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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Todo parece indicar que, este lunes, nos despertamos bajo la égida del nuevo Código de Trabajo y algunas que otras nuevas circunstancias para la cotidianeidad y el horizonte cercano. Al menos, eso dio a entender nuestra prensa, si bien se me tornó algo sibilina, a partir del resultado de las últimas sesiones del Parlamento Cubano.

De hecho yo mismo vi, en un momento fugaz entre dos tandas de ropa puestas en la lavadora, la votación de la Asamblea que pudiera considerarse histórica; tanto por el proyecto legislativo de calibre mayor como por algún voto en contra de la acostumbrada unanimidad. Escuché también y leí comentarios, abstractos en su mayoría, sobre el cerca de un centenar de modificaciones realizadas al Anteproyecto del Código Laboral. No obstante, parece que la ley aprobada tiene que pasar por otra comisión que le arregle el lenguaje atendiendo a los criterios de género, le incorpore algunas cláusulas anti discriminación y ese tipo de “detalles”. Todavía tendremos que esperar un poco, entonces, para conocer la letra definitiva de la Ley que nos ¿rige?, ¿regirá?

Las notas optimistas del periodista Francisco Rodríguez me inclinan, mientras, a alegrarme. Tal vez toda la labor del Observatorio Crítico logró unirse a voces levantadas por todo el país, ya fuere por filósofos, educadores; trabajadores sencillos; minorías discriminadas; personas, en fin, preocupadas por los graves problemas que se percibieron en el documento inicial. De no producirse la profunda modificación del tal proyecto, los derechos de la clase obrera y la ciudadanía habrían sufrido dolorosos reveses.

Ahora bien, el problema es que no conocemos en realidad cuáles fueron las dichosas modificaciones. Sabemos que hubo –y se mantienen activas- personas tan retrógradas como para intentar obstaculizar la defensa y el ejercicio de los derechos básicos de otros seres humanos. Que se mantenga tras bambalinas la evolución, hacia su versión final, del Código que regirá nuestra vida laboral, es tan poco democrático como preocupante, dadas las tendencias liberalizadoras corrientes en nuestro Gobierno.

Luego de esto, considérese que incluso una legislación muy progresista será de escasa relevancia sin contrapartidas efectivas al poder hegemónico de un Estado empresarial neo capitalista, como el que puede surgir si no se desarrollan los componentes de control obrero, de gerencia y democracia de los trabajadores en la base de cada centro laboral y comunidad de este país. Ideas muy hermosas pueden quedar en papel mojado, pasto para pleitos leguleyos, si se establece y consolida el control sobre la economía cubana de una tecnocracia fusionada con los nuevos capitalistas privados locales y los grandes inversores extranjeros.

Con esto, retornamos al tema que ha salido varias veces a colación, el de la anunciada implementación del núcleo más “duro” de las reformas que el gobierno llama “actualización”. Con toda la decisión que habló –de nuevo- el general en jefe Raúl Castro, todavía los despidos masivos que tenemos en perspectiva no se pueden llamar de otra manera que Terapia de Choque. Si estoy equivocado -ojalá- sería fácil para el gobierno, por ejemplo, ofrecer garantías sobre seguridad en los empleos actuales, o sobre la cesión a los trabajadores y trabajadoras de poderes de autogestión. Empero, lo que se encuentra son incitaciones para las personas sobre lo bueno que es dedicarse a la economía privada; aunque sea para explotar a otros o para dejarse explotar. La letanía de la insostenibilidad de los subsidios anuncia nuevos recortes a los escasos y restantes apoyos económicos que conservan nuestros magros salarios. Por su parte, el creciente precio de los productos en los mercados –controlados por el Estado- aumenta la precariedad de la supervivencia de la población sin participación de los sectores emergentes vinculados con el capital extranjero, ni remesas familiares, ni puestos lucrativos en la administración de los recursos públicos.

Y que conste, que yo también creo que puede ser justo un nivel de desigualdad si implica, por ejemplo, que un maestro vive mejor que un haragán. Pero se suceden las generaciones y es el maestro el que está peor que el vago de una familia pudiente; es el médico el que apenas mantiene a su familia con severa austeridad mientras los tecnócratas llevan las suyas de vacaciones a Cancún o Marbella; el ingeniero tiene que hacer “chivos” en su trabajo para poder comprarle leche a sus hijos, mientras el gerente de la firma manda un criado en el auto a recogerle los chicos en la escuela. Esas desigualdades, en proceso de pleno crecimiento y naturalización hoy, solo pueden ser aceptadas por la casta más privilegiada y un puñado de lacayunos exégetas, que hoy recomiendan para los demás, obediencia en lugar de rebeldía y servidumbre en lugar de desarrollo pleno de la personalidad libre, igual, solidaria.

Esas desigualdades nunca serán aceptables. Como nunca será satisfactorio que continúe la manipulación, a espaldas de la ciudadanía, del Código de Trabajo; del problema de la doble moneda y su anunciada reunificación; ni de cualquier ley en particular o, más en general, de eso que llaman la Conceptualización del modelo económico y social del socialismo cubano en la que –repiten también desde el gobierno- han avanzado mucho en sus secretas comisiones, reunidas en oficinas opacas al escrutinio y control popular. Todas estas constituyen otras tantas manifestaciones de autoritarismo, de todo lo contrario a lo que se puede entender por democracia y que, por lo tanto, nunca serán aceptables, ni aceptadas, para una sociedad revolucionaria, socialista y democrática.

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