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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Con bombo, platillo y discurso del presidente cerró el XX congreso de la central sindical cubana, CTC. Algunos vistazos y análisis sencillos alcanzan para percibir el porqué de la inutilidad supina de aquella institución supuestamente de las personas trabajadoras de este país.

Los medios oficiales reflejaron las facetas escogidas por los dirigentes para centrar el debate: los sempiternos temas organizativos; los afanes de elevar la productividad en los puestos de trabajo; la representatividad de la afiliación por parte de la organización, y las maltratadas cuestiones del trabajo “político e ideológico”.

La primera pista sobre las razones del gran ridículo la da el hecho de que, entre las cuatro bases mencionadas, apenas una pueda despertar algún atisbo de interés en una membresía preocupada por lo que van a poner en el plato de comida familiar, cada noche. Y esa en particular, la de la representatividad de la CTC, está tan desacreditada que se une a las otras tres, como una gota más en una llovizna anodina. Triste realidad, un país en crisis económica y el derroche de recursos en la organización de un cónclave de monumental irrelevancia.

Obviamente, muchas voces volvieron a clamar desde las bases por el aumento de los salarios. Existen, incluso, algunos indicios esperanzadores de que el Estado, al fin, aumentará levemente los risibles estipendios –que no salarios– que devengamos sus “pobretarios”. Como era de esperar, todavía los dirigentes pretenden condicionar esta medida de alivio al incremento de la eficiencia, de la producción, de sacar más del sudor de Liborio. De hecho, cuentan para esta tarea con el apoyo incondicional del aparato de la CTC. Por momentos, pareciera que esta es la principal contradicción en la sociedad cubana, por lo menos del mundo laboral. Ganancia de la empresa vs remuneración de la clase trabajadora: miren el conflicto ahí y, si quieren, distráiganse en el apoyo a uno u otro bando.

Sin embargo, esta estancia superficial es solo un atisbo del verdadero conflicto; el enmascaramiento de la contradicción de fondo que se puede descubrir con la aplicación de un marxismo tan elemental como el que está a mi alcance. El meollo del asunto está, como bien lo sabe el economista Triana, en el tema de la propiedad de los medios de producción. En la contradicción entre el carácter social del trabajo y el carácter nada social de la administración de la actividad económica, de la cadena productiva y de la apropiación de los frutos del trabajo.

Mientras la discusión no profundice más allá del nivel de la cuantía del salario, se permanecerá en un estadio idéntico al de la clase trabajadora de cualquier país capitalista. Está bien, no cualquier país capitalista, solo cualquiera que haya implementado sistemas de salud y educación universales y gratuitos; no son muchos, pero sí hay unos cuantos. Con la diferencia de que aquellos lo lograron después de haber alcanzado un alto desarrollo económico y nosotros, como se sabe, no salimos de la precariedad. Y por causa de nuestro mismo subdesarrollo, además de pocos bienes y servicios de consumo, se torna utópico satisfacer las exigencias imperiosas de mejoramiento de nuestros bastante maltratados salud y educación.

Los voceros oficialistas, o ignoran olímpicamente al marxismo para recomendar sus recetas de liberalización, o lo reducen a la obediencia dentro de un sistema unipartidista y contrapuesto a un pérfido enemigo externo –que no es menos cierto que también existe. Es por ello que dan un traspié detrás de otro, y no logran explicarse la falta de compenetración de la dirección político-social de hoy con la población trabajadora; la refractariedad a las convocatorias; el desinterés por aportar energías, sentimientos, vidas, en fin, la enajenación que se ha provocado. Con mentalidad de esclavistas o capitalistas victorianos, consideran que la “plebe” solo es buena si se le obliga a ser productiva por los medios que sean necesarios; que hay que vigilarlos continuamente para que no roben y que cada inversión en ella es un subsidio demasiado oneroso. A continuación, no se explican por qué Liborio se niega a “trabajar para el inglés”. Ni, tampoco, por qué no se molesta en velar por los intereses y proteger los recursos del patrón.

