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Por Rogelio M. Díaz Moreno

En estos últimos tiempos, el gobierno cubano está de lo más contento o, por lo menos, sus medios de prensa trasmiten esa sensación, con unas noticias que en otros tiempos resultarían muy inusitadas.

Sitios como Cubasi y Cubadebate publican, eufóricos, detalles sobre la cantidad y magnitud de negociantes brasileños, chinos, mexicanos y de otras nacionalidades interesados en asentar negocios en la Zona Franca del Mariel. El mes que viene, el Parlamento cubano se reunirá en su primera sesión extraordinaria de la historia, para aprobar una nueva Ley de Inversión Extranjera. Los hombres de negocios estadounidenses y cubanoamericanos intercambian besitos con la cancillería en La Habana.

Recuerdo cómo me molesté mucho con una de esas noticias, relacionada con las obras del Mariel. El periodista refería, muy campante, cómo se había mandado a técnicos cubanos a Brasil, con los que más saben de esas cosas, para aprender de tecnologías y metodologías empleadas en la construcción de las obras que se iban a construir en el megapuerto cubano. Pocas líneas más abajo, se comentaba que la administración portuaria de las instalaciones cubanas (o cubano-brasileñas, o brasileño-cubanas, en realidad no sabemos) iba a ponerse en manos de una empresa de Singapur, porque era también de la que más sabe de esas cosas. El periodista no notaba ningún aire extraño en lo que exponía, pero yo me pregunto: ¿no podemos mandar Liboritos al extranjero –por ejemplo, a Singapur–para que aprendan a administrar y dirigir nuestros puntales económicos, pero sí podemos mandarlos a Brasil, donde aprenden a construir aquello que se va a poner luego en manos de otros?

Entre tanto, se publican notas sobre empresarios muy interesados en venir acá a “invertir” y que vienen en grandes grupos. Ahora cabe preguntarse – pero ningún periodista oficialista lo hace– ¿no son acaso estos mismos compañeros señores, los capitalistas que tienen sus maquilas en México, Centroamérica, China, el sudeste asiático? ¿No se supone que, como socialistas, como revolucionarios, estemos, como mínimo, preocupados por las prácticas explotadoras que los caracterizan?

¿Tenemos que suponer, tal vez, que producir acá en Cuba, para estos inversores, implicará algún tipo de ventajas tan significativa, que están dispuestos a no aplicar sobre los obreros y obreras cubanos, los mismos estándares de explotación que imponen en otras latitudes? ¿Cómo lo sabemos, cómo podemos saber si el balance de ventajas y desventajas será aceptable para los y las de abajo? ¿Cuándo se va a abordar ese tema?

Con toda la discusión pública del nuevo proyecto de Código Laboral, se evidenciaron grandes lagunas en la protección de la clase trabajadora. Imagínense ustedes lo que traerá una Ley de Inversión Extranjera que no pasó por el mismo proceso de escrutinio y cuestionamiento nacional, sino que se va a aprobar de manera expedita en el próximo mes de marzo. Tal vez los compañeros señores ya conozcan los pormenores de la dichosa ley, y por eso están tan contentos.

Algunos funcionarios cubanos se ufanan, y se publica, porque el carácter de la Zona Franca será tal, que la legislación e impedimentas burocráticas que rigen en el resto del país no afectará la actividad de los empresarios allí establecidos. Qué maravilla, eh. Cuánta libertad, para el capital. Me pregunto yo, una vez más, si eso no implicará también algunas potestades que ya no le van a convenir tanto al que deje su sudor en esas maquilas para enriquecer al inglés, o más bien al chino, al brasileño y a cualquier otro capitalista.

Capítulo aparte merecería el sector azucarero. Puede que haya hasta quien piense, de buena fe, que Odebrecht representa a un grupo de capitalistas brasileños “buenos”, en cuyas manos vale la pena poner los centrales cubanos que, de cualquier forma, el estado cubano es incapaz de administrar de manera racional. Sin embargo, cuando uno mira al Nordeste brasileño –con su polo azucarero–, cuando se recapàcita que en ese tremendo, hermoso, potente país, coexisten la opulencia y la miseria en los lados opuestos del contraste más dramático de este continente, tal vez surjan algunas dudas. Y si fuera por el gobierno de aquí, ese no sería el extremo, no, mi estimado o estimada lector o lectora.

Por que, lo que es este gobierno, parece que no se va a detener en ninguna línea cuando se trate de buscar capital. Ahora los invitados de moda son los herederos de los centrales azucareros nacionalizados en los primeros años de la Revolución, los Fanjul y compañía… que estén dispuestos a perdonar, tal vez aceptar alguna reparación, y volver a aportar financiamiento, mercados, lo que se necesite para sacar a flote “la economía”. Pero, ¿no será “la economía” desde el punto de vista de dueños, funcionarios, gerentes, vaya, la burguesía vieja y nueva? Las malas lenguas señalan que las instalaciones azucareras estadounidenses y de cubanoamericanos en República Dominicana y otras áreas de América Latina, no han mejorado mucho los estándares de explotación draconiana que, según recuerdo de mis clases de historia en la escuela, lacraban el campo cubano y que, supuestamente, superamos con la Revolución. ¿Será que en el gobierno nuestro no queda un ápice de conciencia de clase? ¿O que sí existe, y bastante, pero no de la clase que yo querría?

Que conste que yo creo que la reconciliación nacional es necesaria; que la normalización de relaciones entre diáspora y permanecidos es un fin digno de sacrificios; también de las ventajas que pueden traer las posibilidades de interacciones económicas. Pero, definitivamente, esto no puede llevarse a cabo sin mucho cuidado. Si se ignora que, lo que sea que exista por acá, pretende constituir una alternativa a las relaciones capitalistas, de explotación y demás, pronto no lo será más.

Si los Fanjul, los Gómez Mena, los Julio Lobo y demás desean venir, conversar, intercambiar, explorar posibilidades mutuas, désele la bienvenida cortés propia de personas civilizadas, que compartimos mucho más que idioma, origen, hasta sentido de pertenencia a un terruño; pero no confío, para establecer los términos de las nuevas relaciones, en el gobierno que despoja a los médicos del 80% de lo que se paga por sus servicios médicos en el extranjero. Que venga enhorabuena “Alfie” Fanjul, y llegue hasta los centrales que fueran de su familia; que le exponga a los trabajadores y trabajadoras cubanos lo que se propone. Que estos trabajadores sean entonces los que negocien con él, los que tomen la decisión en base a un análisis colectivo entre ellos, sin que pierdan nunca las potestades sobre un medio de producción y vida socialista tan trascendental para sus vidas y la esencia misma de la nación cubana, como lo es la industria azucarera.

Perdón, de qué hablo: no se puede perder lo que no se tiene. Esas potestades pertenecen al estado-gobierno y su casta privilegiada de funcionarios-gerentes-burócratas. Se las venderán a Fanjul, por un plato de lentejas, por treinta monedas, por lo que sea. Habrá que rogar y esperar que este Fanjul tenga buen corazón y trate mejor a los empleados en el siglo XXI que a aquellos de antes de 1959. Como los que pongan las inminentes maquilas en el Mariel, los que compren a perpetuidad instalaciones inmobiliarias con su servicio doméstico, y como todos los demás compañeros señores, capitalistas extranjeros a los que se les vende este país a pedacitos.

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