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Por Erasmo Calzadilla
De niño me fascinaba el deporte; quería ser como Casimiro Suárez, aquel bailarín de las anillas que deslumbró al mundo en los tempranos 80.
Los adultos me aseguraban orondos que nuestros deportistas de alto rendimiento no eran profesionales (como en el capitalismo) sino amateurs. Luego comprendí que entrenar a tiempo completo, prestigiar al régimen y mantener hipnotizadas a las masas era y es su auténtica profesión.
Antes del Período Especial Cuba ganaba muchos trofeos. La presilla de la dictadura apretaba más que ahora pero la gente la sufría menos; en parte porque, gracias a ella, el orgullo nacional andaba de gira por las estrellas. Teofilo Stevenson y Alberto Juantorena nos mantenían subyugados a la pantalla mientras un demente irrefrenable deconstruía la República.
Me dio tanta rabia descubrir como El Campeón utilizaba a los campeones (a menudo con el beneplácito de estos) que llegué a saborear cada una de ?nuestras? derrotas en torneos internacionales. De viejo he comprendido que no hay que echar al niño junto al agua sucia.
Actualidad
El deporte cubano profesional yace sumido en una profunda crisis. Para muchos la solución es sencilla: eliminar las prohibiciones (a tono con los cambios raulistas) y permitir que nuestras estrellas sintonicen con el mundo globalizado. Yo opino diferente, creo que debemos aprovechar el bache y dar un timonazo hacia un deporte de orientación verdaderamente social. Razones económicas, políticas y hasta geológicas(El pico de todo) invitan a cambiar radicalmente el rumbo. ¿Cómo hacerlo?
Podríamos empezar renunciando de a cuajo al deporte profesional; quien desee seguir esa senda que vaya por su cuenta, no representando a la nación.
En concordancia con lo anterior, el INDER y el resto de las instituciones deportivas estatales deberían interrumpir su proyecto de ?producir? superestrellas y concentrarse en promover el deporte a nivel de barrios, escuelas, centros de trabajo y cárceles.
Pero claro que no basta con abjurar del profesionalismo y redirigir el presupuesto, habría que refundar el deporte desde sus cimientos; rechazar los paradigmas y estándares diseñados por quienes han hecho de la actividad un gran negocio; buscar una nueva inspiración allí donde la alienación no ha contaminado.
Refuerzo mi idea con un testimonio necesitaba por cuestiones de salud practicar un deporte. La madre lo instó a matricularse en Lucha Greco por ser, de las opciones disponibles, la más ?económica?. El muchacho es bueno, ha ganado algunas competencias, pero ha estado a punto de renunciar por lo caro que resulta el módulo de vestuario que le exigen en los torneos.
Sin embargo en Islas Canarias, patria de la mitad de nuestros abuelos, se practica un estilo de lucha que presume de modesta y espiritual. La Lucha Canaria no precisa de colchón, tabloncillo ni vestuario especial (productos muy difícil de conseguir acá); basta un terreno circular cubierto de arena y una soga perimetral. ¿Por qué nunca se nos ocurrió implementarla cuando todo se vino abajo? ¿Mentalidad colonizada a prueba de hambruna?
Pero hablemos de pelota
La Serie Nacional de béisbol constituye hoy por hoy un foco de conductas y valores indeseables: desde chovinismo y violencia hasta competitividad de la peor calaña. No importa las medidas que se tomen, las broncas a batazo limpio entre los peloteros son cada vez más frecuentes.
En todos los barrios de este país se juega pelota ?al duro?, con voltaje pero sin violencia, rencores ni odios. ¿Cómo conseguir que sea ese y no otro el espíritu de la serie nacional? Una buena idea podría ser conformar la novena con verdaderos aficionados, gente salida de abajo dispuesta a jugar por puro placer. Y que también participen mujeres; que ya hay demasiada peste a guapo y a macho rancio en el deporte cubano.
Conclusión
Convencido estoy de que semejante iniciativa (como la de una Habana libre de automóviles) no será bien recibida por la mayoría. Tampoco gustará a los altos funcionarios y decisores que viven de la explotación de los profesionales. No gusta, pero de todas maneras habrá que cambiar, porque la economía mundial se viene abajo y el deporte actual es demasiado caro. Si no perecemos en el intento tendremos que reconfigurar el sistema y seguir jugando.

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