Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,


Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Un amigo me permitió tomar prestado su ejemplar de la biografía, escrita por Paco Ignacio Taibo II, sobre Ernesto Guevara, conocido universalmente como el Che. En pocos días acumulé mucho material para meditaciones.

Varias de las obras de Taibo II, consecuente intelectual revolucionario mejicano, han sido publicadas en Cuba. Algún despistado podría esperar, entonces, que su descripción de la trayectoria del Ché Guevara fuera editada eventualmente para el público cubano.

Tristemente, esto no ocurrirá, mientras la actual estructura totalitarista cubana mantenga el poder. Este libro sobre el Ché le resultaría en exceso lacerante; revelador y condenador de las lacras de una burocracia gobernante cuya conducción, según confesión del presidente Raúl Castro, ha llevado a nuestro país al borde del abismo.

Desde el punto de vista humano, resulta fascinante recorrer las páginas que describen al Ché adolescente y joven. Taibo II aporta abundancia de estampas poco conocidas en Cuba. Se destaca el precio que la enfermedad hace pagar al asmático; el avance de una voluntad indomable, y el desarrollo de una personalidad de rasgos difíciles, con ese desapego de ermitaño feroz hacia las cuestiones mundanas, que tanto contribuyeron a la leyenda posterior. También sorprende la intensidad de movimientos de un protagonista que parece asumir una road movie como forma de vida y recordar que en Cuba apenas se hace mención de uno entre muchos viajes, el famoso que hace con Alberto Granados.

A los que gustan de mantener una imagen purista de los prohombres, disgustará seguramente el carácter bohemio de esta etapa de Guevara, capaz de inspirar malas ideas en los jóvenes cubanos. Tampoco sus relaciones con mujeres no solamente las conocidas aquí son descritas como un modelo puritano.

El lector cubano, naturalmente, acrecentará su interés cuando llegue a la etapa de los contactos del Ché con los cubanos. Desde temprano en este libro, empiezan a caer palos sobre el entonces Partido Socialista Popular (PSP). Según varias fuentes, el PSP jugó un papel que dejó bastante que desear en el enfrentamiento a la dictadura de Fulgencio Batista. Por parte del Ché, durante la etapa de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, se revela también una crítica a su incapacidad para apreciar la importancia del rol que jugó la parte del movimiento insurreccional conocido como el llano.

Pero lo que resulta inadmisible para la casta que luego se instauraría en Cuba, la razón por la cual esta biografía no será publicada aquí, es la revelación de la incompatibilidad entre el carácter guevariano y el totalitarismo burocrático establecido posteriormente a 1959. La historia cubana oficialista establece que la actitud sectaria, estalinista, fue apenas una desviación de una fracción del PSP, corregida ejemplarmente por Fidel Castro; Aníbal Escalante, el malo del cuento, fue adecuadamente castigado. Sin embargo, según Taibo II y todos los que sufrieron luego el quinquenio gris o fueron reprimidos de alguna manera por no comulgar con las políticas impuestas verticalmente no se hizo mucho para que, en cada ciudadano, se cumplieran las promesas de democracia y libertades políticas hechas antes del triunfo de 1959.

Esto no demerita la tremenda hazaña de levantar de la miseria a capas enteras del pueblo cubano, especialmente en el campo. Como tampoco se pueden obviar los obstáculos resultantes de la inmediata reacción, desatada por el imperialismo yanqui, con su secuela de agresiones, atentados terroristas y patrocinio de invasiones militares. En todo caso estos méritos pertenecen, en nuestra opinión, a los anónimos protagonistas que hicieron posible cada escalón, y que sufrieron pacientes cada revés y cada posposición del paraíso prometido.

No es entonces el menosprecio por el correcto pelado o afeitado, el escarnio de una vestimenta o de la moralina sexual hechos por el Ché, lo más temen nuestros burócratas que inspire a las nuevas generaciones. Lo más revolucionario y herético en esta biografía es la insubordinación guevariana a los acatamientos jerárquicos. Es la incitación a la polémica sobre cada aspecto que no esté claro para todos, conducida con sinceridad, transparencia e igualdad de condiciones en el debate. Es la libertad de cuestionamiento de los dogmas y su corrección en cuanto se revelan defectuosos. Es el concepto más puro de igualdad, ese concepto de cero privilegios para los dirigentes, que pareciera que el Ché ha sido el único alto dirigente en defender y practicar consecuentemente en el transcurso de los años.

Otra arista peliaguda fue la actitud del Ché ante la Unión Soviética y el campo socialista de entonces. Si bien creyó, aparentemente, en versiones bastante edulcoradas de aquellas historias que mal disimulaban el estalinismo y sus secuelas, sí desconfió profundamente de la conducción burocrática e hipertrofiada del aparato estatal soviético. El Ché fue uno de los que favorecieron el acercamiento a aquel polo, por razones de convicción y de estrategia de la revolución cubana, pero a través de un análisis crítico de sus logros y dificultades.

La actividad política del Ché Guevara descrita por el cronista, en esos primeros años posteriores al triunfo de la revolución cubana de 1959, fueron demostrativos de los principios enunciados. Taibo II recibió testimonios de que esto le costó ser blanco de campañas por izquierdista, por parte de la vieja guardia del PSP. Por haberse confiado ciegamente en la capacidad organizativa de esos cuadros, se revela en este libro, el Ché previó el advenimiento de una etapa negra. Para colmo, el Ché tuvo muestras de aprecio hacia la obra de León Trotsky, y esto debía ser del conocimiento de quienes proscribieron en Cuba la impronta del camarada bolchevique.

¿Qué pasaría si se tomaran en serio las ideas del Ché sobre cambiar las políticas y los cuadros, al nivel que fuesen, cuando sus resultados los revelaran incapaces de resolver los problemas enfrentados? Literalmente, según el libro de Taibo II, al plantear un número de problemas económicos, expresó: Los culpables somos nosotros y hay que decirlo francamente […] Hombre, que nos condenen, que nos cambien, que nos fusilen, que hagan cualquier cosa, pero el problema está aquí

¿Qué pasaría si se tomaran en serio sus críticas al papel pasivo de los sindicatos, convertidas en meras correas de trasmisión sin prestigio ni autoridad, tales que mejor sería que se disolvieran? ¿Qué pasaría si se practicara el adagio guevariano: Contrarrevolucionario es aquel que lucha contra la revolución, pero también es contrarrevolucionario el señor que valido de su influencia consigue una casa, que después consigue dos carros, […] que después tiene todo lo que no tiene el pueblo?

Claro, que si ello se cumpliera, no habría problemas para editar, en Cuba, esta biografía de Ernesto Ché Guevara.

Anuncios