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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Se me ocurren una o dos frases duras, poco adecuadas para publicación. Lo pienso mejor, mientras rechazo la tristeza que trata de ganarme. Los mayores molinos que embestía Alonso Quijano no eran los de aspas y piedras, sino los de la estupidez humana, o los de la sinverguenzería.

Nuestra prensa, nuestra bendita prensa. Esta captura de pantalla la hice este 4 de febrero en la página del sitio http://www.cubasi.cu. Después se preguntan por qué no funcionan las campañas de promoción de buenos hábitos de salud y hasta de convivencia cívica, sí, por el aquello de que te fumen a tu lado, cuando uno tiene una sólida repulsión por el desgraciado humito. Si ni ellos mismos se las creen ni toman en serio.

Por supuesto que también abundan en la calle, los tolditos y las propagandas de Brascuba y Holliwood. El consumismo paga, el hábito de consumir la droga legal del tabaco vende bien, y las corporaciones propiedad total o parcial del estado cubano están para hacer dinero. Lo único novedoso en esta imagen es el grado tan alto de unidad que se ha encontrado, capturada en una pantalla, de la flagrante contradicción. Las instituciones de corte social, pobrecitas ellas, no tienen capacidad o voluntad para enfrentar los poderosos monopolios económicos de la clase corporativa cubana. Ni por las vías legislativas, ni por medio de campañas mediáticas, valientes, que enfrenten realmente al promotor más entusiasta y letal de la enfermedad.

Y yo, ingenuo, que no logro entender cómo es que en los portales, las aceras, las áreas adyacentes al mismísimo hospital oncológico donde trabajo, pacientes, acompañantes y más de un trabajador prenden, deleitados, sus cigarros.

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