Una posibilidad es que se hayan cansado de disimular. La mayor posibilidad, empero, es que se preparen para quitarse la careta; capitalizar sus posiciones, poderes e influencias hasta proclamarse empresarios del “modelo cubano de socialismo”; –maquillaje de hoja de parra para futuros capitalistas nacionales– y dedicarse a explotar simple y llanamente a Liborio, en colaboración entusiasta de los nuevos amigos que han hecho en China, Brasil y otros lugares.

Aquellos que hoy calculan quedar arriba, nos recomiendan aceptar mañana las desigualdades que crecerán entonces hasta un grado nunca visto por acá en los últimos 50 y tantos años; en una especie de recomendaciones fatalistas para disminuir las resistencias y lubricar la transición. Sin la existencia de una oposición revolucionaria y socialista, les sería más fácil enraizar un sistema explotador y acumular el capital que marcará las diferencias sociales definitivas dentro del país. Pueden contar con los sindicatos oficiales como fieles aliados de las administraciones; con la colaboración de todos los medios masivos de comunicación; de las retóricas economicistas de los Miguel Limia y compañía, tan armónicas con las recetas del FMI; con la imagen de progreso que proyectan en sus etapas iniciales las inversiones de los monopolios como Odebrecht, Repsol, Lenovo y, si se pudiera, también de los oligarcas cubano americanos; en fin, con todos los recursos de reproducción ideológica dedicados al machaque del cerebro de la ciudadanía local.

Espero que queden en Cuba bastantes marxistas como para perfeccionar estos rudimentarios apuntes míos, y denunciar una cantinela adormecedora de la conciencia nacional. Vamos a ver también si, cuando se acreciente más y más la brecha entre las personas trabajadoras y los nuevos explotadores, cada vez más evidentes, va a ser posible imponerla como “el orden natural de las cosas”.

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