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Por Rogelio M. Díaz Moreno

En nuestra opinión, el discurso de actualización del modelo cubano de socialismo no engaña ya ni al más incauto. El gobierno aún lo repite, ya sea por reluctancias inherentes a divisiones internas o por no haber reunido todavía la desfachatez necesaria para dar el gran salto. Esto no quita que se avance, entretanto, en la creación y consolidación de las condiciones ideológicas y materiales para la transición.

Miren qué ejemplo más lindo tenemos por estos días de reunión internacional. Todos los medios y vocales del sistema entonan loas a la reunión de los presidentes de Latinoamérica y el Caribe, agrupados en la CELAC, en pachanga de cumbre habanera. Las cabezas gobernantes del continente, sin los Estados Unidos, hacen su evento y se dan abrazos y palmaditas. ¿Se puede tener algo en contra de esto?

Pues sí se puede. Independientemente de que vengan, en ese grupo, personas y representantes de realidades que uno puede respetar y hasta admirar, no se necesita mirar muy profundamente, para enfriar un poco el entusiasmo. Por ejemplo, ¿alguien se acuerda de un tal Manuel Zelaya, de lo que le pasó en Honduras, país de donde era presidente? Será que ha pasado tanta agua bajo el puente, que ya nadie se acuerda que ciertos poderes, mimados por la embajada de los Estados Unidos, lo depusieron con un golpe militar que mucho se repudió en Cuba y el resto de América Latina. Ahora, esos mismos poderes son los que envían a su representante, a recibir tratamiento de alfombra de gala.

¿Y se acuerdan de aquel otro expresidente, también exsacerdote, el paraguayo Fernando Lugo, y lo que le pasó? La manera irregular en que lo depusieron le costó a Paraguay, temporalmente, la membresía del Mercosur, pero tal vez debamos pensar, qué importa, esas son cosas de la vida que se deben olvidar. Ahora lo importante es recibir a sus relumbrantes sucesores, que tienen el poder y con los que queremos llevarnos bien. Y si viene el mejicano Enrique Peña Nieto, lo principal que se debe tener en mente es que nos perdonó el 90% de la deuda cubana con su país. Su complicidad en la matanza de Atenco, el encubrimiento de la atrocidad por sus compañías nacionales de telecomunicaciones y la subsiguiente campaña de denuncia #yosoy132, parecen ser rumores que no han llegado al periódico Granma. Como tampoco importa que haya impulsado una campaña de reforma constitucional que, denuncian muchos en Méjico, abre las puertas a la venta de la empresa estatal de Petróleos Mejicanos, Pemex. Con un poco de suerte, comprará a cambio un buen pedazo de Cubapetróleo.

En esta ocasión se reúnen, como suele suceder, muchos elementos. Por una parte tenemos la falta absoluta de consecuencia del gobierno cubano, que un día manda a sus medios a condenar acontecimientos y sujetos, y al siguiente condona despreocupadamente lo que criticó antes con la mayor vehemencia. Colateralmente, se aprecia el irrespeto a la ciudadanía, a la que se le censuran, manipulan y escamotean informaciones, en pro de crear una matriz de opinión favorable. Se revela, como siempre, el papel ovino de la prensa estatal, muda de crítica, mutilada de conciencia.

Eventualmente, se impone un poco de clarificación de la posición de este servidor. No estoy ciego a la importancia de la cumbre de la CELAC, y lo que significa para la consolidación de la situación política y comercial de los países que la integran. Dejar de participar o de explorar sus ventajas sería contraproducente.

Mi punto tiene que ver con que, de entre los gobiernos de esos países, sólo el cubano afirma conducir una revolución y un sistema socialista. No es que yo me lo crea pero, para el interior de nuestra sociedad, eso debe implicar una diferencia. En sus cuerpos pensantes, en su ágora intelectual que puede y debe incluir a todas las personas que trabajen ya sea de periodistas, en fábricas o campos, en sus casas, escuelas u hospitales, etcétera, no debería aceptarse la mentalidad de amor interclasista a la que nos empujan. Como buen culebrón de telenovela, el mensaje pretende entrar de contrabando, sembrar la idea del capitalismo bueno sin reconocerlo explícitamente, bien lejos del lenguaje explícito y el reconocimiento de la existencia de la lucha de clases y nuestras posiciones respectivas en ella.

En el mundo globalizado deben existir maneras de interactuar y explotar las ventajas de las relaciones mutuas, sin perder la postura crítica ni volverse cómplices de los flagelos y los abusos característicos de la dominación capitalista en otras naciones. La actitud adoptada por el gobierno cubano y sus pensadores asalariados no intenta seguir ese camino ni promoverlo en la sociedad cubana. Esto demuestra, de nuevo, que sus objetivos no son para nada diferentes de las clases dominantes de esos otros países, con las que se encuentran tan carnalmente acomodados.

Recordemos las enseñanzas de los viejos y nuevos revolucionarios de todo el mundo. La solidaridad y la cooperación más efectiva son las que establecen lazos entre las masas trabajadoras de todas las naciones. Entre 1917 y 1918, por poner un ejemplo, la solidaridad, las presiones, las huelgas masivas del proletariado de Europa Occidental tuvieron tanto peso como las victorias del Ejército Rojo, para obligar a la Entente a retirar sus tropas que intentaban ahogar a la naciente revolución bolchevique. En los salones protocolares VIP de las élites, puede que se concierte cómo sacar mejor partido de los negocios para ellos mismos. Entre el cortador de caña cubano y la costurera de maquila hondureña; el médico cubano en el altiplano andino; los y las cooperativistas argentinos y venezolanos que ocupan las empresas paralizadas por los patrones; allí, en las humildes bases y comunidades, residen los cimientos y las posibilidades de las más potentes uniones con fines verdaderamente nobles y solidarios.

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