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Por Pedro Campos
La revolución socialista es  el avance del proceso social hacia la democratización y socialización de la política y la economía en la época capitalista; el cambio en las relaciones de producción asalariadas, que caracterizan al capitalismo, hacia el predominio del trabajo libre asociado de tipo cooperativo-autogestionario.
Este proceso nace en el seno del capitalismo y se va extendiendo paulatinamente.
Las revoluciones políticas en esta época, que generalmente han conllevado cambios de gobierno, no han desembocado en revoluciones socialistas en sentido marxista por las confusiones introducidas por el llamado “marxismo-leninismo”, en verdad su versión estalinista, en torno al papel de los trabajadores, el estado, la democracia, los derechos humanos, el partido, el mercado, la planificación y las relaciones de producción. Esto ha sido ampliamente  tratado en anteriores escritos del autor y de otros muchos socialistas contemporáneos.
En Cuba, desde fines del Siglo XIX, ya venían desarrollándose  formas asociativas libres por los trabajadores, como las cajas de ahorro y retiro y el trabajo libre individual. Ya a principios del XX aparecen pequeñas cooperativas  y luego importantes asociaciones mutuales en la medicina, se forman cooperativas en sectores como la pesca, la fabricación de zapatos, la agricultura y el transporte (Ómnibus Aliados) y hasta una cooperativa entre los trabajadores del aeropuerto de La Habana para construir viviendas y mercados para sus trabajadores (ACTIA, Asociación Cooperativa de Trabajadores de la Industria de la Aeronáutica).
En 1959 tiene lugar el triunfo de la Revolución Popular, apoyada masivamente por el pueblo cubano. Aunque el Programa del Moncada tenía contenidos socialistas pues promovía el cooperativismo y la participación de los trabajadores en el 30 % de las utilidades de las empresas, el gran movilizador social común que la impulsó fue el propósito de restaurar el sistema  democrático interrumpido por el golpe de estado de Batista en 1952 y la restitución de la Constitución Democrática de 1940, pisoteada por el dictador
Los Comandantes  guerrilleros de la Sierra Maestra, encabezados por Fidel Castro, que capitalizaron aquel triunfo popular,  no restauraron el proceso democrático ni la Constitución del 40 y priorizaron un conjunto de reivindicaciones socioeconómicas de amplia demanda popular.
Los desacuerdos en el seno del gobierno provisional, el  Movimiento 26 de Julio y el gran frente amplio anti batistiano, no se hicieron esperar. Surgieron así los primeros grupos opositores acusados de contrarrevolucionarios por la dirección guerrillera que, en pocos meses, controlaba todas las palancas fundamentales del gobierno. A partir de entonces toda disidencia fue considerada traición y comenzó la interpretación sesgada sobre derechos civiles y políticos.
Las apropiaciones  de haciendas, empresas, mansiones, autos y bienes malversados por altos representantes del gobierno batistiano, seguidas de la Reforma Agraria, concentraron en aquel gobierno ya encabezado por Fidel Castro, una gran cantidad de recursos económicos y tierras que convirtieron rápidamente al estado en el empresario fundamental del país.
La burocracia del viejo estado, empezó a ser sustituida por otra “revolucionaria” que debía administrar todos aquellos negocios, ninguno entregado a los trabajadores.
La centralización y estatización de la economía y la vida política del país se aceleraron a  mediados de 1960 con los primeros pasos para la formación de las ORI, Organizaciones Revolucionarias Integradas, que aglutinaba a lo que quedaba del 26 de Julio, el 13 de Marzo y el PSP. La dirección quedó formada por los cuadros principales de esas tres organizaciones, con predominio del viejo Partido Socialista Popular, de corte neo-estalinista y los “radicales” del M-26-7.
Para entonces, las grandes nacionalizaciones, debería decirse estatizaciones, del gran capital norteamericano , la agudización de las contradicciones con EEUU y el acercamiento económico y militar a la URSS y el Campo Socialista, iban creando las condiciones para una “profundización socialista”   del proceso revolucionario cubano en la cuerda tradicional “rusa”.
Luego de la declaración del “carácter socialista” de la revolución, en vísperas de la esperada invasión de Girón, la derrota de la agresión y la decisión del Presidente Kennedy de no apoyarla  directamente con las tropas norteamericana, quedó sellado el triunfo de la concepción  “marxista leninista” sobre las otras fuerzas que integraban el proceso revolucionario. Desde entonces EEUU decidió que el mejor aporte del gobierno de Cuba a Occidente, era hundirse por el peso de sus propios errores y no facilitarle caer como mártir en combate contra el gran vecino del Norte.
