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Por Félix Sautié Mederos.

Crónicas Cubanas

La máxima del buen trato que expresa que el cliente tiene la razón, constituye la norma del trato preferente que deben recibir los compradores de las mercancías y los usuarios de los servicios en función de la calidad por la cual pagan o a que tienen derecho planteado por la razón y la ley. Me refiero a una lógica del mundo civilizado, que cuando se incumple tal y como sucede en reiteradas ocasiones que podemos comprobar o vivir en persona día a día en La Habana desde donde escribo la presente crónica cuando necesitamos comprar algo, recibir un servicio del Estado de acuerdo con nuestros derechos o hacer alguna gestión que nos sea imprescindible, evidencia un síntoma de una enfermedad social muy preocupante capaz de corroer internamente a nuestra sociedad local. Describo una afección sociológica, quizás asintomática en sí misma por causa del triunfalismo que la camufla y proyecta la burocracia en nuestras latitudes. Estas situaciones controvertidas se agudizan además por causa de la marcada discriminación puesta en práctica hacia los cubanos residentes en algunos establecimientos turísticos o de otra índole, donde concurren paralelamente nacionales y extranjeros.

Según puede apreciarse en la práctica concreta y cotidiana en Cuba hoy, las instancias que deben atender a la población se desempeñan por lo general con el criterio implícito no declarado que el cliente y el usuario siempre son los culpables y nunca tienen la razón, porque en estas instancias públicas y comerciales sus servicios y la adquisición de productos se enfocan como si fueran dádivas, sin tener en cuenta el pago de los precios establecidos o los derechos que asisten a quienes deben atender adecuadamente por obligación institucional y/o comercial de acuerdo con lo establecido en su razón social legalmente aprobada. Constituye un mal generalizado que nadie por aquí en su sano juicio podría negar, aunque algunos detenidos en el tiempo intenten hacerlo o procuren matar al mensajero. Para comprobarlo bastaría con preguntarle al pueblo de a pie sin que medie la compulsión y selectividad conque lo hacen algunas encuestas mediáticas que en ocasiones se pueden apreciar en los telediarios locales.

En los últimos tiempos como parte de los anunciados procesos de cambios, reformas y actualizaciones se manifiesta con mucha fuerza una condena a esa situación así como la necesidad de superar definitivamente en un enfrentamiento convocado contra la burocracia y la corrupción que a diario se denuncian a la par que se insiste en la necesidad de la disciplina, el orden y la eficiencia pero con un enfoque inculpatorio especialmente hacia el pueblo en general.

Estos esfuerzos, en mi criterio, habrán de ser infructuosos y estarán llamados al fracaso no deseable por el daño que podría comportar a la sociedad en su conjunto un derrumbe total, si no se proyectan y plantean a partir de las verdaderas causas de los problemas; que en su generalidad se encuentran implícitas en el sistema que se propone actualizar. Estas situaciones han transcurrido durante mucho tiempo sin cambio alguno de su orientación rectora, mientras que se han acallado la libertad de expresión criminalizando a partir de determinados conceptos de Plaza Sitiada a la crítica, la protesta y la reclamación de derechos, lo que ha sido motivo justificante y fortalecedor de las actitudes discriminatorias y negativas manifestadas por los gestores y empleados que deben atender al público y que lo hacen de mala gana y autoritariamente.

Esas consecuencias dañinas a que me refiero no se podrán resolver con llamamientos retóricos ni mucho menos mediante severas advertencias, ni incluso con acciones o juicios ejemplarizantes, si no se erradican de raíz a partir de sus verdaderas causas mediante un radical enfoque integrador de la economía y la política en su conjunto que parta del concepto básico no sólo de palabras sino en la práctica concreta que el soberano es realmente el pueblo, a quien las instancias de gobierno deben rendir cuenta con el más estricto respeto por sus derechos inalienables en especial de la crítica, la denuncia y la opinión propia. Ahí se encuentra, en mi criterio, el meollo de estos asuntos.

Opino que a esa disyuntiva estamos abocados inexorablemente, agravada por causa de los oídos sordos, el secretismo y el autoritarismo de quienes tendrían que resolverlas en función del interés ciudadano sin exclusiones onerosas mediante el diálogo incluyente, la receptividad positiva y las responsabilidad social. Quien tenga oídos para oír, oiga.

Así lo pienso y así lo afirmo con mis respetos por el pensamiento diferente y sin querer ofender a nadie en particular. fsautie@yahoo.com

Publicado en por Esto! el jueves 29 de agosto 2013.
http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=22&idTitulo=265080

Nota: los invito a visitar mi página WEB http://www.cuba-spd.com/#

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