La intervención del compañero Ulises Guilarte de Nacimiento fue una flagrante muestra de esta incomprensión. Al menos, en la versión resumida que aparece en la edición especial del diario Trabajadores de este domingo, 23 de febrero, se refiere que comentó “la participación de los trabajadores en la batalla económica, las limitaciones que provocan baja productividad y los problemas del salario” –qué gentil de su parte acordarse de esto último –; y se lamentó por que los trabajadores no son suficientemente combativos ante aquella parte de la corrupción, ilegalidades e indisciplinas –las que molestan a los de arriba.

En el grupo de las intervenciones reseñadas por el rotativo, se encuentran numerosas resonancias con el proyecto burocrático corporativista, el de poner a los empleados en la misma sintonía de la clase que los emplea. No caben dudas de que esto redunde en el mayor gusto y provecho de gerentes, administradores, funcionarios. Para los que sudan torsos o sesos, cabe la esperanza de tímidas mejoras en sus condiciones de explotación. Algunos miembros de la interesante y compleja clase de “trabajadores por cuenta propia” cantaron sus cuarenta, para lo que les pueda servir. También parecen haber aprovechado la oportunidad de callar respecto a las necesidades y particularidades que tendrá un movimiento sindical legítimo, en escenarios emergentes y de tanta repercusión como las grandes inversiones extranjeras que ocurren en la industria azucarera, la zona franca del Mariel y otras por el estilo.

No fue decepcionante el contenido de este Congreso, porque nadie esperaba más que lo que produjo. Si había algún militante marxista, algún auténtico socialista presente, no le habrán dejado alzar la voz. Como mínimo, se habría planteado la necesidad de hacer reales la propiedad de los trabajadores sobre los medios de producción, llámese empresas, talleres, industrias, hoteles… con los derechos de autogestión, autoorganización, gerencia obrera. Se habrían lanzado estrategias para el fortalecimiento de un movimiento cooperativo auténtico, libre, sin ataduras burocráticas, como la verdadera y suprema forma de organización de la vida laboral en el socialismo. Se habría dado el espacio que demanda al fortalecimiento de los imprescindibles lazos solidarios entre todos los grupos de trabajadores y vecinos de un país donde no se desea ver florecer el egoísmo y el sálvese el que pueda. Bueno, este servidor no lo desea y espera que sus amables lectores y lectoras tampoco.

Las personas revolucionarias presentes en una reunión de trabajadores, con ideas marxistas en la cabeza y los pies en la tierra cubana, se habrían pronunciado con respecto a la situación de aquellas otras personas, de piel oscura; respecto a la situación de las mujeres; y la necesidad de enfrentar de manera decidida, posibles prácticas discriminadoras en los escenarios de racionalizaciones y despidos que se avecinan. Justamente, el proyecto socio comunitario, Cofradía de la Negritud, dirigió una carta al compañero Ulises Guilarte, con un llamado a los delegados del evento a manifestarse “con claridad y vigor su rechazo y condena a la práctica de la discriminación racial en el ámbito laboral de cualquier sector”. No trascendió alguna iniciativa semejante por parte de la Federación de Mujeres Cubanas u otra institución afín. En cualquier caso, el aparato burocrático conductor del evento mantuvo la puesta en escena firmemente dentro de un guión previamente establecido, que evitó cualquier momento refrescante, renovador, revolucionario.

Y para ponerle la tapa al pomo, el compañero presidente Raúl Castro cerró con un discurso con perlas del tipo “La CTC y sus sindicatos deben concentrarse en lo esencial, que es ejercer su actividad en interés de la implementación exitosa de los Lineamientos y desarrollar un trabajo político-ideológico diferenciado y abarcador en defensa de la Unidad de los cubanos”. Acábense de convencer que la representatividad y la defensa de las personas trabajadoras no son los objetivos de la CTC, qué va, por el contrario, si la labor sindical, según el presidente, debe despojarse de la “vieja mentalidad”, que para aquel significa “años de paternalismo, igualitarismo, gratuidades excesivas y subsidios indebidos”. Con sindicatos como ésos, el Estado podrá ahorrarse los salarios de las administraciones. Con esa ideología pro – patronal, me pregunto, a quién le pago yo mi cuota de afiliado.

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