El camino quedó expedito para la implantación de la “dictadura del proletariado” al estilo ruso, el estrechamiento de una alianza estratégica con la URSS y su socialismo “real”, la aplicación de la estatización máxima de la economía y la instauración del control total del gobierno/estado/partido por un grupito autodenominado vanguardia de la revolución, cuyas decisiones eran acatadas incondicionalmente. Situación que perdura hasta nuestros días.
La crisis de octubre de 1962, desatada por el establecimiento de cohetes rusos nucleares en Cuba  fue el catalizador que desató el criminal bloqueo norteamericano aún vigente, justificación del gobierno/estado/partido  para todos sus desastres económicos  y políticas antidemocráticas.
Fue en el transcurso de ese proceso donde se confundió la Revolución con el gobierno, el partido y sus líderes, pues la adoptada concepción “marxista leninista” del socialismo  lo entendía como la obra de un estado todo-poseedor y todo-decisor, con una vanguardia al frente, que en nombre del pueblo, la clase obrera y el socialismo,  administraba la economía y la política del país.
Con aquella centralización del poder político y económico, en lugar de democratizarse la política y de socializarse la economía, ocurrió todo lo contrario: la política y la economía se concentraron como nunca y,  en la práctica, la Revolución de 1959 que podría haberse convertido en una verdadera revolución socialista, se transformó en su contrario. Lo mismo que pasó en todas partes donde se ensayó el entuerto.
Nunca la elite burocrática entregó las empresas a los trabajadores. Nombró sub-burocracias  administrativas en todas las empresas estatizadas que siguieron funcionando asalariadamente. “Nacionalizó”  las cooperativas que ya existían. Estatizó las asociaciones mutuales que funcionaban en la medicina. Desactivó las cajas de ahorros de los sindicatos y estatizó sus bienes como el Hotel Hilton que no era propiedad de esa cadena con la que solo había un contrato de administración y pertenecía al sindicato de Gastronómicos de La Habana.
Luego de organizar las cooperativas cañeras en las tierras nacionalizadas al capital extranjero en 1960, en menos de dos años las desactivó y las estructuró como granjas estatales, convirtiendo a 100 mil cooperativistas en asalariados. Y para rematar la socialización de la propiedad y la economía que ya que existía en 1959, en 1968 con la llamada “ofensiva revolucionaria” estatizó miles de timbiriches y pequeñas empresas familiares.
Hoy ya no queda duda. Luego de la caída del campo socialista y la URSS y vista la llamada “actualización” con sus medidas de corte neoliberal, su pretendida alianza con el capital extranjero y sus aproximaciones inconsecuentes al cooperativismo y al cuentapropismo, el país no pasó jamás de un capitalismo monopolista de estado, donde un aparato burocrático administra la propiedad estatal, la economía, las leyes, los derechos del pueblo y continúa explotando el trabajo en forma asalariada, pagando sueldos cada vez más miserables a sus millones de empleados.
Esa  burocracia elitista político-militar autodenominada “gobierno revolucionario” ha ejercido el poder económico y político en forma absoluta, ha hecho lo que ha querido con todos los recursos del pueblo cubano y jamás entregó el poder real ni el formal a los trabajadores y al pueblo, estableciendo un sistema político amañado que la recicla en el poder.
Muchos consideran que Fidel Castro “utilizó” el llamado marxismo-leninismo para consolidar su poder personal y otros creen que honestamente pretendió la construcción socialista desde esa formulación. Para mí lo importante ha sido identificar los métodos y sus resultados desastrosos, que evidencian que lo hecho bajo este gobierno de 55 años, nada tiene que ver con el socialismo de Marx. Solo medios y métodos socialistas pueden dar por resultado una sociedad afín.
El 1 de enero de 1959 fue el triunfo glorioso del pueblo cubano sobre una dictadura. Lo que vino después se fue disociando cada vez más de la democratización y socialización del poder político y económico que implica la revolución socialista, enunciada y nunca concretada. Hasta hoy.
Es por tanto un error histórico y sociológico identificar la pendiente  revolución socialista cubana con el gobierno, el estado, el partido y los dirigentes de la revolución del 59. En todo caso, esa revolución implicaría la expropiación –para beneficio del pueblo trabajador y de todos los cubanos- del poder político y económico del que se han adueñado esa burocracia y su estado centralizado.
Viva Cuba Libre. Socialismo por la vida.

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