Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , ,


Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Tengo la impresión de que una nueva subida del precio del tansporte público en Cuba no se hará esperar mucho.

El precio formal del pasaje, para los ómnibus urbanos, es de 40 centavos de peso, en la llamada moneda nacional. El equivalente, unos 2 centavos de dólar, podría parecer ínfimo, hasta que uno averigua lo que recibe el trabajador cubano como salario: el equivalente a aproximadamente 20 dólares.

Pero si el precio formal es de esos 40 centavos, pagarlo cuesta bastante más trabajo que eso. Uno debe echar las correspondientes monedas en la alcancía del ómnibus. El chofer, además de su estresante labor, debe presionar a los pasajeros a pagar y su remuneración depende de lo que recaude. Pero la moneda fraccionada, en este país, solo se puede encontrar en los bancos, y hacer para ello largas y tediosas colas. Y los bancos están abiertos, sobre todo, durante el mismo horario de trabajo que el resto de los centros laborales. Anteriormente existía, en la guagua u ómnibus, la figura del conductor, que siempre contaba con suficiente menudo para el vuelto, pero esta fue proscrita por las altas autoridades, bajo el argumento de que estos le robaban al Estado gran parte de la recaudación. La mayoría de los ciudadanos, entonces, entrega resignada una moneda o billete de un peso, o mira entre lastimero y desafiante al chofer y no paga. Yo, particularmente, alterno ambas acciones, como para lograr una especie de balance, y además pido bastantes aventones o botellas.

Independientemente de esto, el deterioro del servicio se acentúa sin remedios. El ministerio de transporte ha dispuesto varias medidas paliativas, que no soluciones, y todas tienen un denominador común: el precio más alto. Para empezar, están las guaguas llamadas de trabajadores como si las otras fueran para los vagos. Estas otras guaguas deben trasladar a los trabajadores de ciertos centros de trabajo; fuera de ese horario, cubren irregularmente recorridos públicos, al precio de un peso. La mayoría del público se agolpa para abordarlas y paga feliz el abono, ante el alivio que suponen en una parada de ómnibus atestada y sin otras perspectivas. Total, si también pagan el mismo peso en la guagua que debía valer solo 40 centavos.

Por otra parte, también se han establecido recorridos con otros ómnibus que cobran 5 pesos. Una parte de estos trabaja bajo un régimen cooperativo y también son muy anhelados, a tal punto que rara vez se logran abordar por las limitaciones establecidas en la cantidad de pasajeros.

Volvamos al problema del pasaje de los ómnibus principales, los 40 centavos, el peso y el vuelto. Cada vez que se plantea el problema por la parte oficialista es para culpar a la holgazana y falta de ética población, por no abonar disciplinadamente los 40 centavos. Nadie se acuerda del principio el cliente siempre tiene la razón y que si un servicio cuesta tanto, yo no tengo por qué pagar más que eso. La responsabilidad de tener cambio para mi perfectamente legal moneda de pago, debe ser o debería ser del que ofrece el servicio, ¿no es así?

Las autoridades se han negado a aplicar otros sistemas reconocidos que funcionan en todo el mundo, como billetes prepagados, tarjetas magnéticas, etcétera, bajo el pretexto de la dificultad de la inversión inicial. Como si esto no costara menos de la milésima parte de lo que se invierte en adquirir los nuevos vehículos, y podría arreglar inmediatamente el problema de la recaudación.

Es verdad que, a 40 centavos, el pasaje está fuertemente subsidiado, desde el punto de vista de precios y costos. Pero desde el punto de vista del trabajador que gana la miseria que gana, más bien está equilibrado. Y vale la pena recordar que las ventajas de mantener subsidiado el precio del transporte público se han percibido en una tonga de países capitalistas. Más allá de la ayuda a los sectores de menores ingresos, está el hecho de que se facilite la actividad productiva, se contribuya a la protección del medio ambiente y se alivian las avenidas de gran volumen de tránsito. Pero me temo que el burdo discurso liberal de nuestros modernos reformistas va a ignorar también estos elementos.

El problema y la solución, me temo, se encarrilan al camino más fácil: uniformizar el precio del pasaje a un peso, y punto. Tal vez se haga alguna reorganización en las terminales, tales que los choferes queden aún más comprometidos a través de su salario, con el pago del pasaje por los pasajeros. De tal suerte, las autoridades se quitan de arriba el problema, poniendo una parte del pueblo a enfrentarse a otra.

No importa que esto signifique, para quien trabaja en el resto de los sectores laborales, un aumento del 250% o más del costo de su transporte habitual, para ir al trabajo más que nada. Vendrá oficialmente esta merma de poder adquisitivo, que en la práctica ya está prácticamente implementada. Y no cuenten con que el sindicato, la federación de mujeres, o los comités de vecinos en los barrios, eleven algún tipo de protesta.

Viene a la mente, como recuerdo esperanzador, que en la Cuba contemporánea sí se logró revertir, una vez, una maniobra encarecedora del pasaje. En Santiago de Cuba, la combativa negativa de la ciudadanía logró revertir un pretendido incremento de precios en el servicio de pasaje de los cocheros particulares de aquella ciudad. ¿Se podrá replicar esta experiencia, cuando se trate del servicio administrado por el Estado?

Anuncios