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Jimmy Roque Martínez

Como se ha publicado en Havana Times, he sido despedido de mi puesto de trabajo. Pero esta no ha sido mi primera experiencia. Deseo contarles cómo fue la primera vez que perdí mi plaza, a inicios de 2011, y laboraba como optometrista en el Hospital Militar Carlos J Finlay, de Marianao.

Meses antes del despido mi jefe me comentó que la Contrainteligencia Militar había estado preguntando por mí. Auquello no me sorprendió, pues mantener un activismo político crítico al sistema y trabajar en una institución militar, era algo que ellos no podían tolerar.

Esa información reafirmó mi sospecha de que la Seguridad del Estado intentaría sacarme del hospital, por lo que debía cuidarme de no cometer ninguna indisciplina o error que pudieran usar como pretexto (ya se sabe que nunca argumentan una razón explícitamente política para despedir a alguien).

Después de aquel comentario de mi jefe, un amigo lleva a un compañero latinoamericano al hospital para ver si yo podía atenderlo, lo cual evidentemente no hice, pues sabía que ese podía ser el argumento perfecto para los “segurosos”. No obstante, sí comenté la visita en un mensaje desde mi correo electrónico (que ellos revisan usualmente), y sin darme cuenta les di una posible razón para expulsarme.

Un mes más tarde de la visita del amigo, en enero, mi jefe me preguntó si en diciembre yo había recibido la vista de un extranjero, a lo cual respondo positivamente, y aclaro que esta persona se retiró inmediatamente y no recibió servicio médico alguno.

Para mi jefe aquello no significó ningún problema, pero él no sabía quiénes estaban detrás de este asunto, exigiéndole al director del hospital mi despido. Unos días más tarde se me informa que prescindían de mis servicios allí.

La solicitud de la baja redactada por mi jefe decía textualmente: “Se solicita la baja única y exclusivamente por orden del director del hospital”, mientras que en mi Hoja Resumen de Expediente Laboral plasmaron que “el compañero ha mantenido muy buena actitud ante el trabajo cumpliendo con todas las tareas que le han sido asignadas”, y en el acápite donde se refiere el motivo de la baja se expresa literalmente: “baja por orden del director del hospital, Coronel…”.

Mientras el sindicato del hospital firmó mi baja sin cuestionarse el asunto, y sin brindarme apoyo alguno, mis compañeros de trabajo, por el contrario, me apoyaron. A algunos incluso los amenazaron por mantener contacto conmigo. Afortunadamente, la mayoría no cedió ante ese chantaje, y continuaron nuestro trato amistoso, hasta el día de hoy.

Fueron seis meses sin trabajo, sin cobrar dinero, y abrumado de reclamaciones infructuosas. Mi madre, mi hermana y mi sobrino, quienes dependen económicamente de mí, también sufrieron el impacto. Pocos se atrevían a enfrentarse a las FAR, y quienes lo hicieron, luego de entrevistarse con el director, decidían no seguir con el caso.

Gracias a mi insistencia y la ayuda de amigos pude llevar el caso hasta los tribunales.

En el juicio quedo claro (aunque no se dijo de modo explícito) que se estaba revisando mi correo electrónico. Se supo incluso que la Contrainteligencia pretendió sustraer de mi expediente la ilegal solicitud de baja, algo que no lograron hacer porque fue valientemente resguardado fuera del departamento de Recursos Humanos.

En la vista pública se pudo demostrar que no existían razones para despedirme, y que ese despido violaba todos los procedimientos. No obstante, semanas después, mi demanda fue declarada SIN LUGAR, y debí conformarme con la injusticia.

Ahora, dos años después de aquello sucesos, nuevamente he sido despedido por estar en desacuerdo con el criterio “unánime” del sistema gobernante, del PCC. Esta vez no dedicaré tantas energías en reclamaciones legales que al final no sirven de nada, pues son los mecanismos que el propio sistema diseña para perpetuarse.

Pero tampoco no me quedaré de brazos cruzados, eso sí es seguro.

Publicado en Havana Times
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